martes

Ya sólo sabe escribir de amor (2)

Mientras te escribo esto no alcanzo a saber quién escribe y, no creas, procuro detectarlo. Imagino que si continúo la carta las palabras inevitablemente desvelarán qué parte de mí habla. Acabo de colgarte. Lo que escribe no es muy distinto a tu nombre en mi sección de favoritos del teléfono móvil. Escribo deprisa. Deprisa te veo en tus fotografías. Cada una desfila ante mí a una velocidad que termina siendo la de una película. Tus caras en mi memoria son la voluntad de un malabarista. No sé escribir despacio. A veces, en las mañanas en que la noche no ha permitido mi sueño, te llamo, en un estado de desesperación, y en ese momento eres el oasis que atisbo de lejos en el desierto y que sin duda calmará mi sed. A veces doy con que tú tampoco has dado con el sueño y, sin embargo, no puedo evitar verte íntegra, sin los miedos de mi cansancio convertidos en más allá, en el equilibrista sin red en que mi mente aprende a convertirse y que ha dado de mí al mundo todo lo que no encuentro en ti. A menudo, en las noches, termino el padrenuestro y le digo a dios: mantén mi deseo, como si no supiera del peligro que es hacer de ello tu vida. Evito que me regalen bonsáis. Los amo y sé que me duran apenas tres meses. Una vez que están muertos procuro resucitarlos. Lleno de agua esa tierra que ya no sirve para nada e invento ante el lavadero palabras mágicas. Así es como digo tu nombre tras rezar a un dios al que a veces utilizo para quitar de mi boca el resto de las comidas. Uso tu diminutivo indiferentemente e imagino mis miembros esparcidos junto a las letras que lo forman. Yo no sé de amor, me disculpo. No sé de morir por ti ni de ver tu cuerpo sin vida. Sé que respiro una eternidad que sólo responde a este paisaje donde cuento los días que faltan para que regreses. Quiero darte refugio y verdad en el refugio y la verdad que tú ya eres en mí. Perdóname que esta carta sea demasiado corta. Nada me vislumbra con qué hablo. Unas veces imagino que es el corazón, el egoísmo, la polla. Pero solamente eres tú. Vives dentro de mis letras. Siempre he imaginado el mundo a través de ellas y te encuentro tapándolo. Claro que, a cambio, me recibe la belleza de todas las cosas que en mi vida he sabido imaginar, no hablo sólo con mi cabeza sino con todas las cabezas que me han rodeado, en ocasiones servido. Simplemente veo en ti el camino. El resto de la historia sé que sabrás escribirlo tú. Yo me dejaré hacer. Mientras, seguiré rezando delante del plato de sopa recalentada.
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