sábado

Como quien pide permiso para destapar de un tarro el secreto de su esencia

Ella se encuentra enferma en este día en que yo relleno cafeteras de agua y me sirvo. Ahora se encuentra durmiendo y yo espero su llamada. Se encuentra con sus amigos que, más o menos secretamente, la aman, quiero pensar que no tanto como yo. Y, por otro lado, me encuentro feliz de que esté rodeada por ellos. Te preguntarías si soy idiota si no la conocieras. A lo mejor lo soy pero, escúchame, ella es el borrador que elimina los números en la pizarra que tengo por sesera. Todos esos números rodeados de incógnitas formando resultados y torres. Si la conocieras sabrías que en su mano todo ese tipo de problemas son una nube donde los amantes de quimeras morirían por construirse una casita con vistas a un sol construido por sus ojos que sin duda les dejaría ciegos al primer vistazo.
A veces voy de su mano y confundo cuál de las dos me pertenece. Salimos a la noche y olvido mis pasados problemas con el alcohol bebiéndome cada palabra que salga de su boca. He observado muchas inteligencias que vienen a ser esa lavadora oxidada fácil de encontrar en un estercolero. De su cabeza, en cambio, sale luz, a veces en forma de orín, y yo me llevo ese manjar a la boca saboreando nada más que existencia en estado puro.
Mi torpe deseo hace a veces que mira hacia otro lado mientras mi pensamiento es el volcán que ella ha construido dentro de mi pecho. He dejado de comer desde el día, ya no recuerdo cuál era pues en ella el tiempo pasa estando quieto, en que observé su don y vi cómo me tragaba no dejándome otra opción que comprender a fuerza de ser tragado que, de su mano, las respuestas que pudiera contener el universo son dadas, sin más, sin necesidad de significado.
Durante mi infancia dediqué parte de mis horas de ocio a examinar cada pequeña cosa que encontraba a través de un microscopio que me regaló mi tía Pepa por mi séptimo cumpleaños. Es con la excitación con que esperaba cada forma la misma con la que espero su cuerpo mientras mi familia me observa sentado tomando café y hablando con Charly, mi loro, sobre esos misterios del universo que descubro en ella y que nombré algún párrafo atrás.
Después, cuando despierte, me llamará o quizás sea yo quien llame, le contaré sobre la aceptación de sabio que maneja mi loro ante tanta respuesta que no tiene pregunta. Si acaso la pregunta sería pedirte permiso, reina mía, por medio primero de una oración, para conservarte por siempre. Me sirvo otro café y observo los insectos de mi infancia guardados en un tarro de cristal. Esa hermosura que tienes tú mientras duermes. Me veo destapando el tarro como si de ese ayer escapara tu esencia y, al escaparse la cucaracha, araña o lo que sea, puedo verte libre en mí, por fin, diciendo mi realidad a no sé que estrella venida de tu corazón arrítmico, que es: libre en ti, amor mío. Muerto en ti ¿Qué más da? Prepararé otro café mientras la eternidad se detiene en espera del momento adecuado, del momento de tenerte, como quien dijera, otra vez.
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