viernes

La mujer que yo quiero

La mujer que yo quiero quiere que escriba todos los días. Yo sólo puedo prometerle que lo intento en un momento en que mi vida se encuentra absolutamente en cuatro cosas, que son en realidad las cuatro cosas que ella me ha contado que le han pasado. Tampoco soy Pacumbral, leñe, aprovechando cómo llamaba el gran Vázquez Montalbán a su amigo, el autor entre cientos de maravillas más de “Mortal y rosa”. No sé qué decirle a la página y ella no comprende que para mí es ella el hecho de escribir a estas altas horas en las que ella procura dormir y, quién sabe, pienso, quizá lleguen a sus oídos insomnes el sonido de las teclas, y es entonces cuando encuentro en ello la razón de escribir. La literatura no me ha dado nada y ahora, a través de ella, le pido a la vida que no es la literatura como yo pensaba antes de conocerla. ¿Qué le voy a hacer? A ella no le atrae ni jota mi punto de vista. Relee lo que escribo como si fueran fogonazos de La eneida cuando sólo son las cuatro cosas que me pasan y que pertenecen en realidad a su vida. Yo, por mi parte, le cuento la noche en que trabajaba para un taller literario y me tomé siete vasos anchos de whiskey mientras una tal Katy (compañera de piso de mi novia de entonces, que me era infiel) escuchaba mis posiblemente interesadas (nunca remuneradas, al contrario) razones para que hiciese un curso en el taller donde yo trabajaba. Recuerdo de esa noche en que acababan las navidades de hace aproximadamente cuatro años que ella y yo salimos del cotarro de quienes figuraba mis amigos y le invité a un whiskey en un bar mono. Llevaba toda la tarde tirándole los tejos de una manera más o menos sutil y no llegué a suponer que llegaría el momento en que ella esperaba que fundiese mi boca con la suya, lo que quería decir, según lo que más o menos habíamos tramado, que después me refugiaría en su casa y poco más tarde en su cuerpo de reina, ocupándome yo de la manivela de su inocentísima alma de putilla. Sólo me dio un segundo para el beso y quedé perplejo. No me dio otra oportunidad. Dejó casi intacto el whiskey al que le había invitado y salió al frío de aquella noche. Recuerdo pedirle al barman que me cambiara el vaso por uno de plástico y también llenar su intacta copa en él, aparte de lo poco que quedaba de la mía. En la calle la perseguí camino del metro de Alonso Martínez y le pregunté que qué pasaba. Con un aire de diosa maltratada por pollas de 200 euros, mientras en mis ojos encontraba a ese aire el espejo que buscaba, me dijo que yo no conocía nada de su vida y que iba a quedar con uno del que, me había hablado, solía maltratarla, al que llamaba el francés. Le pregunté si me iba a dejar tirado en los bancos, entonces poblados de mendigos, de la plaza de santa Bárbara. No dijo nada, me miró acaso una vez más y luego desapareció. Ni idea de cómo logré llegar a mi pueblo aquel día. Estuve un buen rato sentado sintiéndome uno de esos muchos ermitaños ebrios hasta que el whiskey se quedó caliente y lo dejé lo educadamente que supe en el suelo mientras las miradas de la gente se disolvían en una pena que a lo mejor era la mía. Una semana más tarde me llamaría para preguntarme por qué la vida era tan injusta con ella. Quizá he recordado esa noche porque temo que se repita en mi vida la misma noche y la misma mujer. Luego le cuento a mi amor que ya hace cuatro días que murió Zoila, que yo la imagino en este momento sentada en un cochambroso aunque cómodo sillón destartalado con vistas a un mar de cristal donde los locos practican patinaje. En ocasiones alguno va a visitarle, como yo durante su vida, y come de su mano, como yo durante su vida. Mi madre me dice que las últimas palabras que le dijo fueron: ¿Y Alberto? Dile que se cuide. Ese empeño por hablar es el que hago yo en estos momentos para escribir. Quiero que el sonido de mis teclas sean la nana que ella necesita. El resto son oasis que diviso en un mundo cruel lleno de vida a su lado. Es sencillo, quiero decir... si la conocieras un poco...

PD: Gastos del post para quien se dé por aludido: cinco cigarros, un café y una tónica
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