miércoles

Una cuestión de sexo

"Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor" (Samuel Beckett)


Con ella he descubierto el sexo de la flor que, repentina, te redime en base a saber que estás bebiendo, en realidad, del árbol de la vida. A medida que comía su coño y veía dilatarlo no podía evitar morder tan severo manjar y dedicar a la especie un orgasmo prematuro venido de sus manos, que luego se llevaría a su carita de ángel obligándonos en un beso a beber ambos la leche que había salido hacía diez segundos de mi verga de animal. Siempre supe que ella me enseñaría el sexo de verdad y no las vacaburras con mohín grotesco y tetazas de abuelona con las que había estado, celulíticas incluso cerebralmente. Aquella decía no ser persona sino un animalito sin más y yo lo follaba como tal olvidando a la mujer que ahora he encontrado. Salir, entrar de su coño prieto me ha devuelto a todas las edades, a todas las mujeres con las que estuve sin estar, por mucho que lo pareciera.

Descubrí el sexo noble en la puta, animal noble por naturaleza, de donde salí llorando en busca de una copa tras un importante tiempo sin darle al drinking. Ahora río, celebro fiestas en la jornada en que el amor se cruza conmigo y, en lo que se corre ella, yo beso su limpia oreja llenándola de babas, pues ejerzo de babosa ante la perfección de su cuerpo.

Mientras fumamos un cigarro hablamos de la luna y del sol, de la verdad de los planetas, de la gravedad de ciertas quimeras aparecidas en algunos libros. Y luego le cuento cómo es el primer sexo que conocía, en una segunda embestida que la mujer agradece dejándose llevar por un leve espasmo que noto y me obliga a continuar en un sinfín de trotes. A veces ella me golpea y yo le llamo mala puta. Luego nos morimos en un beso y volvemos a resucitar cuando nuestros cuerpos tocan, de nuevo, la luna juntos.

¿Que quién puede ser esa? Reímos mientras nos bebemos los alcoholes del minibar. Sí, reconozco que parece un ser siniestro. Seguramente lo sea, dice ella. Yo noto cómo vuelvo a ponerme cachondo otra vez y le suplico que me la chupe. Nunca había conocido en alguien la sutilidad de una lengua, la habilidad de, con el solo roce, hacerme sentir que ya estaba a punto. Luego ella me pone el coño en la cara y mi nariz nota el estruendo de toda esa humedad. Le suplico que mee en mí y, mi niña, me dice que en cuanto la venga. 

Le cuento que poco antes de que Leonard Cohen escribiese su poema La canción del cornudo seguramente encendió un cigarrillo y, desde el piso de un hotel bien con un pequeño toque de destartalado, miró a la ciudad con sus apenas luces apagadas: otra noche más en NYC. Le cuento que recuerdo una época a profesorados en donde no podía existir maldad antes que razón y una buena colleja era la justicia corriente. Todo eso lo recuerdo antes de que un profesor del que siempre guardaré nombre y cara me dijo desde su más plena convicción: Masa, tu destino natural es el suicidio. Luego rió y yo, idiota entre idiotas, acompañé su risa procedente de una soledad que aún no albergaba en mí. Ella saca una cereza de su coñito y me la pone en la boca. Entonces mastico como para poner fin a todo. Claro, antes de dormir toda una noche abrazados.
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