domingo

Ya sólo sabe escribir de amor (3)


 " No me des tregua, no me perdones nunca.
Hostígame en la sangre,
que cada cosa cruel sea tú que vuelves..."

Julio Cortázar.



Querida Cecilia,

Releo a todas horas las copias de mis cartas a sabiendas de que tus ojos han atrapado las mismas letras. Después saco las hormigas de mi tarro de la suerte y dejo que corran a través de las palabras para aplastarlas en cuanto bordean tu nombre. Respecto al mío, sin ti sólo queda impreso en un carné de identidad que siempre sospeché falso. Y es que todo lo que no te rodea son alucinaciones, verdades a medias que buscan su otra mitad en una simple cáscara de plátano tirada al suelo, resbalando sinsentidos. Más palabras. Más leña en el fuego de las imaginaciones. Nuevos cariños hacia ti. La vida sin ti es la cocina, el fumeque, el café, el loro, todo sucedáneos de la mujer que imagino en las figuras de humo que voy formando.

Releo te quieros como soles vendidos al buzón amarillo que, en mi calle, adorna los días de lluvia. Hoy llueve. Veo en las finas gotas mis te quiero, cayendo sin remedio a un suelo que se secará en cuanto llegue un día en el que haga bueno. Mi infierno eres tú haciendo vida mientras mi no-vida no para de recrearte y, hoy domingo, escojo erigir otra carta por si acaso mañana despierto sin manos. Todas esas cosas caben en un día en el que tú no estás. Babosas entran por mi puerta para fundir su costado en mi pensamiento. Abrazan la mujer que eres en mi imaginación y luego caen, tras haber vivido el cielo, irremisiblemente al resto de mi cuerpo que, sin ti, es un precipicio más del vacío.

He escupido al mundo que era yo para que tú aparecieras y, devueltos o no, sus escupitajos hacia mí son una sombra que hoy no está proyectada en la pared del cuarto desde donde te escribo esto. Esa sombra tuya tapando la mía o fundiéndose nomás que justificaba mi existencia en otra carta reciente.

En la mini-cadena suena el Miles Smiles de cuando Miles Davis formó su quinteto. Le acompañan Wayne Shorter al saxo y haciendo arreglos, Ron Carter al bajo, un jovencísimo Herbie Hancock al piano y Tony Williams a la batería. Siempre he tenido un amor y odio a los discos del quinteto. Hoy procuro fundir mi sensación con el universo que eres tú y de vez en cuando visito el baño para vomitar flores.

Afuera continúa lloviendo. Te imagino lejos y cerca de esta casa. Un poquito más y salgo en tu busca. Sólo necesito vestirme y saber que llegue donde llegue ese no será ni mucho menos el palacio de una locura que ya poseo y donde tú, desde la torre, diriges todas mis vías lácteas.

Voy a tomar otro café. Intentaré no quemarme por el camino. Tan sólo el hecho de bajar unos simples peldaños de una escalera de madera con su barandilla bien puesta supone un reto para mí si no estás. Bajaré, pondré la tele, me conformaré con la película que haya y luego cogeré el teléfono. Si no lo coges esperaré otra hora. En mi mundo, aunque no estés, yo sigo alimentándome de la presencia en forma de comida que me tiende tu suave mano, vendedora de fieras, ángel de mi resurrección.

Te quiero, 
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