viernes

C.

 Voz

Tu voz contra el atardecer.
El viento empuja
                             sobre el cristal
las ramas de los altos encinos.

Tu voz llena el espacio.
Y no hay instrumentos
                             para tu canto.
Tu voz dibuja signos en el viento

La noche 
va bordeando en silencio
                            ese núcleo
donde la luz se detiene todavía
mientras tu voz,
                           tu voz sola
borra el instante. (Elsa Cross, 2003)

Llevaba días buscando tu nombre completo en papeleras públicas a sabiendas que, a la vez que tu nombre, me encontraría con la vida. El resto era una cocina, un libro (pongamos Orgía de Pasolini) y un pájaro hablador. Humo. Fumaba como en un reclamo y el humo que salía de mi boca no dibujaba tu nombre. Quizá lo intentaba, pero terminaba dispersándose en el aire quedándose en una especie de cuadro futurista. Un día, cansado de no encontrarlo y con ello el significado a esa vida de humo y nada más, salí al barranco francés en busca de restos de animales. Cargué una bolsa grande de restos de ternera, de huesos y órganos. Al llegar a casa los coloqué sobre la vitrocerámica y te vi. Luego vino mi erección. Recuerdo colocar la polla junto a la calavera de un ternerillo chico y moverla. Recuerdo que no sentía nada y me rajé una mano llenando esa calaverita de gotas para lubricarla. Mi erección iba y venía y al final sentía frustración. La frustración de que el tamaño de mi verga fuera el indicativo de que, además de tu nombre, existieses tú o no, en algún lugar. Escondí todo en el frigorífico al oír las llaves del garaje. 

Mi padre no notó el olor a putrefacción de la cocina y yo le pregunté qué tal estaba. Me dijo que necesitaba un café y le dije que se pusiera cómodo, que se lo serviría yo. Me dijo que sólo echase cucharada y media de azúcar. Claro papá, como siempre, dije. Como siempre, repitió y marchó hacia el salón. El cuenco de café temblaba en mi mano derecha y derramé un poco que a continuación limpiaría con la fregona. El brick de leche también temblaba en mi mano. Los nervios sostenían todo mi cuerpo y, quizá, gracias a ellos no perdía la fe y de buenas a primeras, desesperado como una burra en celo, me mataba. Al servirle su café con su cucharada y media de azúcar ya removida notó el tajo que me había hecho en la palma de la mano. Le dije que habían intentado asustarme, pero que al final todo había sido un lío y que no pasó nada. Me dijo si los conocía. Le dije que ni les conocía ni quería conocerlos.

Antes de irme a acostar, mientras mi padre dormitaba en el salón, cogí los órganos y huesos de animal y los bajé al sótano. Ya escondidos recogí un hígado del tamaño de mis dos manos juntas. Lo sostuve y le pregunté si era ella. En mi oído podía sentir que sí. Yo te quiero, le dije. Y yo podía sentir que ella también me decía que me quería. Más que a nadie, dije yo. Y oí repetir: Más que a nadie. Luego dije: Más que a nada, y lo mismo. En la cocina rajé el hígado y me lo metí en mi polla que, una vez sentido el frescor, se puso gorda. Me metí en la cama y empujé mientras dedicaba una oda a mi amor. Lo que yo oí entonces es: No sabes mi nombre completo. Sólo me faltaba eso. Me corrí como un pavito dentro del hígado sin apenas sentir nada de fuerza en la corrida y luego intenté tirarlo por el váter, pero no lograba deshacerlo ni siquiera con la ayuda de la escobilla. A continuación introduje las manos en la taza y lo saqué. Parecía un trozo de mierda invencible.
Al salir del cuarto de baño me topé con mi padre, que iba hacia su dormitorio. Me preguntó qué llevaba y dije que era basura. Noté su mirada extrañada, pero la supe vencida por las ganas de dormir. Luego salí a la calle y eché ese hígado en un contenedor público no sin antes asegurarme de que en ese contenedor no podría caber tu nombre. Al volver saludé a mi pájaro, que nunca duerme. Me puse un café para mí y recordé los tiempos en que, además de mi padre, tenía una familia grande y el vino y la salud recorría una mesa llena de risas, paz y alegría. Lloré en silencio. Pensé que mis lágrimas tal vez fueran ella y, cuando paré de llorar, intenté continuar el llanto sin éxito para averiguar si mi pensamiento rozaba realidad alguna. Noté cómo el aire que entraba por la ventana de la cocina secaba lo pegajoso que esas lágrimas habían dejado en mi cara. No supe qué hacer. Miré al techo y recé una oración. Después de eso saqué a mi loro de la jaula y me lo coloqué en el hombro. Me dio la cabeza en señal de que necesitaba mis caricias. Mientras lo acaricié pensaba que esa era exactamente mi vida, que esa era exactamente mi muerte. Entonces casi logro saber su nombre. O eso me pareció. Después de agarrarme a esa sensación como a un cofre lleno de luz, cerré los ojos. Comprendí que, fuera lo que fuera lo que era yo, algo era.

PD:  Todos mis escritos son un derramamiento de sangre a favor de tu voz.
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