domingo

Matanza y bienvenida

En sus manos está mi corazón chorreando sangre roja casi negra en un barreño que se podría llamar mi vida. Si la conocieras querrías que tu corazón también estuviera en esas manos.
Yo pido permiso al manipulador de las olas para seguir sujeto a su corona, un conglomerado de espinas, alas y crisantemos. Sus ojos adquieren diferentes tonos cuando la miras y es la mujer única en quien los surrealistas franceses fabricaron la convulsividad del sexo también único.
A veces una lágrima suya se mezcla con el barreño que contiene mi vida llenándolo de quimeras que bien podrían provocar que saliese un humo con olor a incienso e invadiese todo hogar del mundo, que yo a veces llamo casa, al menos, si es a su lado.
Desde la tranquilidad absoluta sólo me queda confiar en un soplo de locura de sus manos para que mi corazón muera y me deje muerto al fin o sea acariciado por ellas que, también, son una prolongación de las mías, de lo único que quiero en esta vida cuyo argumento es una sucesión de todo lo que su mano, libre como una pradera, hace con mi corazón. La mano de la única dama que he conocido en mi larga y anodina vida de sapo.
En la charca acaricié cuerpos de distintas ranitas cuyo abuso era la putrefacción. Ella vino y me devolvió a mi cuerpo de hombre y es desde ese cuerpo desde el cual al fin escribo, sin cansarme, ya que es ella la única mirada de mis tristes cartas hoy contaminadas por la deseosa llamada del otoño. Es en el otoño donde vuelvo a presentarme a su estatura y le digo que hoy es el día primero, que gire su mano para que empiece. Porque si supiera hacer el gesto para que el verano terminase lo haría a pesar de no saber jamás en qué lugar despertaré. Como si es en la Conchinchina, me dice la locura de ella al otro lado de la línea y nos permitimos una risotada en la rectitud que ha de poseer cada momento presente. Al igual ella podría llevarse a su boca de cereza este corazón y morderlo con la fuerza de una manada de lobos. Si deja de latir la invisibilidad del corazón que los médicos creen en mi pecho también seré loado, pues el acto es el de ella y su voluntad es la vía láctea.
Aceptación.
Muchas porteras en teoría vivas mueren barriendo portales, atendiendo a maridos que jamás les dirigen una sola mirada...
Yo he descubierto mi vida a unos kms y ella me mueve hacia vida o muerte, cielo e infierno. El limbo es lo que no existe. Sólo el caballo que trota a través de la ciénaga definitiva en el libro de Manganelli.
Ya no hago magia a través de las palabras, intento dibujar mi vida donde se encuentra, alejada de aquí, de este teclado donde vuelco mi pensamiento que, desde luego y al igual, muy alejado se encuentra de las letras. Por eso pido perdón por la mediocridad de mis pobres imágenes. Yo he recibido las llaves del cielo y las he mezclado con las del trastero.

Permíteme decirte, desde aquí, que sigues siendo tú el mapa del mundo de mi infancia y la primera pistola de verdad que sostuve entre mis manos, la de mi tío el policía. En esa ocasión, como en mi vida actual, el mapa señala el lugar donde desaparece la bala. Allá voy yo a parar en busca de tu cuerpo sentado seguramente en la terraza de un restaurante italiano (permite este sueño). Allí nos volvemos a besar. Volvemos a pensar que el tiempo que pasamos juntos no admite conjuras de necios ni erecciones de ahorcados. Yo te veo sola y, en mí, eres la persona que ha abandonado su soledad para concederme una importante parte de su espacio. Allí me muevo hasta que el corazón se pare, chocando con paredes que son tú, mi vida.
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