martes

Ya sólo sabe escribir de amor (1)

Al final, tras lo hablado, he decidido que lo mejor que puedo escribirte es la historia de un hombre desnudo en su caverna de cuero sentado al lado de la flor que hay a la puerta de su casa. El hombre, trastornado de la oscuridad en la que se encuentra habitualmente, comienza a hablarle a la flor y, por momentos, en sus alucinaciones, la flor le responde. Esa, según yo lo veo, es nuestra historia.
La flor, que coincide en apariencia con la que en sus sesos guarda el hombre de la caverna amueblada, eres tú. El hombre a veces duda si cortarla y guardarla en su bolsillo para siempre y así lo haría si se conformase con el recuerdo de la flor cuando aún vivía.
Hoy el hombre, hombrecillo si prefieres, se encuentra tecleando con la convicción de que la flor crecerá un poquito mañana cuando lea su escrito. En su inocencia cree que es el riego que necesita. Pero en la caverna de cuero no hay música y sabe que su flor se encuentra a demasiados pasos.
Pasemos de flores y de hombres de las cavernas ahora. Imaginemos las tristes vacaciones de un escritor que ha sido abandonado hasta por la comida que acaba de disfrutar. Si sale fuera de la casa hay grillos, pero todos le devuelven tu voz. Se necesita ser idiota para traer una bolsa llena de libros y ni un miserable disco. El hombrecito imagina la portada del Lady in satin de Billie Holiday, como si eso fuera suficiente. Como si no lo necesitase sonar para evocarte mejormente. Como si en su imaginación tuviera colocadas todas las notas. En el nuevo ordenador las teclas son menos hondas e incapaces de producir la música a la que se ha acostumbrado. Él y yo vemos la vida en la mujer que nos dice que no paremos de escribirle al mundo, inconsciente de que para nosotros el mundo es ella y nada más.
Me siento como si aún no hubiera sido capaz de escribir una sola línea. Me parece que voy a empezar por el principio. No me inventaré nada. Sólo diré la verdad.
Querida Cecilia, salga lo que salga de este intento de carta, quiero que sea para ti. No quiero que pueda ser para más gente y, sólo si tú reconoces que puede servir para algo, la retocaré y la enviaré al pozo donde no veo fondo en el que se ha convertido mi blog. Enciendo el primer cigarro. Los cigarros son una buena compañía a la hora en que te quedas embobado mirando una carta cuyo destinatario dirige los pasos que ha de dar tu cerebro para hallar el bien.
¿Qué es la literatura? Le preguntaron en cierta ocasión a Goethe y vino a decir que era lo difícil y el bien. Contigo tengo el bien. El resto tiendo a verlo como difíciles, porque sé que si veo algo como imposible el castillo de arena donde convivimos se cae y nos entierra dejando luego que unas ocasionales olas se lleven nuestros cuerpos al interior del océano.Por otro lado también recuerdo haberte dicho que me transmites que contigo nada es imposible. Como ves me surgen paradojas y sé que a ti, amor, también. La verdad es que se me olvidan cuando nos dedicamos simplemente a hablar de la vida. Siempre que detecto una risa tuya no venida del nerviosismo en el que te encuentras a veces, sino dedicada a alguna chaladura mía, pues a estas alturas reconoces ya para bien a mi payaso (me refiero al sobrio) también veo algo parecido.
Esta carta, descubro frente a lo último que hemos hablado y donde te la he prometido, la hago sin inspiración, pero veo que a veces me crezco. De mí, quizá, tengo que sacar tu oficio. Y no he conocido a alguien tan indisciplinado, pero no puedo parar de escribirte porque a mis ojos, mientras lo hago, estás a mi lado cogiéndome de vez en cuando el brazo izquierdo. Me recuerdas a cuando se murió mi abuela y fui intervenido por los ángeles. Entonces cambié la foto de mi escritorio por una de unas amapolas. Puedo volver a ese momento y sentirme en casa, en una casa que jamás creí pudiera tener sentido sin mi abuela. Desde entonces creo en que hay algo más allá de la vida ¿Sabes? Te lo dice alguien a quien el demonio le cogió por banda un diciembre de 1996 y consiguió deshacer su mente en bolsas de azúcar de caña rancia a base de señales erróneas y acabando dentro de una camisa de fuerza. En mi inconsciencia he de decir que alguna parte de mi cerebro mantenía consciencia y me hacía verme a mí mismo como un héroe.
A veces pienso que todo lo que te escribo, quizá llegue un día, en que lo rompas y olvides. Sé que los ángeles pueden hacer lo que quieran y no me molestaría. Mi recuerdo me devolvería a quien soy, que, ay, no es nadie, pero es también una vida a la que me puedo acomodar fácilmente. Bastante te han idealizado, yo he decidido frenar eso. A cambio obtengo una felicidad en la que camino sobre una cuerda floja, sin red abajo. Todo lo que quiero eres tú. Incluso en la literatura, donde tanto me he encontrado con mi hipotética como escondida hermosura, tú me sostienes a ciegas bajo la penumbra que yo he conocido de primera mano.
En otro aspecto tú me das respuestas más auténticas incluso que las que me ha dado la literatura, única pasión que produce cierto brillo en mí antes de que aparecieras. Te confieso que no sé los pasos que ha dado mi mente. Tampoco la tuya. Así que a veces me puedes sorprender hablando de magia.
A menudo se dice que la vida es lo único que tenemos, que nos cuidemos de la muerte. En este sentido tú eres la belleza de las cosas, lo que me ha resucitado, incluyendo una neurosis que a ratos padezco.
Me había acostumbrado a crearme la belleza en soledad y disfrutar del talento de los otros, en hablar con mi loro y ahora, que la vida ha aparecido, me hago mil preguntas e ideo hacia ella en lugar de recurrir al arte. Pero mi niña ha aprendido a confiar en mí no sé si antes o después de en mi arte. Y yo quiero que ella viva esas luces a través de mí. A cambio le pido la vida, que no es poco, claro, la vida o una flor en la puerta de mi casa. ¿Sabré darle cada día el agua que necesita? Y, por otro lado, ¿Sabré ser la máquina que soñé de niño en lugar de un niño soñado por una máquina?
Te juro, amor, que te transmito mi pensamiento como es y que tus respuestas también son mi vida.
Hoy el beso creo que toca en la frente, siempre después de abrazarte todo lo fuerte que sepa.
Te quiero. No voy a releer este escrito hasta mañana, cuando lo leas tú.
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