martes

De un mundo raro


La fotografía fue tomada por mi padre en su casa de Móstoles y yo daba mis primeros pasos a gatas en la vida tras pasar dos meses en una incubadora (período durante el cuál los médicos, hoy comprendo la razón, dijeron que no saldría adelante) 

 
He salido a por tabaco y, al regresar a casa, he tenido miedo de apretar el timbre no fuera a ser que fuera yo quien me abriese.
Finalmente he dado con las llaves, que estaban en el bolsillo menos pensado y, al abrir, he mirado hacia un lado y otro. El teléfono sonaba y no estaba, en un principio, dispuesto a cogerlo. Finalmente, tras lo que he supuesto una insistencia, lo he cogido, admito, con cierta desgana.
Al otro lado de la línea un hombre latino me explicaba las nuevas ofertas de Jazztel. Le he estado escuchando durante diez segundos, a continuación he dejado el auricular en la mesilla y permitido que siguiera hablando solo mientras yo bajaba a por una cerveza sin alcohol al sótano. Al subir he dejado el teléfono en su sitio, me he sentado en el sofá y he respirado. Luego, tras encenderme un cigarrillo, he dicho en alto: ¿Quién quiere paranoia alguna cuando la perfección de la vida es esto?
Entonces el teléfono ha vuelto a sonar y me ha dado por sonreír. Al cogerlo yo, por supuesto, esperaba una voz distinta a la mía o, al menos, no idéntica. La voz se ha despachado a gusto conmigo y yo he procurado la tranquilidad absoluta. Hay mucha gente sola, que sólo llama para molestar. Lo único que me ha chocado ligeramente era una voz que reconocía como mía en un hombrecillo que de inicio se presentó como el único Alberto Masa del mundo, ingenuo de que existen muchos Albertos Masa. Lo he mirado en google, donde salen entre otros un corredor de maratones, un sanitario de obras públicas, un tipo que hace guiones para videojuegos, un escritor de blogs, un jugador de ajedrez etc... Yo solamente, al menos por esta tarde, pensé, seré para el mundo el que bebe cerveza sin alcohol fresca tumbado en el sofá al tiempo que da caladas a un cigarrillo.
Al acabar el cigarrillo he encendido otro y ha sido en ese momento cuando me he dado cuenta de que al ambiente le faltaba algo de música, así que he ido a mi habitación y elegido un doble CD con Curtis Fuller al trombón sin siquiera fijarme en la contraportada en los músicos que lo acompañaban. La música que sale de un trombón es la soledad que necesitaría cualquier perezoso para subirse a un árbol por el simple placer de huir de la nada, el hábitat natural de uno de esos animalejos de brazos largos, antes de ser devorados por una mala bestia. Mi corazón no late. Esto es cierto. Supongo que el perezoso que mora en él ya fue tragado. ¿Ha visto usted cómo trata de librarse un perezoso del hambre de un tigre? Empieza a escalar un árbol hasta su confín. Lo juro. Lo vi un día en los documentales de la dos. Entonces el tigre que, pobre, tiene hambre, empieza a zarandear el árbol tras intentar subirlo y habiendo fracasado tres veces en su tesón de lograrlo. Una vez que ha conseguido que las ramas del árbol empiecen a favorecer su salto, en una labor digna de elogio, el tigre finalmente da caza a ese peluche con vida y, una vez en el suelo, le revienta el cuello. Eso le pasó, sospecho, un día a mi corazón y yo no me di cuenta. Desde entonces nada me importa. Ni siquiera lloré en el entierro de mi abuela, que fue una madre para mí en vida, donde todo el mundo había asistido para ver cómo me derrumbaba. Aunque he de reconocer que he tenido atisbos de corazón sé que sólo es un animal menor dentro del orden de la naturaleza y que fue masticado por un tigre hasta que se cansó y dejó que las hienas y los buitres acabaran el trabajo.
El disco de Curtis Fuller está genial, he decidido y he dado a continuación otro trago a la cerveza. Cerveza, cigarrillos, sofá y notas de trombón ¿Quién da más? Estaba tan contento que, después de un mes sin mirarme al espejo, lo he hecho y he reconocido a alguien hermoso. El placer lo he sentido cuando he notado a mis lágrimas caer hacia adentro. Por un momento me hacen pensar que todo era como antes, cuando vivía plenamente la vida y mi corazón acompañaba sus pasos mientras aprendía primero a montar en bici y luego en patinete e iba a por el pan con la sonrisa del niño que era, antes de ser sustituidos sonrisa y niño por la única mujer del planeta.
A ella le digo: Devuélveme el llanto de las personas normales que atiborran las calles de sonidos de felicidad, lo que es lo mismo que decir, devuélveme a mi patria, devuélveme a ese niño acariciado en el ascensor por aquel buja del segundo que siempre iba peinado con la raya en medio, acompañando su expresión de caído unas gafas de culo de vaso que se torcían sin remedio ante la belleza de las simples cosas. Y luego: A cambio te doy un corazón que no tengo porque, y aquí vienen las risas, un día, sin darme yo cuenta, el tigre se tragó al perezoso.
Acompaño su risa y bajo a por otra cerveza. Hace bien poco compré de las de sin alcohol para tener para, por lo menos, diez días.
Quizá con el tiempo he intentado comprender en vano que el corazón de ella se convierte en el que a mí me falta y que eso es suficiente para la vida, que es algo que eres tú y, de vez en cuando, llama por teléfono para insultarte mientras tú, como a los de Jazztel, no le haces ni puto caso.
Mírame, le dije ayer a mi hijo, yo que tanta gente he sido, y le repetí: Mírame ahora. Artaud escribió de sí mismo algo así como que era su padre, su madre, su hijo y él mismo. Baudelaire dijo que muchos pájaros vuelan en busca de su propia jaula. Si vieras lo que acontecía en la cabeza del niño para elegir entre una de las dos respuestas. Finalmente me dio un abrazo y oí su inexistente corazón latir cerca del inexistente mío. Después vino ella, que nos abrazó a ambos y, tras llorar como posesos durante horas, batidos sin duda por el miedo, nos empezó a entrar la risa floja, que se fue contagiando de uno a otro. ¿Me entiendes? Al fin y al cabo estábamos allí vivitos y coleando ¿Qué era, entonces, el miedo? Una vez tuve un maestro ñoño de Taichí o algo así que me repetía “El miedo hay que acariciarlo” Pero melón ¿Qué animal es el miedo sino el vértigo al vacío? Sin embargo nunca se lo dije. Entonces yo no hablaba. Tan sorprendido estaba con sospechar de vez en cuando que quizá todavía tenía corazón... No he conocido nada puro en la vida, sólo cosas que se han acercado a la pureza. Lo digo yo, que soy un ser que roza la putrefacción. Mi aliento aún huele a sangre, y es que he tenido que tragar quina muchas veces.
Las horas han pasado, no sé cuánto tiempo hacía que el disco de Curtis Fuller había dejado de sonar. Y es que lo malo de los discos es que hay que escucharlos. Cuando no lo haces, en serio, no tienes ni idea de lo idiota que te sientes por haberlos comprado. Entonces he dado al play de nuevo, aproximadamente en el cigarrillo número doce. El teléfono ya no sonaba. Lo que daría porque volviese a llamar el de Jazztel, sentir su voz rodeada por mis brazos amigos. La noche cayó y, cuando despierte el mundo, mis padres dirán que si no me da vergüenza llevar esta vida al revés en la que no vivo y que vaya de nuevo a la ONCE en busca de trabajo. Les diré que seguiré tanteando editoriales o algo así por mucho que sepa que no se vive de la buena literatura y sí pueda vivirse de la regular o incluso de la mala, y en esto incluyo a casi todo el periodismo también.
Luego llamo a mi amor otra vez. Ya se ha despertado. Su vocecilla de gacela me dice que está desayunando y a mí se me dibuja en el rostro la cara que sopló las velas de mi sexto cumpleaños. Recuerdo que mis primos estaban a mi lado, y también dos amigos del colegio. Recuerdo la vida que establecía por regla la falta de frontera alguna y un mapa redondo que yo hacía girar a sabiendas de que el mundo se movía a su ritmo. Le di un beso y ella me dio otro. Luego colgamos. Dijimos que faltaba menos para vernos.
Recuerdo una pandilla de amigos de acampada y el ácido rulando de uno a otro. En mí el ácido era religión. Nada que ver con el divertimento con el que veía otros se lo tomaban. Sobraban alegrías ante el respeto por un renacimiento de los sentidos. Tomé y tomé sin cansarme hasta que podía ver mi mente viscosa en medio del planeta, deshaciéndose en el interior de un termómetro que marcaba 40 de fiebre. Entre la fiebre y el termómetro yo observaba, bien deshecho o aplaudiendo, el fundido entre ambos tres. Después llegaba a casa y toda mi familia estaba allí. Recuerdo poner cuidado en no decir que casi, como acababa de pasar, me había atropellado un coche por cruzar en rojo. Simplemente dije que estaba cansado y me metí en la cocina. Reconocí el agua fría de la pila cayendo gracias a su sonido y bebí de aquel veneno natural que me curaría, pensé, para luego despedirme de todos con un estoy muy cansado, ya que no dormí ayer. Para mi sorpresa conseguí dormir y para mi relajo quizá fue allí, en el feliz e insensato mundo de los sueños, cuando el trombón de Curtis Fuller se acopló con el bajo a la perfección, devolviéndome a este amanecer donde no hay nada, sólo yo, cerveza sin alcohol, cigarros ¿Alguien da más? En cuanto llame el cartero para traer mi paquete le abriré y como siempre me dirá ¿Qué tal anda, don Alberto? Le diré (lo de siempre) que llegué de un mundo raro, que no sé del dolor, que triunfé en el amor y que nunca he llorado.  
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