jueves

Una simplísima cucaracha

  "Siento que en vano he conocido aquello que te nombra, que no tendrá un cauce mi dolor acumulado. Te amo como al esplendor de cada día, y he visto desgarrarse la quietud que anticipa tu presencia." (Elsa Cross)


Tengo un recuerdo chiquito que a veces se convierte en la bola del mundo. Viajo como una cucaracha a través de la bola, que se encuentra quieta. Al final te he encontrado y no me has pisoteado sino que me has llevado a casa. He encontrado cobijo en tu coño. Paso los días allí rodeándolo. A veces lo impregnas de miel y yo la absorbo en tu clítoris. Entonces cierras las piernas y tengo miedo de que me aplastes al tiempo que oigo a través de un gemido tuyo el indicativo de mi existencia.

Finalmente me he introducido dentro. He viajado a través de tus centros hasta llegar a tu cerebro, donde saboreo tu vida neuronal a sabiendas de que el viaje ha sido largo. Acaricio tus neurorreceptores. Me he convertido en tu placer y eso es mucho más de lo que esperaba de mi vida. Si fuera hombre cagaría líquido encima de ti dentro de una bañera y esparciría esa mierda entre tus tetas como si fuera barro deshaciéndose mientras con la otra mano te dedicaría un dildo. Mientras, puedo ver cómo la liquidez de la mierda se abre en dos meandros al llegar a tus pezones, que se encuentran duros de rabia.

Finalmente volví a mi vida de niño que acaba de tomar la comunión y me fui a jugar a la plaza. Quería encontrar a la niña que fuiste tú, pero me reconociste y no eras ninguna niña. Me llevaste a tu casa y me dijiste si quería un poco de queso ¿Cómo iba a negarme? Entraste en la cocina y saliste desnuda con el trozo de queso en la mano. Luego esparciste en tu coño un trozo de membrillo y me preguntaste si quería algo dulce para acompañar. Lamí. Tú cogiste mi cabeza e hiciste que mi inocente lengua de niño que aprende a conocer el pecado se metiese más y más adentro. Luego te corriste y me dijiste: niño, como le digas algo a tus padres conseguiré que tus maestros, que son mis amigos, te pongan un cero en todas las asignaturas.

Hoy soy un post-adolescente que bebe solo en el bar del pueblo. A veces alguien viene a hablar conmigo, por ejemplo, de música rock. Intento convertirte en ellos para lograr que alguna palabra salga de mi boca. Ya sólo sé pensar en ti. No sé dónde estás. No sé la edad que tienes. Ni siquiera puedo calcular por la velocidad de los latidos de mi corazón si te encuentras cerca o lejos. Recuerdo que saqué dieces en todo aquel año en que comí membrillo de tu coño. Me he alejado de todas mis pretendientes. Sólo quiero queso y membrillo, pero a tu manera. El tipo que se encuentra enfrente mía en el bar finalmente dice: Hendrix es dios. Yo digo: Sí, sí lo es. Luego desaparece y pido otro irish. El barman me mira dudando si servirme más. Vamos hombre, le digo, sólo es el quinto. Me sirve. A la mitad del ancho vaso voy a vomitar al váter. En mi imaginación es sobre tu pelo donde vomito. Te amo tanto.
Al salir el barman me dice con una ironía demasiado manida si algo me ha sentado mal. Le digo que cuánto le debo y veo que tengo justo para pagarle. Luego cojo un taxi. Le digo al taxista que me lleve donde quiera, pero no le desvelo que no tengo dinero. Cómo mola tu radio, le digo para romper el hielo. Dice que ya no las hacen como antes. Le digo que coja la siguiente calle. Por un momento me parece que no se fía de mí. El solo pensamiento hace que vomite de nuevo, esta vez sobre el asiento. El taxista se enfada. Dice que le he jodido la carrera para toda la noche. Jódete, le digo. Y luego digo: Pero buen rollo, hombre. Paz y esas cosas. Le digo que le voy a sacar en el blog de culto La semejante criatura y que no tengo dinero para pagarle, que sólo quería entrevistarle. Su pronto me obliga a salir corriendo camino de ninguna parte antes de que me rompa la cabeza. Finalmente me tropiezo y puedo notar profundas raspaduras en ambos codos y en la mano derecha. Me quedo quieto en el suelo. El taxista, a dios gracias, no me ha perseguido. No reconozco la calle de Madrid en donde me encuentro y permanezco tumbado hasta que unos bomberos que se encuentran por allí se acercan e intentan levantarme. Me preguntan si me encuentro bien. Yo digo que sí y sigo mi camino hacia delante de esa calle que no conozco. Es entonces cuando veo una cucaracha que tal vez fui yo pasar por delante de mí a la altura de una farola. La persigo como si, por un momento, me fuera a enseñar el camino a casa. Finalmente lo olvido. La cojo con la mano derecha y puedo notar cómo en principio intenta huir pero, una vez que se encuentra atrapada, lame de mi herida como si tal cosa. Aprovecho para acariciarla con la sensación de que esas caricias me sean devueltas. Le digo que la quiero. Finalmente cierro el puño y lo aprieto. Al abrirlo me veo a mí mismo acabadas todas las jornadas del mundo. Ya no hay una bola que represente el planeta. Ahí está mi cadáver. Me pregunto si enterrarlo o dejarlo en un sitio donde probablemente vaya a pasar ella.
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