viernes

Dos átomos (La sempiterna historia de mi amor hacia Cecilia)

Pon Ceci que el planeta Melancolía de la maravillosa película de Lars Von Trier... (ejem ejem –interrumpe la voz en cursiva- Las películas de Trier no son maravillosas, son una petardada con efectismo. Una mierda, voz en cursiva, aquí yo soy más usada que tú por la imprenta y mis opiniones son las que valen, así que tú te callas y yo digo: Lars von Trier es Dios). Supón Ceci que ese planeta ya ha arrasado La Tierra y que nuestros huesos calcinados quedan abajo mientras empezamos a notarnos atómicos entre cielo, tierra y espacio exterior, imagina, por favor, esto como una peli de dibujos animados. Yo te busco, te encuentro, por al lado nuestro pasan las páginas con las letras borradas de uno de esos libros que yo escribo y en los que tú te dejas tanta sangre como yo. De repente descubro que puedo hablar y te saludo. Entonces tú dices: ¿Eres Alberto? Yo digo: Sí, soy él. O yo. La verdad es que ya no sé qué soy. Quizá nunca hemos sido nada más que esta voz, dices tú. Recuerdo que hace poco, te digo, me dijiste que me querías ¿Era cierto? Supongo, o a lo mejor sólo lo digo cuando tú me lo dices la vez número cien. Es que voy contando las veces en que me lo dices. En que me lo decías. La verdad es que no sé en qué tiempo estamos. Yo en este momento me estaba arreglando para ir al hospital y mira. Yo te digo: Joder, Ceci, siempre te he querido, antes de nacer y, ahora, te sigo queriendo ¿Sabes? De repente otro libro mío con las letras borradas (pues se quedaron en un planeta Tierra ya vacío y sólo compuestas por las letras de todos los libros habidos y por haber). Qué pena, dices tú, al final no acerté y nadie pudo disfrutar de tus letras. ¿Ves como fui un fracasado? Oye tío, que estás hablado conmigo. Por eso he dicho fui. Ahora tengo tu voz y quiero casarme con ella. Tener pequeñitas voces y crear una familia para formar un coro y que nos den trabajo en ¿Marte? En Marte no creo, descubrieron agua, me dices, pero ni un ápice de vida de nada de nada. Joder tía, te lo sabes todo. Yo también vi ese programa en la tele... ¿Por qué te quedas callado? Me dices. Me pregunto si en nuestra vida atómica nos cobrarán una especie de tarifa plana por comunicarnos ¿Cómo podríamos pagarla si en esta nueva vida no hay dinero? Tú me dices que la vida nos ha despojado de nuestras cuerdas vocales y que estamos hablando telepáticamente. Ahora me cuadra, te digo. Yo estoy feliz porque esto haya pasado hoy y librarme del hospital y toda esa mierda, me dices tú. Joder, digo yo, se jodió nuestro viaje a Estocolmo. Tú me dices que no, te juntas a mí dándome un abrazo atómico y me señalas de alguna manera unas ruinas: Allí antes estaba el parque del amor, podemos espiar. No creo que vuelva a ser lo mismo. No, me dices tú, pero podemos espiar. Yo te espío a ti mientras tú espías el parque del amor sueco, te digo. Tú me dices entonces: Joder, qué rara sigue siendo nuestra relación. Yo te digo Te quiero. Tú dices: Cien veces, ha llegado el momento en que te diga yo lo mismo. ¿Nos queremos entonces? Siempre, me dices. Y mi átomo, en ese momento, se descompone de felicidad dando lugar a Albertitos inconexos a los que eliges cuidar o dejar que una nebulosa los pierda de vista.
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