viernes

La Siempreviva y el hombre dormido

El hombre dormido expulsa su saliva y eso es hoy lo que me escribe. Vengo de dentro de su rota laringe a pedirte perdón por ser lo que escribe, a pesar de no ser lo que escribe. En los sueños del hombre dormido yo te tecleo a ti, Siempreviva y temo sólo formes parte de los rodeos que dan mis letras en su afán por encontrarte. Hoy te he encontrado mal. Me he encontrado mal en ti, amor mío, demonio absolutista que invade a diario mi imaginación, que es un trasto que bebe de tus palabras y come cualquier cosa que tengas en la mano.
Hoy pensé que morir por ti quizá no fuera suficiente. Que quizá un arco iris en medio de la noche fuéramos ambos traspasando un horizonte donde apenas se vislumbra un ser humano. Y luego otra vez tu enfermedad, seguramente provocada por mí para dolerme yo, por el mero placer de sentir algo.

Momentos en los que tras regresar de la boca del que duerme me levanto a comerte y llevarte junto conmigo adentro de ese ser deleznable que pide limosna a los ciegos que pasan por la Gran Vía. No pasa nada. Todo se le perdona, pues está dormido.
Sus ronquidos son el ángel del perdón. Rezo plegarias que dicen: Vuelve. Regresa. No me olvides nunca. Y luego ronco al lado del hombre dormido como si tal cosa, como si el primero en despertar también lo fuera en morir.

Reconozco mi patria en cada caballito de mar que guardo en el bolsillo. Sólo eso soy yo. Un mago y su pobreza donde la pobreza se come al mago y, de paso, a los caballitos de mar. A propósito del suicidado Vaché dijo el ayer desaparecido Cristóbal Serra “Escribir con la máxima penuria de medios es tanto como morir”. Ese soy yo delante de las teclas, ese soy yo delante del espejo. Tanto teclas como espejo son tus ojos y yo los oigo llorar a menudo, como salvajes grillos capaces de devorar un águila y la limpieza de su vuelo a un tiempo.
Tú, lo dije atrás, eres la Siempreviva. Y eso quizá supone una redundancia de la muerte.

Me enseñas que la belleza de las cosas puede desaparecer a manos del sonido que emite una mosca al chocar contra el cristal de una ventana.

Te diría que sólo el reflejo de tu sombra en la pared merece el hecho de mi existencia.
Te pediría que no sintieses ese dolor, que aceptases mi mano en la enfermedad. Porque yo he conocido mundos donde es aceptada la sanación por parte del espíritu. Aparte quizás el hecho de que tu espíritu y el mío probablemente sean el mismo.
Tú, luna y sol, yo un investigador de lo que se oculta en medio de nosotros, sé, en cambio, que la ceguera hipnótica del sol y las figuras agrias de la luna son la única verdad que se encuentra sobre este planeta. Poco más habría que decir de ambos.

Pero llega el momento en que despierta el pájaro negro y, al descubrir sus alas, chorrea alquitrán. En el suelo, sobre la gravilla, se escribe la palabra que nos atrevemos a pronunciar y, después de esa palabra, un jarrón vacío se muere dentro de nosotros.

Siento vergüenza de mi verdad, de mi incapacidad, de mi pasado, de tu risa y de tu llanto. Lo digo ahora en donde sobrevive algo de nosotros en el jardín de las cosas que no perecen. Allí el hombre dormido despierta y menea un árbol. Quién sabe si la hoja que cae somos tú y yo dándonos un abrazo o, al menos, la promesa de un abrazo.
Al caer el suelo yo le digo a mi otra cara: Sé libre y nunca, bajo ningún concepto, te acuerdes de mí.
De fondo se oyen las carcajadas del hombre dormido. A través de tu fruto conocí eso que llaman amor y que son dos follando sin parar hasta que amanece y, dentro del hombre dormido de donde procedo, encuentro la quietud y la belleza me es devuelta en forma de nada, que es lo que el mundo aprecia de mí mientras puedo imaginar a la otra mitad de mi hoja volando sola a través de mares donde finalmente cae y descansa flotando a la búsqueda de otra isla desierta.

Lo que quedará de mí será una imaginación que eyacula Cristos en tus brazos, basura planetaria que se come al sol y especies de murciélagos cuya sangre mezclada con el semen de los asnos, comentaba el maestro, capaz era de hacer la bomba por antonomasia. Sobreviviré. Y, como tú, que aún eres presente y futuro, nunca miraré hacia atrás.
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