viernes

El pan está sobre la mesa y todo parece tranquilo mientras te espero

Siempre he encontrado deficientes mis escritos porque, los pobres, al ser sólo letras juntas, no follan. Qué más quisiera yo que cortármela a veces como el Torete y que de todos estos diarios se reuniera un falo enorme que rasgara esa vagina que según los surrealistas era la de la mujer única. En el movimiento bretoniano el amor debía ser loco (a ser posible nunca correspondido) y la belleza convulsa. Tu belleza, amor, me es el ángelus de Millet en el juego que Dalí guardaba de ese cuadro. Percibo las tumbas que él idealizó como besos imposibles. Lo que quiero decir es que tu belleza en vez de traerme la muerte, que quizá algún día me la traiga, lo que me trae son ganas de vivir. Ojalá pudiera forzarla sin tener en cuenta nada. Ponerla de cara a la pared y penetrar sus agujeros como cuando, entre un salto y otro acompañado siempre de un gemido, follaba con saltamontes en el pueblo. Su camino natural era el cementerio viejo, pero yo eyaculaba antes y luego aparecía en la tasca y el vino corría por las mesas en una elegante alegoría de la pobreza donde siempre a la puerta esperaba una cosechadora roncando con sus llaves puestas. No voy a rajarme. Voy a intentarlo hasta el final. 3 meses de celibato no interrumpen las Confesiones de san Agustín y tampoco, aunque haya presumido de ello, me voy a ir a vivir a una cueva ni a hacerme amigo de los osos como el idiota aquel de la película de Wenders.
Cómo decirte que tú eres mi superación y cielo más que con esas mismas palabras. Hoy inventaste una historia fabulosa donde un abejorro hacía parpadear su cuerpo debajo de una lengua que, pensaba, podría ser la tuya, abría tu labio superior y tú no le dejabas. De algún modo él entendía que debía de respirar. Ese es el respiro que yo le he dado a mi ansiedad, que siempre fue brutal.
Y aquí lo brutal es perderte.

Recordarás aquellos fabulosos versos iniciales de Una temporada en el infierno, que decían:

“Un soir, j´ai assis la Beuté sur mes genoux. –Et je l´ai trouvée amère.- Et je l´ai injuriée”

En mí contienen la esencia del mártir que acabó siendo el gran poeta de la segunda mitad del XIX. Quiero ir a Charleville contigo. Ver en la plaza de ese humilde pueblo su estatua desfigurada por el paso de las tropas alemanas. Y seguir contigo, rodando a tu par por este despeñadero que no acaba mucho más tarde, en el amanecer resuelto de la muerte. Todo podría resumirlo en paciencia, pero pedirte eso a ti no se me hace justo. Tampoco me cuadra con mi vida. No somos Pedro y Heidi tampoco. No quiero pronunciar las malditas palabras del Amor loco de Breton que resumían el libro a su manera “Te deseo que seas locamente amada”. Te acompaño en ese viaje habiendo sentido un escalofrío del que no tengo constancia, pero que me ha cambiado. Qué sé yo si para siempre.
Si el samaritanismo alegre y el amor correspondido me convertirán en un injuriador de bellezas no lo sé. Siempre pisé toda cuanta se juntó a mi alrededor. Cuando iba en busca de otra para hacer lo mismo giraba la cabeza hacia la última y sacaba la lengua a su carne muerta ya rodeada de moscas, putrefacta. Y sin embargo he buscado mi belleza sin descanso rozando casi el reflejo del agua, que me devolvía un movimiento en el que yo percibía la cantidad de vidas que podría tener una simple cara.
La verdad es que te quiero en el mismo grado en que confío en tu querer. El resto ha de correr a cuenta de los dos, pero deja que ponga la mano en tu pecho para adecuar el segundero de mi reloj según los latidos de tu corazón. Ese bombeo que acabará deshecho en mi boca tarde o temprano, amor mío.
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