jueves

Carta abierta a mis padres

Recuerdo vagamente un tiempo en el que éramos felices. Yo corría de la mano del abuelo y la abuela y venía de la guardería de Móstoles con mamá, escondiéndome a la llegada de los edificios. Era nuestro juego favorito. Sé que echáis de menos esos tiempos de amor en familia y que hemos quedado vivos muy pocos y que tú, mamá, sacaste un domingo de la jaula el canario amarillo, que había dejado de cantar por las mañanas. Echamos mucho de menos a los que no están y no guardamos rencor a los que han decidido marcharse por voluntad propia de esta casa que acogió los últimos años de la abuela, en la que hizo todo cuanto quiso. Recuerdo una noche de san Juan en que escribimos nuestros deseos en casa de Carlos y Miluca. Ella pudo venir. No destapamos su deseo hasta su muerte: Unión de mi familia y que mis nietos me quieran. No se refería naturalmente a mí (ni tampoco a mi prima Aran) sino a los que por entonces habían desaparecido de su vida. Una vida llena de energía cuya muerte ya expuse acá durante los días de duelo. Aquellos en que mi cabeza fue intervenida por los ángeles y, tras un grito de cinco minutos, asumí que había fallecido de un infarto con naturalidad y apoyado por todos vosotros, mamá, papá, Aran, incluso el pobre Nico, que luego tuvo una muerte de la que no sé si he sabido recuperarme, por entonces estaba por allí, tía Pepa, tío Jaime.

Fui lo último que vio cuando cerró los ojos ya dentro de la ambulancia de traslado si es que, como creo, no volvió a abrirlos. La tía Maripaz, a esas horas ¡la vida! llegaron las culpas de cinco años de desaparición, deseó estar a su lado en esos momentos donde sólo podíamos entrar uno y, supongo, lloró a su madre como ella merecía sin que, la pobre, ay, ya se enterase de nada. Porque ella era la revolución de la gaseosa y la viveza llana de los muebles. La trabajadora de la casa y la cocinera irrepetible. La mujer y su viudez, con la de lutos que hubo de guardar desde pequeña.
Ahora estamos aquí. Yo me encuentro muy confuso y sé que nada podría hacer sin la ayuda de vosotros (tía Pepa, mamá, papá, amigo Jose, Jaime, Aran). Sé que habéis pasado todas mis enfermedades a flor de piel y sobrevivido a ellas antes que yo. Ahora que es el amor en mí una enfermedad sólo quiero deciros que, si me pasara algo, sí sé que en la vida supe del amor, escasamente y finalmente abordado mi vida hasta una plenitud que procuro llevar sin caerme y sin tirarla, una mujer que nunca pensé pudiera aparecer en mi vida y que la colma. Si ahora muriese no hubiera sido todo lo inútil mi vida, papá y mamá.
Sé que estáis cansados, a veces enfermos, y que poco podéis contar con mi ayuda, ya que me dísteis una educación de señorito con la que hubiera soñado cualquiera, aunque truncada por mis entonces visibles brotes psicóticos. Quiero deciros hoy en mi blog, a todos los que estáis conmigo, que sin vosotros no sería capaz de nada y que os debo la vida, una vida extraña a veces, pero en la que jamás me habéis faltado.
Por favor, aceptad un abrazo que incluya todo el cariño que quizá en momentos no he sabido mostraros.

Os quiere siempre,
Alberto.
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4 comentarios:

Anónimo dijo...

Bien puedes suponer cuánto amor tiene el infinito, pero sabes cuántos infinitos caben en cada gesto de amor, amigo mío. Descubrir el pecho sólo saben hacerlo los valientes, incluso para amar cuesta mostrarse sin corazas...
¡Chapeau!

Anónimo dijo...

te quiero. Aran

Alberto M dijo...

gracias champion. ojalá siempre supiera estar a la altura de ese acontecimiento

Alberto M dijo...

Aran, te adoro