miércoles

Amanece / ser Ella

Amanece. Todos los días en que escribo temprano, bien por no dormir, bien por haber dormido, sé que puedo empezar con el verbo “amanece”. Hasta aquí todo está más o menos claro. Escribir para encontrar en la pantalla quién eres, quién eras, quién serás. Recuerdo cuando consumía ajos en mi habitación a la espera de que algún demonio imaginado me porculizase al son de Sister morphine. Me recuerdo, entre la enajenación y la tele, desapareciendo en tazas enteras de hadol (haloperidol), intentando nadar en vano la presencia desdibujada de mí mismo que habitaba en mi cerebro. Recuerdo que hice un arca y fui un dibujante famoso. Comprendí que podría salvarme a través del arte. Luego vi que no y dediqué mi vida a escribir. Tiré todos los apuntes de la facultad. Fue un día glorioso decirle a aquella maestra que, por favor, me suspendiera. Y luego no volver jamás. Me recuerdo cocainómano en el bar del pueblo agrediendo a los malos por demasiado buenos, a todos los que se han casado con las mujeres de sus sueños mientras yo sigo aquí intentando despertar. Esta pesadilla ya dura demasiado tiempo. La farlopa era de mala calidad. Aquella mierda te enyesaba el cerebro. Apenas sentías el escalofrío de la auténtica bomba de Hiroshima y te daba igual que, al llegar, hacia las cinco de la madrugada, tu casa estuviera ardiendo con toda tu familia y tus libros dentro. Me recuerdo tras dos semanas sin lavar vestido de vagabundo paseando por la Gran Vía. Algunos viejos de los que hoy queda su esquela me daban con la garrota. Otros me escupían. Daban por hecho que estaba pidiendo. Pero yo no pedía nada. Si acaso una especie de revolución pequeña. Venía de buena familia, al fin y al cabo. Tras el café me bebía una botella de White Horse en el bar y llegaba a casa delirando. Antes de que abuela me viera me metía en la cama. Evitaba la excusa de pasar en la piscina aquellas tardes de glorioso veraneo.
Una amiga, hace poco, me dijo que en Valseca era tan fácil ser espectacular. Lo sé. Lo he sido también en Madrid. Todo el mundo en alguno de los antros ha coreado mi nombre y todo el mundo me ha conocido hasta que he dejado de pagar la cuota y me han echado de esos mismos sitios como a la sarna de un perro.
Poco a poco y a estas edades se ha ido dibujando, clara y bella, tímida o menos tímidamente, la mujer de mi vida. El rasgo que la ha fabricado ha sido expresionista, a la manera de los cuentos de Roberto Arlt. Recuerdo haber fabricado retratos así (una línea bestial de carboncillo y mitad sombreado), pero no encontrarlos en la realidad. Al final, presiento, ella también huirá. Mi salvación, mi cama, mis rezos, mi altar de piedras preciosas y libros de autores húngaros, rumanos, búlgaros y polacos.
Recuerdo una simpática chica polaca más allá ahora de la mitad de mi vida. Está por ti, me decían. Siempre me vendí caro, aunque no tanto como aquellas que vieron en mi desnudez la necesidad de la fiera.
Hoy la vela se gasta, rezo por mi amor y juro fidelidad en la sala de claustros, mientras la percibo acá y la rozo con, si no el saber, sí la paciencia de un taxidermista. Escribo a un sol imaginado desde la longitud que alcanza a ver un ojo privado de la vista por un muro enorme, meramente simbólico. Max Ernst hablaba de ir por la vida con un ojo hacia adentro y el otro abierto, mirando ambas realidades a un tiempo. También él encontró el amor en muchas mujeres. Están ahí, en medio. Vomito mi cuerpo entero. Sólo el cerebro no vomito. A la próxima haré más fuerza. No son horas para la tristeza. Pienso en mi amor. Hoy le toca operar. Ella es distinto a todo. Ella es la razón por la que me levanto de la cama e insinúo al mundo, a través del simple gesto que supone abrir la ventana para que entre el aire, que estoy vivo.
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2 comentarios:

Sensaciones Sensation dijo...

me ha gustado mucho leerte...
saber cómo has ido dibujando a la mujer de tu vida...

Un beso!

Alberto M dijo...

:) gracias.
Un besete!