viernes

Balada del injuriador de bellezas

"El amor es la puerta de la devastación" (Un sabio hindú)


Escribo desde el lado de la casa que no tiene puerta ni ventana alguna. El parqué está levantado de tal forma que alguien hubiera estado anteriormente aquí y, con algún tipo de artilugio, hubiese estado excavando para lograr salir de este laberinto de cuatro paredes amarillas afectadas por la lepra.

Escribo con un pájaro muerto en una mano y, en la otra, un ramillete de flores secas.

No hay nadie a cien kms a la redonda, pero se oyen las voces de quienes desaparecieron sujetos al mismo precipicio en que me encuentro procurando elevar el pájaro a la vida, procurando la viveza de estas amapolas muertas.

En una ocasión encontré en la basura una pistola cargada. La llevé a mi casa y examiné, sorprendido por su peso. Coloqué su boca en cada parte de mi cara y luego la dejé sobre la camilla. Pensé que mis razones para vivir, aunque invisibles, eran suficientes. Comprendí, de hecho, que la belleza de las cosas está en las cosas invisibles y que, gracias a ellas y su invisibilidad, podemos percibir el resto de cosas visibles, por mucho que no sean, a menudo, tan bellas como las otras. Y pongo por caso mi dolor que, de hecho, es esta habitación amarilla lepra sin puerta ni ventanas.

Anteriormente me recuerdo recluido en los subterráneos de un psiquiátrico en unas condiciones similares sólo que con una puerta acolchada y una ventana en el techo, a seis metros de mi cabeza. Recuerdo que me desvistieron y me dieron unos calzones algo manchados tras quitarme la camisa de fuerza. Yo me los puse y a continuación me metieron una botella de suero y drogas en vena. El resto sólo fue sueño. Cuando me levantaba, adormecido, daba golpes a la puerta cerrada. A veces abría un bedel, me quitaba la ropa y me ayudaba a mear con el sonido del grifo. Luego me duchaba con una manguera. Recuerdo un extraño en su sonrisa y poco más, hasta que me subieron a la locura que era la salita principal del centro, donde yo, salvo en mi cabeza, dormitada por el haloperidol que hoy uso deliberadamente para retornar a esa adolescencia en la que cabían muchas menos culpas que en la actualidad y, curiosamente, el mismo llanto, había ganado en libertad de movimientos. Es decir, había conseguido un pasillo, un piano roto y gente.

Hoy ese sería un recurso para separarme y acercarme a la felicidad. Porque yo he manchado la flor del desierto con escupitajos de alquitrán.

Enciendo otro cigarro cuando recupero a tientas mi lugar en la oscuridad. Telefoneo al lugar en donde mi tranquilidad vive y me ofrece la vida de su pensamiento mientras el monigote de la canción mexicana fuma, fuma y fuma sentado en el umbral dejándose llevar por el sonido del viejo organillo, que en mí es la ternura, el intento de comprensión de su voz.

Luego llega la hora de dar vueltas en una cama. Las drogas hacen efecto. El mundo no ama cuando uno duerme. Los sueños llegan como con el retraso del tren de las tres y, bajo la almohada, encuentro una carta escrita por la mano de dios padre en la que dice: Hay que seguir viviendo pese a todo. En el sobre no pone mi nombre. He supuesto que escribe a cada persona la misma frase. 
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2 comentarios:

Anónimo dijo...

Un texto muy bueno.
Me gusta especialmente la reflexión a propósito de la belleza, declarando que existe una objetividad invisible en toda percepción subjetiva de la belleza, una sustancia inmanente y sutil que la revela. ¡Genial!
Sigue así, un abrazo!

Alberto M dijo...

Un abrazo, Maldoror de la luz!!