martes

Carta a Marcial, por Cecilia P.

Esta entrada epistolar, de la que estoy tan orgulloso, se la debo a mi chica, Cecilia, cuyo esfuerzo ha ido dirigido a mi nueva novela (las correcciones, muy leves, quién sabe si erróneas, pero mirando por los derroteros hacia donde se dirige la novela, han sido mías)

“Querido Marcial,

Siento que usted y sus recientes dolores merecen una explicación a mi despedida, sin lágrimas ni miradas ni miradas capciosas que hablen por sí solas y no dejen lugar a palabras precisas, de ahí esta carta, de ahí que, tras compartir cierta intimidad con usted, salga íntima y deje más conocimiento de Alicia del que ha habido en los últimos tiempos. Curiosa paradoja.
Estiro, sé que quizá por última vez, el hilo de la confianza. Es lo que ocurre cuando esta se ha quedado corta o, mejor, incompleta. O, casi mejor, diría yo, que malograda.
Y ahora no sé por dónde empezar, aunque intentaré hacerlo, como veo natural, por el principio.
Verá, Marcial, estará de acuerdo conmigo en que la amistad es credulidad. Saber que el amigo no puede hacernos daño, que, al mirarnos en su fragilidad, no vamos a encontrar la nuestra y, si es así, el amigo la devolverá con la delicadeza que necesita el otro.
Mi marido, como usted sabe, desapareció hace ocho años. En esa edad en que uno es joven para morir pero deja una viuda vieja para vivir. Cada día, en su beso de buenos días, me decía: Eres preciosa. Y ese complemento que acompañaba el saludo, era lo que hacía que el día empezara para mí a ser cierto. Sé que ya entonces mi cuerpo tenía poco de prieto y bastante de sobrepeso, y el óvalo de mi cara se había desdibujado, pero a él le seguía gustando, aunque cada vez nos amáramos con menos frecuencia. He sentido que mi calidad de mujer quedó en la misma morgue que su cuerpo. Y sé de la mirada picarona de don Ignacio el frutero, y también de los halagos de mis amigas cuando estreno vestido, o de cómo los obreros encargados de la restauración del campanario me lanzan delicados piropos desde lo alto. Quizá sea eso que, hasta llegar usted, desde lo elevado, desde lo que no te toca, engañaba la esperanza porque, Marcial, somos todo lo que fue importante que fuéramos, mujeres u hombres, padres, hijos, hermanos, amigos, oficiales o a maestros en nuestro oficio y, en todo esto, queremos seguir hallando su necesidad en nosotros, y sólo podemos ir desprendiéndonos de ello usando el olvido o el engaño, que son la misma cara de monedas distintas, y con las que adquirimos la fuerza para continuar hasta llegar al día de la renuncia, que debe ser algo así como haber vaciado la saca de ambas monedas.
Con usted sólo puedo pagar con la moneda del olvido, pues ya usé las del engaño, que se fueron por las ranuras de ese abrazo que sustituimos por todo el deseo que no pudimos darnos.

Le reitero todo mi afecto y cuento con su comprensión por que, sé, no tengo que pagar un precio.


Alicia Ramírez.”

Autora real: Cecilia P., doctora en medicina.

Respecto a mí, permíteme añadir como PD: He conocido a una mujer que ha cambiado mi vida y ya no quiero mirar atrás. El hielo del que fui se ha derretido bajo el insulso sol que hace el día de los muertos. Hoy amo la vida. Gracias Ceci. Te debo 345.362.738.494.647.465.363.534 besos en los labios. Tqm.
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