sábado

lo que podría haber sido y no fue

 "Amor mío,
sé bien que no te escupirá mi sueño y que tu cuello no será sajado
por el filo último de mi sueño,
que no te insultará el hiriente corazón de mi sueño,
porque si duermo ya no te querré.
Sé bien que busco encima de mis heridas
el escorpión de oro de tus heridas.
Sé bien que encima de mis heridas sólo habita
la imagen escalada de mi muerte.
Y por ello voy a asesinar
con la virgen cuchilla barbitúrica
la muchedumbre de heroicos locos que entonan para mí la pesadilla y el bostezo,
amor mío, sin asomar por la ventana
fuegos viejos, frescas cenizas,
familias errantes de soles.
Mi amor para la imagen encalada de mi muerte,
para la cal que se come a los niños,
para mi último caballo, oro, sobre asfalto celeste y el hule astral de abril.
Sé bien que golpearé en negro
porque negro es el color de los sueños,
negras las manos de la intimidad,
porque las espuelas son el poder, la aberración, estrellas de tijera y abismo"

de El sueño oscuro, por Blanca Andreu (Hiperión)


Tú, mientras miras mis ojos doloridos de legañas, lágrimas que se quedaron impregnadas en los alrededores de la entrada a la cueva fruto de la evasión al amor a favor de un jamón cocido manoseado en una leprosería, sostienes el cofre de las lágrimas derramadas y me miras dudando entre la compasión o el delirio, si es que no es suficiente delirio la propia compasión.

Yo permanezco derrotado ante ti diciendo incoherencias de rodillas. Tú eres el alma, la reina, el coño, la última decisión sobre si he de matarme. Tienes el indulto en una mano y a veces ojeas la otra, donde hay una piedra que bien pudiera ser la calavera de Hamlet.
Tú la última estrella, mi pérdida de fe el día de la tormenta un batallón de ángeles negros mordiendo de mi corazón. Tú la flor del desierto, que es lo único necesario para la vida, cortada malamente por un ciego que creyó estar ante el interruptor del desierto.
Le rezo a tu nombre y maldigo la talla XXXL en la que un día me introduje para mirar una duda en forma del espejo que me devuelve la mirada del último cobarde que he sido y que sigo siendo en tu ausencia. Un deficiente devoto de la nada mezclado con el whiskey rancio que sale de la boca de una vulgar gorda a quien, como mucho, podría estar cansado de follarla el pellejo de su perro.

Tú mi gato arañando mis sentidos, mi perdón a mí mismo el ovillo de lana con el que juega ese gato cuando despierta de la inutilidad que soy, del pequeño cerdo primordial que habita en mi alma de simio, un simio que suda sangre y moriría por una canción en el oído que sea igual que las que yo te he cantado.

Yo el niño que canta, el imitador de voces de mi infancia, el creador de teleñecos asesinos. Tú la última gota de agua del grifo, el motivo por el que no duerma pensando en escribirte como lo hacía en la cárcel aquel que, privado de su pluma, se cortaba para poder registrar los acontecimientos de su alma con su sangre.

Tú la orden que necesito para dormir de una vez, yo el árbol de la vida descuajaringado por un hacha ante mis ojos. El carcelero se me acerca para ofrecerme un cigarro como última voluntad y yo le digo que quiero que sea una colilla usada por ti mientras, como dije, repasas cuando caes en ello mi posible indulto.

Porque yo he sido la madre pez que ha dejado al descubierto de altamar los huevos de sus hijos. Tú diciéndome ese fragmento del Anábasis de saint John Perse en traducción de José Antonio Gabriel y Galán que dice: “Hasta el lugar llamado del Árbol seco: y el famélico rayo me asigna esas provincias del Oeste. Más allá están los grandes ocios, y en un gran país de pastizales sin memoria, el año sin vínculos y sin aniversarios, sazonado de auroras y de fuegos. (Matutino holocausto de un corazón de oveja negra).” Poco antes del sonar de los disparos y mi cuerpo convertido en un juego de buitres. Porque la estrella es de quien la trabaja y yo, tras labrarla en ti, dejé su brillo al descubierto de la boca negra de una fulana escapada de una mala imitación de un Rubens. Tu Bocaccio, el aliento que me da a creer en la vida. Cuando ríes una gracia mía sonríen los ángeles y en sus manos sostienen rebaños de ovejas que encuentro al abrir la nevera en esta casa en la que sólo habita el alma del injuriador de bellezas.

Yo la última prueba del cerebro enfermo con doctores examinando el mal de mi cráneo y curándomelo, cuando desaparecen, con el haloperidol como si fácil fuera que esa droga que propicia llanto me alejara a un tiempo de él para acercarme a ti desde la serenidad de una duda en el pecho de un hombre indultado por su soberana, única en las especies de este mundo, juego de sombra y certeza, Maquiavelo reiría tus chistes a la mesa como al joven y pícaro amante de Leonardo.

Sin ti me queda la protección de la no-vida y confiar en tu palabra de no jugar a distancia con los líquidos de mi cerebro. Yo te ofrezco, mientras, en mi inocencia, cine y pizza. Sencillo sería sacar del cofre este sueño si no hubiera meado encima de la velocidad a la que se rompe de una quijada un esqueleto recién nacido.

Los pájaros comienzan a buscar otros cielos en octubre y yo sigo aquí en una silla desde donde escribo mis ganas de dormir y que aún no sé si es eléctrica o a qué metal tuyo pertenece. Porque eres a quien escribo en honor a la verdad del sexo, que es también verdad del sol y ya dijo Blake (recordado acá tantas veces por Umbral) que si el sol dudase un momento se apagaría.

De repente sabemos lo que le ocurre al ciempiés al que le da por pensar por una sola de sus patas mientras camina y es en el rastro que deja su paso por la arena donde aparecemos uno ante el otro para decirnos gracias por lo que fue y, de ser indultado al fin, de lo que podría llegar.

En un segundo plano queda un eructo del alma, quieto entre nosotros y el recuerdo del asco como único recurso con el que mirar la vida. Yo asco de mí y tú asco en mí. Lejos de eso soy un recién estrenado en el amor, un pardillo que llegó del pueblo a provincias y sale por ahí solo a ver danzar cuerpos gloriosos mientras su cuerpo de jamón digiere cerveza para pasar después a otros alcoholes en el bar de la gran ciudad, legendaria de neones de perdición.
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2 comentarios:

Anónimo dijo...

Este texto es como una mariposa. Las mariposas a veces también se detienen sobre una hez, aunque van suspirando néctares de flores. ¿Volará esta mariposa en busca del dorado reclama?
El texto me parece una pasada. Yo creo que podrías revisar la estructura de los párrafos y dotarlos de un ritmo distinto, menos cerrado, menos formal. Algo así le añadiría la sensación de la ruptura interior, el desangrado que sugiere cada línea.
Un abrazo decidido!

Alberto M dijo...

Es un relato inspirado en el poema que me enviaste. Una ficción sobre algo que pudo pasar. Un abrazote!!