miércoles

El pozo donde encontré lo que necesitaba para vivir

Recuerdo aquellas comidas en el hospital con tres majaras en mi mesa contando adivinaciones sobre el futuro. El futuro era entonces un pozo que no tenía fondo. Yo me deslizaba hacia abajo y era capaz de notar cómo, dentro de la oscuridad, la oscuridad se hacía más fuerte. Llegó un momento en que la práctica de la respiración era difícil y hubieron de subirme, curiosamente hablo de los mismos tres colgados que desayunaban a mi mesa mientras decían incoherencias. Pero irremediablemente mi cabeza seguía bajando ese pozo. Podía notar las cosas que allí ocurrían mientras uno de mis salvadores decía que los habitantes del planeta Xena llegarían rápido a la Tierra. Mi cometido en el hospital lo he contado, al menos, diez veces aquí. Procuraba convertirme en un hombre. Abandonar, entre otras drogas, la bebida, que estaba convirtiendo mi cuerpo en el de un sapo alucinógeno. Yo había sido el niño tóxico. Hoy mi esposa me ha pedido que retome mi trabajo en los diarios o se sentirá defraudada. Yo en ella soy el guardián de los sueños e insiste en mi escritura por mucho que ningún don importante la quiera para nada no sin antes reconocer cosas como la calidad de página etcétera, etcétera... Ella es la dueña de las llaves de los grilletes que tengo puestos en los tobillos. Simplemente salí del hospital y conocí a una chica tan hermosa... Vi que, alejado de ciertos tóxicos, mi esquizofrenia también quedaba impedida y le pedí que fuéramos el uno del otro para siempre. En un principio sólo me miró como un recién enfermo, hube de enseñarle todos mis diarios para que considerara que mi tema era el alma humana y confesarle sobre mi fidelidad hacia lo que hacía. Confió en mí. Me dio lecho y comida. En un principio yo vivía en la perrera pero fui evolucionando hasta, después de pasar por el pajar, por el sillón y por la cama de invitados, poder dormir junto a ella. Su olor en las noches, a mi lado, convence a mi cerebro de haber salido de un pozo y hago lo que puedo para vivir y hacerla feliz. Ella necesita verme tecleando día y noche y a veces, reconozco, echo de menos la compañía de un vino barato a mi lado. Todo esto resulta muy fuerte para mí. Recuerdo vagamente unas palabras de Kafka en sus Diarios que venían a decirme que bendito sea si lograse dejar de escribir. Una vez que lo había logrado mi esposa no ve en mí más allá del guardián de los sueños que escribo, como es un propio sueño el hecho de vivir con ella. En secreto pienso que volveré a mi hogar, que no es otro que el centro de desintoxicación, donde coincido con chalados que, paradójicamente, me salvan de la locura. ¿Durante cuánto tiempo me mantendré engañado? Su piel desnuda duerme en mi mente y yo la acaricio con miedo a provocarme una lesión. No la he puesto nombre porque, en mí, no debería tenerlo. Me imagino, de vuelta al hospital, con una botella de whiskey marca You need job escondida debajo de la cama, procurando que ni médicos ni bedeles la confisquen para hacerla suya. Pero en mi ebriedad la he tocado. Y eso es lo más hermoso que ha sucedido en mi vida.
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2 comentarios:

meim dijo...

Gracias por la belleza y la emoción que recibo al leerte.
Un abrazo grande y un beso.
meim

Alberto M dijo...

Un beso, Meim. Es un honor que, después de tanto tiempo, me sigas leyendo.
Te recuerdo con cariño, cuídate