jueves

I´m your man

"Ahhhh pero la luna brilla demasiado / la cadena aprieta demasiado / la bestia no se va a quedar dormida" (Leonard Cohen en I´m your man)


"Yo nací sola. Tengo esta copa de caña y este arco iris, por ahora." (Marosa Di Giorgio)


Acabo de colgar. He abierto una tónica y pensado en tus ojos al otro lado de la línea. Tiemblan como luciérnagas dudosas en su camino hacia el estercolero. A veces ese estercolero vive en mi corazón. Esa es mi bestia. El primer estadio que habita en mí. Apesta a las ganas de pudrirse que tienen esas alegres luciérnagas, inquietas de dar con el oasis adecuado en este desierto lleno de grupos de gente con idiomas diferentes que mataría por una gota de agua. Una gota de agua es mi sudor cayendo de mi frente mientras tú, por teléfono, me hablas acerca de mi atracción por la muerte. Tú no sólo eres la vida, sino también esa atracción disfrazada por un pulso que acabas ganando en mitad de una taberna llena de moteros pasados por agua, pijos, ilusos y súperguays como los del pueblo donde vuelvo a esperarte. En ti soy ese puente que hay en Valseca por cuyos bajos existe la tranquilidad del agua turbia estancada sumada alguna meada de gato, ese pequeño puente en el que jugaba de niño a pesar de que la resistencia de este era precaria y no dejaran de caer amenazas en forma de arenisca. En ese ambiente irrespirable trazaba juegos y, al salir por fin hacia el fulgor del sol, este me daba en plena cara con la misma intensidad que cuando diriges una mirada fugaz a esta barriga. Me muero por llevarte allí, bajo los restos de ese puente, y jugar a los siete años, qué más da si a médicos o a piratas. Saludaremos a la araña mientras crea su casa y al salir lo haremos de la mano mientras ese sol nos ciega de felicidad pura. Inevitablemente mi muerte estará observándome por el ojo de la cerradura, al acecho. Yo le llamaré vieja puta y sabré que me estoy injuriando a mí mismo sólo para ganarme tu confianza de una manera definitiva. Observo cómo coges el coche y me convierto en Dj, te canto cursiladas y me veo amando eso mientras no le quitas ojos a la carretera y tampoco deja de salir un chorro de luz intacta de tu risita. Pero ¿Lograremos reírnos del demonio? Yo lo he tocado en ti con una mezcla de miedo y fingido control sobre mí mismo. Al día siguiente cerraba la puerta del baño y no dejaba de llorar como un bebé hasta que pasaban un par de horas, me lavaba y salía a verte. Tú estabas tomando el sol en el jardín. Yo decía ¿Te pongo un café? ¿Dónde estabas? Decías tú. En la ducha, mentía yo mientras tú sabías que algo me había ocurrido porque mi aspecto, desde luego, en tus ojos, que son los del cielo, no veías a un hombre recién salido de la ducha, que también es vida en su sencilla manera. Lo dejábamos pasar. Mirábamos el cielo en busca de aviones mientras yo dudaba si poner mi mano en tu pierna extendida. Acabado el café, yo decía ¿Un helado? Y tú ¿Por qué no salimos por ahí, hombre recién duchado? Yo me decía para mí que necesitaba regresar a la bebida si era vida lo que quería, es decir, remedarla un poco con la muerte en una desesperada busca de ella, en cuyo reflejo sólo te veo a ti, maestra Cecilia. Vale, decía yo torpemente, me voy a duchar. Y tú reías. Pido un whiskey tras siete meses sin probarlo. Imagino en él la clave de acceso a un beso en los labios. En el tercer whiskey descubrimos que, desde aquel entonces, sólo hemos permanecido juntos mirándonos el uno al otro. Yo te pregunto: Imagina que se acaba y sólo quedan estos pocos escritos mezclados entre el desastre que son mi diario eterno. Y tú me lo perdonas con un gesto. Esto no acabará nunca, me justifico, y me explico intentando darte la palabra sobre mi vida. Siempre estará, digo, sin parar de sentir dentro de mí una horda de monstruosos caballeros guiados por la batuta de un fanático. De repente voy al baño a vomitar y me digo que eso, en mis cálculos, era lo peor que podría ocurrir. Lagrimeo y me limpio tres veces. Al salir te pregunto si se me nota algo pedo. Tú procuras cambiar de tema. Nos vemos felices hablando sobre libros. Luego uno de los dos paga la cuenta y nos vamos a sentarnos en los bancos del parque. Puedo sentir el aliento de mi boca abordado por la pota y apenas me atrevo a abrirla. Procuras que me sienta bien. Yo digo ¿Y si yo fuera maricón? Tú ríes mis inseguridades. Me arrodillo ante ti y te digo que me sugieres la palabra “casa”. Es algo así como una historia que no me atrevo a acabar, por si se acaba. No sé. A veces, creo entender, puedo confundir mi vida con la locura. La locura no se ha dado en mis años de muerte. ¿Será de eso de lo que me protejo? Tampoco se ha dado la felicidad ¿A qué loco se le ocurriría protegerse de ella? Sabemos quiénes somos. Imagino que meto un par de dedos en tu coño y este empieza a tragarme como si no fuera más que líquido para uso de otros. Haría el sacrificio, sin duda. Sería morir a cambio de un minuto de volver a la vida, de que la vida pregnada de locura que hubo en mí se muestre ante mis ojos como dicen les pasa a los moribundos. Contigo no hay el limbo que es la muerte, sólo cielo y sólo infierno. Veo tu actitud así y saco mi juego de dados para preguntarle quién soy, si es que definitivamente no soy tú. Para mis adentros permanezco sin embargo frívolo, pensando: Una resaca menos. 
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