martes

Tiempo en las playas

Recuerdo la primera vez que olí el mar. Noté una diferencia sustancial con todo lo que me había rodeado hasta entonces. Era la playa de Alicante y yo debía de tener 4 años. De la playa recuerdo gastar un carrete entero en una señora gorda. A mis padres les pareció gracioso. Yo he pensado que, a partir de ese entonces, empezaba a dar testimonio de mi enfermedad. Y es que siempre me han gustado las mujeres gordas ¿Qué le voy a hacer? Soy uno de esos cerdos que tienen erecciones bestiales cada vez que ven la escena en la que se luce la estanquera de Amarcord.
Las siguientes veces que olí el mar fue pasando por las cuevas que hay camino de Aguadulce, tan bien retratadas por Antonioni en El reportero. Yo vivía esa entrada en el gran océano como lo que luego vi en las películas del neorrealismo italiano, como quien dijera, por mucho que la mejor película de ese género sea francesa (Me refiero a Le trou). Allí estaba todo el día metido en el agua, luego volvía y, sin querer, me sentaba en la colchoneta de una alemana haciendo topless a la que previamente había confundido con mi madre (que nunca hizo topless), al darme cuenta de mi error y tras contarle mi pequeña aventura a quien creí mi madre y que, no sé si para bien o para mal, no entendía mi idioma, me levanté y me hice el loco, que es una cosa muy fácil de hacer para los que aún con 40 años seguimos siendo niños. Pensé que alguna vez en mi vida tendría una mujer como aquella y la idea me persiguió durante mi periplo escolar, a la vuelta la busqué, pero no estaba, o a lo mejor eran todas al mismo tiempo, pues se encontraban en la misma postura y su belleza de niñas que se hacían españolas durante las vacaciones era mantenida en pie (o tumbada) con el mismo gracejo. Me hice la picha un lío y me puse a jugar con mi padre a las palmetas. Los días que más disfrutábamos eran los de las grandes olas, porque nos metíamos con la colchoneta y nos jugábamos la vida con más gracia que estilo. Eso fue mi niñez. Luego llegaron las grandes cañas mientras, en la piscina del hotel, yo escribía Los diarios de un chavalín, en los que ponía a parir todo lo que veía. Tuvieron un gran éxito entre mis amigos de Valseca que, por supuesto, representan la intelligense española.
Mares como el de Guinea Ecuatorial donde una chiquita negra venía a bañarse siempre conmigo. Recuerdo un día en que a unos pescadores en cayuco debió rompérseles una red llena de pescado que vino a la orilla y cómo aquello se llenó de pequeños bichitos que cada vez que te mordían podías observar que tenías un trozo menos de piel. Yo era consciente de que aquella chica negra me quería y le dediqué unas cuantas pajitas, aunque no me atreví a lanzarme (en realidad he sido tímido hasta casi llegada la hora de mi muerte). Y no dudo que es bastante probable que termine muriendo en el mar, como desvelan las últimas páginas del libro de Banville acerca de dos de los protagonistas principales. Menuda manera más rara de acabar una historia, pensé, al tiempo que alabé que se dedicara bajo su pseudónimo Joe Black a escribir novela negra. Hay mucha tontería, pero el estilo de ese libro, y la traducción está a la altura, se lleva bien con el tono, que es medio-alto.
Me parece que he fracasado estrepitosamente hoy a la hora de intentar una historia, con lo que el mar da de sí. No dudo en que volveré a intentarlo con el arma que tenga en ese momento. Me daré de latigazos en la espalda por un post flojo, pero, bueno, al menos he recordado el mar. Últimamente veo el cantábrico de lejos, como diciendo: meteros vosotros.
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