martes

¡Cecilia responde!

Esta carta la pudo escribir el gallo que canta en los amaneceres donde no nos encontramos. Y mientras picotea en el teclado letras para su serenata; la mujer que tiene al lado permanece sobre el diván confesándole sus pecados al dios de la enajenación. Dirige sus plegarias al techo desdibujado donde garabateábamos los mapas de nuestros sueños.

Se corta la primera oración, justo en la esquina de tu lengua, con la que me abriste los labios aquella primera vez y cae un chorro de pintura negra sobre mi rostro tan blanco.
Un rizo de mi melena oculta mi oído, que un día escuchó lo que necesitaba oír. Sólo eran palabras dichas por el genio de la lámpara, aunque tuve que invocar a Sésamo frotando tres veces el móvil. Entonces tu cueva de Alí Babá estaba abarrotada y tú gritabas desde el interior buscando la salida en agujeros que prometían luz hasta descubrir otro laberinto oscuro. También entonces buscabas el orificio de mi oreja para eyacular cofres sin tesoro. ¿Recuerdas, amor?
En aquellos días no había techos que dibujar, ni más joya que la noche (que podía llegar a consumirse en lo que nos contábamos un par de anécdotas en las que quedaba resumido lo esencial del motivo por el que no podíamos dejar de escucharnos).
Eran los días en que éramos cachorros de osos y jirafas en una selva sin horizonte, en la jauría de la vida corriendo riendo y, de vez en cuando, parando para llorar solos el uno de la mano del otro.
Nos mirábamos desnudos a sabiendas de que no habíamos crecido lo suficiente para jugar con nuestros cuerpos más allá de un beso al llegar a la sabana y volver a sentirnos igual de perdidos que antaño, en los mapas imaginados de nuestra verdadera niñez.
En una carrera a la velocidad del calor del verano chocamos con la ciudad y oímos juntos por vez primera sirenas de ambulancias, neones señalizando entradas sin salida en calles asfaltadas.

Nosotros también quisimos civilizar la emoción y le buscamos alimentos envasados al vacío y un techo para trazar la corriente de sus estrechos ríos de sangre.
Tapamos nuestros cuerpos con pieles de otros animales que, en la venganza de la ofensa, nos enfermaron en la dolencia de una duda crónica.

En los lares en que no teníamos cubierta alguna un Kierkegaard envejecido nos recordaba aquello de herir de muerte a la esperanza terrestre, pues sólo así nos salvaría la esperanza verdadera.
Te propongo volver a ver el cielo desde una atalaya en la que observarnos tú y yo a solas.
Te propongo una epístola más escrita por el gallo que ama y canta, mas no necesariamente por ese orden.

PD: Quiero follarte hasta que te sangren las orejas.
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