martes

Dueña del oro y de las bombas

Antes de que me conocieras yo sólo era alguien que escribía cada noche tu nombre a ver si, en base a insistir, aparecías. No sólo apareciste. Me devolviste mi sitio en el fango de la humanidad. Allí los soldados me dieron un teléfono y un tal Sr. X llamaba para decirme en qué parte de tu cuerpo se encontraban las bombas que debía desactivar. Fue un trabajo nuevo para mí. Obtuve una medalla al principiante menos serio y fui calificado de "baboso putrefacto pero con algo bueno dentro de él".
Al volver de la guerra estabas viva. Te recuerdo en paraguas a mi vuelta de Beirut. Me preguntaste si era yo y dije que sólo recibía órdenes. Entonces, recuerdo, nos fuimos a comer unos rollitos al restaurante chino de Plaza de España. Recuerdo que, al sentarnos a la mesa, te dije que ahora me dedicaba a ir de una penitenciaría a otra a firmar autógrafos. La ventana que daba a la calle estaba infectada de cagadas de pájaros y la lluvia era tan fina que atravesaba las manos. Bostecé y casi te trago sin querer. Me disculpé, como si fuera posible haberte tragado. Entonces sólo fue la primera vez que nos vimos. Bebí la sangría con nerviosismo. Tú me dijiste que conocías la receta, que un día podrías hacerla para mí. Entonces soñé despierto durante unos minutos y, cuando volviste a abrir la boca, yo ya formaba parte de ti.

Porque yo he hecho para el mundo los goznes de las puertas que se me han cerrado.

Mi casa te sorprendió por ordenada e hicimos el amor por primera vez en el suelo. Yo dije: hay una señora que viene a limpiar estas manchas.
Ahora quiero hacerlo otras cien mil veces contigo, por mucho que en aquella primera vez estuviesen contenidas esas cien mil veces.
Te dije que andaba algo flojo de la cola. Fui a especialistas que me dijeron que no temiera. Al lado de mis pelotas el prepucio parecía una más. Sólo les faltaba bailar a esos tres conguitos. Te hablé de los desastres amorosos que colmaban mi vida. Dije nombres al azar y, desde sus pupitres, algunas niñas de 35 años levantaban la mano.

Hoy te escribo con la ilusión de ser vuelto llamado a filas para regresar a la misión de tu cuerpo. A esos artefactos que hacen boom y que están, la mayoría, en tu cabeza, cercanos a primaveras que no acaban nunca y, en el horizonte, alguna que otra promesa de arco iris. El sol me ciega los ojos mientras no dejo de extraer el oro donde se refleja de cada bomba.

Me diagnosticaron unas gafas de abuela y después me contrataron para dar clases de literatura en una universidad privada. Allí enseño a leer a Felisberto, a Cortázar, a Arreola, a Beckett y la pasta con la que está hecho el Ulises de Joyce.
No hay alumno que, después de clase, no se acerque a preguntarme cómo van mis avances contigo. No considero sea bueno comprendan mis heroicidades en la guerra, aquellas por la que me dieron la medalla a la baba más limpia, y digo que hace mucho que no sé de ti, que soy feliz leyendo a Shakespeare a la sombra de los cipreses acompañado de una manzana los sábados en que hace bueno.

La siguiente vez que te vi te habías quedado dormida en el mar Muerto.
Recuerdo esperarte a la orilla.
Me pregunté qué tipo de sueños habrías estado soñando. Entonces del centro de mi cabeza brotó una flor. No le he dicho al peluquero que me la corte no vaya a ser que tus sueños dejen de crecer dentro de mí.
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