domingo

El amor en los tiempos del cólera

Calculo que hará siete años y medio de mi viaje a Tánger, aproximadamente. Al parecer ya por aquel entonces temíamos por la crisis en que se ha visto involucrada España desde un tiempo a esta parte. La idea por parte de mi madre, reconozco, era bastante visionaria e incluía una responsabilidad para mí que me hubiera librado de vagar por el mundillo, extremadamente clasista e hipócrita, de la literatura madrileña, donde a pesar de todo no podría hacerme una idea de las veces en que fui llamado genio. La responsabilidad surgía de un nuevo negocio del que habría de ocuparme aprovechando un espacio comercial con el que mi familia contaba en la calle La Oca, Carabanchel. Cosas sobre pieles, alfombras y contactos. La cosa de mi viaje era tratar en spanglish con un inglés afincado allí. En un principio fue amable. Recuerdo que cuando se presentó en el restaurante del hotel donde habíamos quedado para comer reconocí enseguida que la cosa, a mi inocente manera de ver, podría llegar a buen puerto. Fui tanteado a conciencia, mientras yo también ponía de mi parte y el trato fue bueno. Recuerdo pedir un plato que vi en la mesa de al lado. Él no sé qué ostias pidió. Debía de llevar viviendo allí bastante tiempo y dominaba el idioma. Abordamos el asunto con sutileza y me convenció para dar un ok en el supuesto contrato, aunque, claro, le hice entender que primero debía comunicárselo a mi madre, que era la auténtica promotora de ese negociete.
En cuanto me despedí de él telefoneé a mi madre y le hablé entusiastamente. Orgulloso de haber llegado a buen puerto. Todo se desmoronó cuando le dije la cifra con la que habría de contar mensualmente. Con el tiempo he comprendido que efectivamente era inevitable rebajar mucho esa cifra, pero mi entusiasmo me llevó a hablarle que podría tantear el tema con el inglés a ver qué se podía hacer. Me dijo que no me metiera en nada y que, si acaso, ya se ocuparía ella a través de otro intermediario, pero que volviese a contactar con él y le comunicara lo que había.
Al día siguiente quedé sobre las cuatro de la tarde con él en una tetería que había descubierto la noche anterior y que él conocía. Fui al grano y se comportó como un grosero el muy cabrón. En ese momento recuerdo querer a mi madre más que a nada en el mundo. Hizo caso omiso a mi invitación a que se sentara y vi que con gente tan de esa manera no se podía trabajar ni negociar ni nada de nada. Me bebí toda la tetera en lo que él se iba en medio de insultos pronunciados en inglés. Recuerdo que sus formas me dieron igual y le dije que su padre era un cabrón cuando definitivamente salía por las persianas del local camino a no tropezar de nuevo con mi vida. Permanecí unos instantes dedicado a mis cigarros y el té, a gusto, sintiéndome extranjero. Luego telefoneé a mi madre, le conté lo sucedido y me dijo que no me preocupase, que cogiera el avión al día siguiente. No había ningún problema salvo que pudiera crearme yo alguno y decidí que buena falta me haría una ración de sexo. Respecto a la ciudad presentía que con lo visto ya la conocía lo suficiente. Al tiempo que entendía el encanto que allí había, concebía cada calle como una repetición de la anterior. Efectivamente optar por una tarde de sexo era una buena idea y lo que en un principio se convirtió en mirar cuerpos de mujeres, luego mi atención quedó prendada de un morito de aproximadamente doce años. Le expliqué mi idea de lo que quería y le di un dinero que pareció no haber tenido en las manos durante toda su vida. Me acompañó a mi hotel y pasamos a la acción. Quizá en ese niño descubrí que la sensualidad estaba más allá de los cuerpos gloriosos. Le desnudé y no dudé un momento en atender a su polla, primero con las manos y después con la boca. ¿Quién podría estar tan loco para rechazar el humilde pene de un morito de doce años? Acaricié sus pechos y el cabello corto negro. Creía que no se empalmaría nunca. Yo tenía la polla erecta desde que el azar me llevó a él y tras quitarme los calzoncillos le invité a que me la endilgara por el ano mientras yo me masturbaba. Al principio costó que el niño atinara hasta que de repente solté un graznido de dolor. Mi tensión se volvió loca y, en lo que le invitaba a moverse, yo conseguí llenar toda la cama de esperma. Ni idea de cuánto tiempo había estado domeñando ni esperando un momento así. Me hubiera gustado que él también eyaculara, pero se la saqué en un espasmo y a continuación besé sus labios llenos de costras. Entonces se tumbó en la cama y comenzó a masturbarse. Le hice saber que no tenía por qué y busqué en mi cartera una cifra suficiente, aproximadamente el doble de lo que le había dado. Le coloqué esos billetes en el ombligo mientras no perdía detalle de cómo se la meneaba. Todo lo que yo le daba era demasiado dinero para él. Intenté explicarle que lo había ganado humildemente y que lo compartiera con su familia, para comer. No creo que me entendiese nada. Dejó su polla quieta y le di un ducados que no fue capaz de encender bien y le hizo toser mientras yo me fumaba otro sentado al otro lado de la cama. Recuerdo que se fijaba mucho en mi reloj, el mismo casio que llevo ahora. Intenté explicarle que no me importaría dársele si no comprendiese que lo necesitaba. Comprendí que quería regalarme más, hacerme compañía, y no es que me disgustara, pero le hice saber que había hecho bien y que se fuera a jugar, que no malgastase el dinero. Y se fue. Me sentí muy solo a continuación y, en efecto, me arrepentí bastante de haberme librado de su compañía. Quité la sábana llena de esperma y adopté la postura del edipo. Pensé que mi madre, a pesar de que no éramos ricos, intentaba que saliera ese negocio para sacarme, en cierto modo, adelante. Luego terminé trabajando en una tienda de ropa, recuerdo, en la que duré tres meses. Para el momento de mi viaje a Tánger ya había pasado por ser un dibujante de cierta fama en pequeños ámbitos que incluían a estúpida gente de glamour y famosillos de la tele. Había abandonado todo eso y, cuando me vi en el mundillo de la letra, pude ver el desprecio hacia una obra que nadie de allí tenía idea de lo que había volado. Incluso en mi lugar de confianza, donde trabajé un par de años, y ayudé como ninguno a levantar un negocio basado en el trigo sucio y la mafia verde, aparte el desprecio a quien yo era y mi obra.
En la actualidad, aunque a veces me viene a la cabeza aquel morito e incluso lo que fue el desengaño de Tánger (tanto para mi madre como para mí), estoy enamorado de una mujer clara, preciosa, inteligente que, sinceramente, no merezco. Hoy he pensado que sería buena idea revivir ese tipo de países. Ha sido ella quien me ha abierto los ojos hacia el posibilismo. Quiero decir, el mundo es mi casa, mientras me deje llevar por su mano. Otras veces pienso que estoy demasiado alegre... A veces me pierdo. Siempre basta una palabra suya para ser real.

pd: buenas tardes, soy una licencia literaria!!!
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1 comentario:

Anónimo dijo...

maricón