jueves

Un zumo

 La fuente nos enseña que las palabras que no se dicen son las únicas que fluyen en su motivo con la transparencia de lo que él mana. Es una frase de An. A veces dice estas cosas cuando, en la plaza, tomamos algo -¿Para qué más?- y añade – Todo lo que necesito para la vida es una fuente que eche agua todo el rato - Me mira. Le digo que está guapísima y, sin embargo, sigue construyendo las mismas preguntas, a veces imágenes, y me las dice, sabiendo como sé que lo suyo no es que necesite un cómplice, sino que uno le va sirviendo de espejo, y en eso se quedará hasta que se rompa. Deberíamos dedicarnos a inventar palabras todo el tiempo, así -dice- todo sería más... Espera que uno le diga la palabra que viene a continuación, que rompa el hechizo y punto, pero uno no es más que de nuevo aquel espejo suyo, uno de tantos que espera no ser roto y nada más, en el que poder verse tranquila mientras bebemos cualquier cosa. Acuerda que el silencio se agradece pero insiste: Deberíamos hablar de cosas más normales ¿He dicho normales? No sé, me refiero a  como por ejemplo ¿Cómo te ha ido el día? ¿Qué tal los niños? O ¿Viste el partido de ayer? – Le digo que el sol está bien y, de nuevo, lo guapa que es y, añado, más que la fuente esa que dices; pero ella insiste en que quedan preguntas, palabras, razones... Como corresponde a su condición, dice los cantares que uno espera escuchar de las hadas que se inventa; fabrica el rato, es ejemplar y desaparece al pedirle la cuenta al camarero. Se debe lo de siempre. Después de coger lo que sobra y de dar las gracias, uno vuelve a la casa, el trabajo de funcionario o las horas extras – Quisiéramos ser gusanos de verdad – hubiera dicho An, de no haberse marchado a recoger a los niños – pero somos esos de papel charol que hacíamos en el cole y, luego, explicábamos en casa que eran de seda.
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