viernes

Las aristas del diamante

En ocasiones le hablo a un diamante sin pulir y mezclo con la probabilidad de su futuro brillo mis palabras. Son palabras de dolor y frustración venidas como de una oración sin ídolo ni belleza alguna. Manejo con el pie las arritmias de mi corazón hecho de platillos de batería, procurando atinar con la exactitud de mi oído, que tan sólo trajo algunos alejandrinos en la época en que, a solas, reía a carcajadas los hallazgos de los cantautores famosos. Recordaba las palabras de Juan Carlos Suñén que decía acerca de los poetas de su generación, aquello de que un poema era en cierto modo evitar el parecido con una canción de Paco Ibáñez y, de darse, lo mejor era tirarlo a la basura. En un momento de mi vida creí ese tipo de fraudes y bebí de ellos hasta llegar a casa, hoy poblada de muertos, algunos vivientes como es mi caso y teclear acerca del amor, la muerte y otras frivolidades. Reía con la locura del viejo Giacomo Casanova encerrado por siempre ya en una biblioteca donde los ratones rasgaban los despedazados libros y la osamenta pobretona del viejo seductor ya convertido en un manojo de carne similar a un Francis Bacon sumada una barba que llegaba hasta el suelo y cuya punta con su ladino beso incapaz era de encender en esa caverna alguna vela a la que quedase un poco de cera. Después llamo a Cecilia, no le digo mi dolor, ella lo intuye. Al colgar los pájaros buscan nido en otro sitio y la voz que hizo de sol convierte mi voluntad en la suya, que en el momento de teclear siempre es pasado. La mía apenas me daría para escribir estas palabras y, si volví a ellas, fue porque en ella vi mi patria y mi patria exigía de mis escritos. Mis escritos son la nada andando sola bajo el frío de los otoños resumidos en un domingo por la mañana cuando papá sale a comprar el periódico sumada su estúpida tarde de fútbol y, con suerte, un par de tazas de café caliente. Rechacé las visitas. Mi visita sólo habrá de ser Cecilia a partir de este momento. Si la conocieses entonces me entenderías y quedaría en paz con el mundo, esa cosa que es tan sólo mi pasado y adonde me dirijo exclusivamente para traer acá diarios como este que, repito, son nada. Esta nada ha sido plagiada por otros. Incluyo mi vida, que es también nada, ella también ha sido plagiada por otros. Y en medio estoy yo con mis percepciones a flor de piel viendo lo que ambas dos vidas que proceden de la esencia de mi nacimiento hacen por ahí, percibiendo la indiferencia con la que, a estas alturas, me tratan. Comparo el dinero que he dado con el recibido. Comparo mi sudor con el del resto de yoes. Al final vuelvo a llamar a Cecilia. No le hablo de mi dolor. Ella, he pensado, quizá ya lo lleve consigo como una maldición cualquiera. En mi mosquitera un día unas abejas hicieron su casa y alguna vez veo tropezar a la reina en la misma mosquitera haciendo por salir al sol de la calle. Intento ayudarla inútilmente. Las simples obreras enseguida ven el agujero que les abro, pero las reinas... su vida sigue dando vueltas a la mosquitera y yo no sé qué hacer. Hablo con ella, pero no me escucha.
Cuando me doy por vencido toco mi dolor, no sin dudar antes si se encuentra adentro o afuera de mi cuerpo. Después me llevo una mano a la cara a ver si mi tacto me reconoce. Palpo algún surco de acné y sigo sin saber si soy yo. Rezo a Cecilia. Quiero morir dentro de ella cuando venga. Me explico su dolor en el mío y sólo logro llegar a la conclusión de que ambos debemos desaparecer de este mundo. Ayer dejaba el tabaco mientras hoy enciendo uno tras otro. Mi ruinoso barco badea puertos insomnes y la luz del faro es una discoteca donde los vivos de hoy consumen caipirinhas. Cecilia conoce la alquimia capaz de trasladar ambas cosas, aparte el dolor de ambos, a una misma luz y yo cierro los ojos. Sólo quiero darle un beso. No es exactamente que después quiera morirme, pero lo intentaré. No le contéis nada a ella. 

PD:  Yo iba vestido con unos andrajos, sin duchar. Estaba allí por ella. Después de que el marqués trinchara el pavo y procediera a reclutar a los mayordomos para que sirvieran di un puñetazo que me dolió en la mesa y dije para mis adentros: Confundís el éxito con la belleza. Luego me explotó la cabeza y ella tuvo mi cuerpo en sus brazos durante unos diez segundos. Luego se fueron. Y ella los siguió mirando de vez en cuando hacia atrás.
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