lunes

Mientras el ángel descansa

Sé que ella duerme. En realidad todos duermen. Cierta brisa entra a través de la ventana de mi cuarto de teclear. Yo enciendo el último cigarro del tercer paquete del día y noto cómo la primera bocanada deja en mi paladar sabor a sangre. Doy una segunda bocanada porque quiero más y, sin darme cuenta, he consumido el cigarro entero. Me pondría un whiskey con hielo si hubiera alcohol en casa. En lugar de eso recurro, como ya es mi costumbre, al café. Medio vaso de café relleno de leche. 1:10 de microondas y azúcar. Hablo con mi loro o, en ocasiones, hago por hacerlo callar. A veces su disquete cerebral se atrofia y repite frases que se cuelan por cada agujero de mi mente. Eso me destroza. Y al tiempo sé que ella no está. Recuerdo en que en cierta ocasión me enamoré de un maestro de escuela. Me situaba cerca de su asiento no perdiendo detalle de cada gesto que hacía con la mano, de su elegante manera de colocar cada hoja en su pupitre, de la inteligencia que desprendía su voz, salida de una garganta acariciada por las espinas de una rosa probablemente marchita. Con el tiempo he observado esa inclinación por la elegancia en un hombre como una particular imbecilidad. Recuerdo, ya digo, verlo con un elegante traje que incluía el propósito de un ligero descuido y su melena hacia atrás, mostrando una frente marcada por profundas arrugas. Después fui él durante un tiempo, al menos en los ademanes. Y luego me perdí y volví a ser el esqueleto que le escribe a ella a todas horas mientras fuma bocanadas de sangre y procura juntar en ese ella el resto de ellas del mundo aunque, la verdad, no logro encontrarle un parecido con ninguna. Me recuerdo probando por primera (y única) vez el Lagavulin. Alguien me explicaba algo sobre la cualidad de ese malta para crear una especie de figura de cristal sobre el último hielo del vaso. Luego lo bebí como si fuera trinaranjus. No hombre, no. Aprecia el sabor, me dijo el maestro de esa ceremonia. Pégalo a tu paladar y déjalo ahí el tiempo que puedas. En cierto modo haría eso con su coño ahora. Me siento solo, tengo frío y siquiera llego a oír los habituales en esta época sonidos de los grillos. Selecciono el Monk´s Dream en la minicadena y cada nota es tragada por sus sueños. Pienso que ella sueña y yo, inútil, tecleo como quien sabe que su vida está en una marisquería al tiempo que permanece en albornoz una sobremesa de invierno ante medio consomé.
Escribo como lanzando papeles de avión por la ventana con la esperanza de que alguno se cuele en su ventana y, al abrirlo, descubra mi corazón moldeado a la imagen de su cara. En el papel del avioncito simplemente pone: Tq.
En la cocina, cuando Charly calla, aparece Lucifer enfrente mía y me invita a una fiesta. Es el impulso de salir hacia la vida dejando de lado mi pensamiento inmerso en ella. He perdido la habilidad para permanecer leyendo toda la noche. A cambio escribo avioncitos de papel. En una ocasión el maestro que yo secretamente amaba se dirigió a mí con una pregunta y yo me limité a señalar al cielo quién sabe si emulando el gesto del efebo de Muerte en Venecia al final de la película mientras el mundo se descompone a ritmo de la quinta de Mahler. No entendió nada, como es natural. En la vida, aunque a partir de ahí, como ya he dicho, empezaría a ser él, no asistiría más a su clase. En mi mente su forma de sentarse era una flor que le envío a ella en este presente en el que no hay aula donde arrodillarse ante un pupitre y decir en alto: Déjame que la consiga. Y a continuación: Pero en este mismo momento, dios mío.
.

2 comentarios:

Luna Roi dijo...

No sé dónde estoy, estaré y ay!

Alberto M dijo...

en el culete te voy a dar