domingo

La Siempreviva y el hombre de las teclas


"Un cristal no es menos frágil porque en él esté representada la cara de un rey; ni un rey es menos frágil porque Dios se represente en él" (John Donne).

Agachaste tu cabeza y un chorro de sudores cayó en mis manos. A continuación bebí de él y el resto lo esparcí en mi cara. Eso es lo que queda de tus fotos en bikini Siempreviva Cecilia. El resto soy yo cosiendo y descosiendo botones mientras espero tu septembrina llegada, envuelto en un albornoz amarillo, algo encorvado, notable la panza y mis barbas cayendo puntiagudas y fuertes acariciando mi nuez, que no sé usar para hablarte. Yo sólo soy lo que te escribe. El resto de mi vida, llegué a pensar, estaba compuesta por ti, pero hoy, envuelto en un sudor que no sé si es el tuyo o el mío, no me paro de repetir que la Siempreviva se me muere. Yo no puedo darte más que textos que me doy a mí mismo y, cuando consigo hablarte, con una nuez prestada, eres la sirena de la piscina donde das largos indiferentemente de si está lloviendo. Coges el móvil (alguien me dijo que debería sentirme afortunado tan sólo de que me cogieras el teléfono). Me dices Hola y no sé si mis lágrimas son de alegría o provienen de ese proceder de mi cerebro que me dice que no te tengo, que no te tendré jamás. Decía Cristóbal Serra en Péndulo y otros papeles, aparte de la cita de John Donne con la que inicio este texto y que queda inmortalizada allí, de nuevo, por el genio mallorquí: "Los pocos textos que he dado a conocer, que escribí porque tenía que escribirlos, no sé quién me los dictó. Sólo sé que, cuando los escribía, era como un pájaro sobre las aguas, volaba sobre el papel como una mariposa. Me hubiese sido imposible reconstituirlos si hubiese extraviado la primera versión. Ello indica que lo que escribo una vez de un tirón jamás lo retoco. Me entra por eso verdadero pánico al tener que escribir de nuevo. ¿Y si no me dictaran?, me pregunto.". Al igual que el genio, pero en mi eterno papel de novel conocedor e intocable de la mafia verde, cuando no tristón o soporífero, leve en cualquier caso, mundillo literario madrileño en cuyas aguas usó como remos la herencia toda de su abuela a cambio de un puesto de bedel (con quien era un placer hablar) que no le daba ni para el transporte público. Aquí estás tú, al tiempo que en la guapa Altea, diciéndome a ratos la vida (la muerte en cambio me la dictas). Ahora que soy tu servidor no sé si aspiro a ser nada más eso o libaré de la flor de este desierto cuya esencia te contiene más que al café de mediatarde (y sabedora eres de lo que implica en mí el café de mediatarde). Si me viese en tus ojos sabría quién soy y ya podría acabar con esta vida de la que me ha salvado el exceso de humillación cometido por los otros para ser alguien. En cambio el espejo del baño sé que no refleja quién soy y, como procuro verme con tus ojos, no sé evitar una milésima de segundo en que mi cuerpo y cara no cambien. En ti sería uno, eso es todo. Y lo sé porque en ti lo he sido hace tantos años como entre los dos sumamos. A veces soy positivo. A veces entiendo que mientras te doy unas palmaditas en tu culo respingón obtengo un beso de medio minuto. Pero al rato marchas, y nunca podré saber, Siempreviva, en qué lugar del mundo estás, ni quién sostiene esa piel por la que ya he muerto. Sólo soy los dedos tecleantes, medio pensantes y medio cansados de la tragicomedia que es llamada vida en el mundo natural. Estoy cansado y me abrazo a mí mismo a menudo sabiendo que en ese apretón contengo, imaginariamente, tu delgadez. Vomito mi inútil corazón, que no sé si ha sabido amar a lo largo de la vida, y lo observo en un charco donde crece el excremento, lleno de alquitrán. Lo dejo ahí hasta que de a un rato se pudra y me voy al bar. Allí tengo todo lo necesario para tres días más de vida.
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