viernes

La amapola

En una de las ocasiones en que llegué borracho recuerdo resbalar con el parqué desvencijado del pasillo y caer, como imagino podría hacerlo Georges Foreman en bajo estado de forma, al suelo de una lona hecha de madera. Se me abrió una brecha en la frente de la que sólo conservo una pequeña cicatriz, pero sé que entonces entraron, a través de la herida, ciertos muebles que se han ido ubicando en mi cerebro a su modo. Mis compañeras de piso se quejaron del grito que no pude evitar al día siguiente y recuerdo decirles cuánto lo sentía. Recuerdo permanecer cinco minutos en el suelo inmovilizado notando esa mudanza de muebles establecerse dentro de mi cráneo con sus jarrones rotos llenos de flores también rotas y sus libros con las páginas rasgadas. Mucho más tarde he intentado leer alguno de ellos cerrando los ojos con fuerza, pero apenas me es legible ningún título. He llegado a imaginar que se trata de una colección de El zorro ya completamente amarillenta por el paso de los años. Recuerdo levantarme tras esos aproximados cinco minutos y lavarme la herida insistentemente no sin antes meter el dedo para comprobar si era capaz de rozar alguno de esos muebles. Incluso el piano de la casa se introdujo y, aún hoy, después de casi dos años me despierta con su alegría de notas vacías que mis pobres tímpanos llegan a captar. Me lavé y un río de sangre cubrió el lavabo. En un aburrido juego de palabras era el río Tajo de la frente. Pero, ya digo, cada mueble y piano permaneció adentro. También creo que hay un espejo que no sé qué imagen puede devolver si no es la de la chica que me dio plantón ese día en el que salí a la Tabacalera a beber como un empedernido y meterles la lengua en la boca a todas las chicas que llevaban a un chico en su mano y, salvo un rifirrafe, no recibí daños. Quizá algún que otro insulto, pero si existe algo que nunca he tenido es orgullo. Recuerdo que la sangre era casi negra y que algunas hormiguitas, pues en la casa había una plaga importante, aprovecharon esa lava para terminar con sus vidas llenas de trabajo. También existía una plaga de cucarachas. Recuerdo follar con alguna en una de esas noches de desesperación tan corrientes en mí.

Recuerdo una amapola. Yo apenas acababa de ser un bebé. Libé de ella y recuerdo un estornudo. Pero volveré a la noche aquella, al momento en que conseguí acostarme aún atreviéndome a dejar la almohada perdida de sangre. Cerré los ojos y me dormí inmediatamente, feliz en mi nueva casa amueblada con un buen montón de cosas que yo pude percibir con mis propios ojos, notar cómo se introducían a través de mi cráneo. La curación a mi esquizofrenia, recuerdo que llegué a pensar. El niño seguía estornudando en aquel verano de 1980 y, maldigo lo que sea necesario, si no lo vi delante de mí en sueños. Ese bebé que era yo, con ricitos dorados y sonrisa ancha, siempre manchados de chocolate los bolsillos de los pantalones. Cuando al día siguiente, repito, me pidieron explicaciones mis compañeras, les dije que me perdonaran, que tropecé. Pudieron ver mi herida ya prácticamente cerrada y la sangre seca en la almohada y decidieron que una vez dicha mi verdad volverían a sus labores, que no sé cuáles eran.

Intenté dormir también durante la mañana. Adopté la postura de Edipo e imaginé a mi madre limpiando mis moquitos. Luego decidí levantarme y llamar a la chica que me había dejado plantado. No cogió el teléfono. Y otro día que volví a llamarle tampoco lo cogió. Recuerdo que al borrar su número notaba una conciencia como de entierro suyo o mío que me producía cierta pena. Luego llegó hoy. Sé que los muebles siguen ahí y que nunca he regado las flores rotas de esos jarrones rotos porque, pensé: ¿Para qué?
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