viernes

Retazos de barrio, niñez y adolescencia

Recuerdo haber contado en mis diarios cosas de mi niñez como cuando perseguía en mi bicicleta a las niñas extendiendo hacia sus cabezas el cadáver de una culebra mientras corrían despavoridas engreídas al tiempo que llorosas de que podían correr más rápido que mi bh azul con llantas de plástico. Recuerdo la vez en que asusté a unos primos míos diseccionando un ratón con un palito y mostrándoles en mi mano de qué estaban hechas aquellas entrañas que ya olían a rayos. Esos son cosas del pueblo. Me recuerdo más claro y castigado en el colegio donde alternaba a menudo el rol de chico travieso que aguantaba sin chivarse broncas que debían estar destinadas a otros con el de niño bien apreciado por su actitud creativa ante las cosas. Cuando alguien veía eso en mí, por ejemplo, aparte de mis amigos, algún profesor, yo me sentía de veras endeudado con él puesto que suponía todo un halago para mí que entre esa gente mayor y, sobre todo, esos profesores que, por cierto, no se andaban con tapujos a la hora de darte una buena serie de capones en los que sostenían el índice con el pulgar, esa gente de antes que guardaban en sus trajes beige como de Colombo un insoportable olor a naftalina pudiera sumergirse en cualquiera de los cómics o historias que yo escribía y apreciarlas (también me pasaría lo contrario, incluso recuerdo ocasiones en las que mi inocencia me obligaba a hablar sobre políticos poniéndoles en actitudes que hacían que mis amigos se carcajeasen, llegando a ser censurado y echado de clase). A veces, al comprender que todo aquello se debía a mi creatividad y ganas de agradar (tenía la suerte de una familia buena y trabajadora que lo entendía así) chocasen con la mente cerrada de algún capullo que podía llegar a destruir tu universo con un gesto, me costaba dosis de llanto. Al menos me constaba la desaprobación del público, compuesto de mis más atrevidos compañeros, ante ese gesto y la solidaridad que muchas veces me mostraron en la intimidad del patio). Enseguida, al fin y al cabo, me acostumbré a ser un chico carismático. Luego murió mi abuelo y me silencié durante unos meses pero, en casa, no paraba de dibujar. No era raro que llamasen mis amigos para ver si podíamos, por ejemplo, echar un futbolín y que mi abuela les dijera que me encontraba dibujando. Con el tiempo supe que ellos en un principio no podían aceptar esa respuesta, pero, también con el tiempo, la aceptaron. Se debía a que no compartía mucho mis partituras con los chicos del barrio. Leí una especie de entrevista a un escritor famoso (creo que era a Paul Auster, que me encantaba sobre todo durante mi adolescencia, aunque creo que, a diferencia de otros, tampoco es que haya dejado de gustarme), en fin, leí que le preguntaban qué recordaba sobre su niñez y que él respondía que algunos tendían a recordar más el barrio y otros el colegio. No recuerdo su opción. Creo yo que las mías eran el colegio y el pueblo, pues expandían mejor mi mente y, aunque conservo recuerdos del barrio, no son hasta la adolescencia, en la que me di a algunos divertimentos algo oscuros, donde percibo, entre nubarrones, ese conglomerado de gentes y cosas que era mi barrio donde no llegué a brillar más que como el sempiterno nieto de mi abuelo, que era conocido allá donde iba por su elegancia, inteligencia y virtud de pillastre, además de buen negociante. Recuerdo los días en que, en lugar de ir al colegio iba a cosas como a hacerme análisis y mi abuelo nos acompañaba con la maleta para después irse a hacer negocios por el centro. A veces, después de que me sacaran sangre me iba con él y recuerdo que me daba indiferentemente angulas (que no he vuelto a probar) u ostras (que tampoco) porque se las regalaban en los bares a cambio, supongo, de favores que le debían. Esa era la persona en que yo me proyectaba y en quien vi por primera vez lo cercana que podía ser la muerte, que yo no sospechaba llegara a poder con el gran hombre. Incluso, con la edad, en tiempo de mis brotes psicóticos, viviendo ya en otro lugar visité los bares por los que paraba que aún se mantenían en pie (hará de esto quince años, hoy en día ya no queda, que yo sepa, ninguno) preguntando a los dueños cómo era. A veces me aceptaban y otras se hacían los locos. Sé que los que se hacían los locos lo hacían por una fama que yo había cogido en el barrio unos años antes y que bien era debida a mi orgullo, pero sobre todo al aspecto que mostraba, a mi pelo desgreñado y sucio, mis camisas roídas y la provocación de la que, en cierta manera, fui muy víctima. Simplemente yo no estaba de acuerdo con la burocracia, el poder establecido y seguramente la propia democracia. Creía que con mi aspecto y mi provocación aportaba a mi edad el granito de arena correspondiente a lo que yo pudiera dar de sí sobre una voz a la que, pensé, hasta que definitivamente se me quitó de la cabeza no sin conocer antes los efectos secundarios de ciertos psicofármacos, así como psiquiátricos, necesitaba abrirse el mundo. Los dueños de los bares que sí me hacían caso me hablaban de la habilidad natural de mi abuelo para conocer las cartas o fichas de dominó de los demás y, a veces, me dejaban ir sin pagar la caña. A veces me entero por boca de mis padres de la muerte de alguno. Así son las cosas. Yo, de pequeño, veía en mi calle algo inmenso y, cuando he vuelto, he comprobado que se puede recorrer en tres minutos, que lo que antes era gente que venía de provincias hoy son latinos y que se ve menos gente de la que antaño paseaba. Una versión que supongo paranoica, aunque quizá me equivoque, acerca de esto último es, según he oído, que hay demasiada chusma. Yo siempre he conocido demasiada chusma en mi barrio y podría dividirla entre cobardes y buenos chicos que se desbocaron. En cuanto pude me dediqué a lo mismo de siempre, hacía experimentos: por ej. Hacía cómics en los que contaba una historia en seis viñetas, a continuación procuraba contarla en cuatro y el siguiente paso era contener el resultado en una sola ilustración. Podía haber triunfado como dibujante. Reconozco que no era ni de lejos el mejor, pero al menos sí recibí cantidad de apoyos. Mi literatura parece un esqueleto del que se habla en círculos pequeños con respeto pero que nadie se atreve a tocar por miedo, a lo mejor, a que se levante. A lo que iba es a que volví a lo mío y mis brotes psicóticos se acabaron. No hubiera podido seguir viviendo sin eso después de que me traicionaran mi primera novia y todos mis demás amigos. Y ahí sigo, madrugada tras madrugada, disparando bolas de nieve a una avalancha que cada vez está más cerca de mi ventana. Cuando definitivamente me entierre vendrá algún primito por fin con la excusa de visitar mi cuerpo congelado para arramblar con todos los libros y música que pueda y dar cerrojazo a esta existencia.
.

2 comentarios:

Sheela dijo...

Me ha encantado, ALberto: Es sincero y demoledor. No te entretienes en visiones, paranoias o fantasmas: vas directo al hueso.
Evidentemente, otros textos tuyos se prestan más a la lírica, pero creo que este no debes tocarlo: está bien sin adornos ( o con los mínimos quehayas podido colocarle )
Enhorabuena.
Tu amiga, que te quiere ( muy amiga, que no pretende violar ninguno de los secretos de tu felicidad, vive dios ). Sheela

Alberto M dijo...

querida colega, no pude publicarlo antes. Me lo impedían esas vacaciones que pasé dentro de una casa. Te aprecio este comentario. Un abrazote