sábado

Vida y muerte de una frustración

Alberto Masa (autobiografía): un loro, una cocina, café, tabaco, un libro que da igual cuál sea y un amor a veces ensangrentado. El resto sigue siendo silencio mientras el loro, que dice lo que sabe y no sabe lo que dice, dice: Paz, más paz.

Tu ángel pasa a mi lado y yo lo escupo, lo vejo. Le digo que muero por su carne antes de quitarle las plumas de las alas y ver cómo, incapaz de subir camino de su hábitat, se ahoga. Yo soy el poseedor de las llaves negras que capaces son de abrir mi pecho lleno de murciélagos que mueren por salir y finalmente chocan con fuerza contra mi pecho provocándome un regusto a dolor sano. Es ese mi sentimiento. Deseo que cada orgasmo de lefa negra que ha salido de mi pene tenga un hijo invisible con la almohada, que no es ni la imaginación de una vida que quiere fumarse a sí misma con la ansiedad por volar de las amas de casa.

Llevo a ese niño a jugar a los columpios y huyo cuando se despista. Veo cómo lo recoge el hombre de la gabardina y lo conduce hasta su casa llena de sugus. Río. Y de mi risa salen los animales que entran por la puerta de mi casa a follarse mi amor verdadero, apenas un charco al lado de la puerta de mi cuarto, lleno de sapos y, cerca, una araña bordando su nombre de incansable cazadora de mierdecillas con las que sobrevive.

Llevo el tatuaje del silencio en mi cerebro. Me divierto asesinando insectos. Cuando visito el bar de mi pueblo y tomo un vino con el pastor río por dentro su inocencia de que he follado el pellejo de todas sus ovejas mientras él dormía.

Mi ternura es una espada quemada en los hornos de la desesperación. En mi garganta, cada vez que imagino a mi amor verdadero, dice su último pío-pío un pájaro a punto de ser tragado y, mientras escupo sus plumas, me digo que he de escapar de mí mismo para no ser el que soy: Un mesiánico líder en el cascado claustro de las muertas berenjenas.

Ella me habla de frustración. La frustración es una vida que no sea ser tú, porque yo sólo soy la cáscara de un alma chorreando pus a borbotones para que la coman mis desamores, hartas de escupir mi cara, que no se cansa de ser la que forman sus propios escupitajos escurriendo hasta mis pies formando, así, también toda mi osamenta vestida de pantalones pitillo y camisa años 80.

Necesito un chute de heroína. Ver, a través de la droga, la belleza de todo lo que ocurre mientras mis ojos se cierran diciéndole adiós a todo el tejemaneje de sensaciones que construye la fluidez de una existencia recreada, en ese final, en todo su vacío. Y vacío es el lema de donde provienen los “descanse en paz”, que dicen todos esos hipócritas en las cafeterías de los tanatorios, entre los que me incluyo yo antes de estar en la habitación del final rodeado de las coronitas de flores de mis madres, que lloran desconsoladas el cuerpo de un niño que ríe por dentro.


PD: Días después de esa simple y vana muerte, sus numerosas madres encontraron una carta en la que copió las palabras de Brian Jones: Por favor, no me juzguéis demasiado severamente. A lo que añadió con letra de 4 añitos: Simplemente no supe vivir.
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