martes

Una de esas noches en vela esperando la alegre visita de un espantapájaros cansado de estarse quieto

Una de las noches me quedé solo en el sofá del asilo y vino un joven bedel de cuyo nombre no me acuerdo a decirme que era hora de retirarse a la habitación. Me acompañó y una vez allí le dije si podría encenderme un cigarro (No nos permitían tener fuego) y me dijo que mirase la hora (a partir de las doce estaba prohibido encender cigarros). Apenas han pasado diez minutos, dije. Ya, dijo. Le pregunté si era nuevo y dijo que sí. Le dije que me encendiese un cigarrillo, que, naturalmente, quedaría entre él y yo. De veras necesito ese cigarro, le dije. Pero él dijo que las normas eran las normas. Le pedí que se sentase, si quería, y que le contaría una historia mientras ese cigarro que no me había encendido se consumía. Le expliqué: Durante el tiempo en que tuve puesta aquella camisa de fuerza no podía mirar el reloj. El tiempo eran los movimientos que dejaban ver los niños en las aceras tras los cristales de la ambulancia. Reconocí que era mi barrio (Aluche) de milagro. No sabía que hubiera un sitio cerca de casa donde acogiesen a mi mente enferma. Pero no estaba loco. La pregunta fue en qué mes estábamos y yo procuré recordar el abono transporte. Sólo me equivoqué por dos malditos meses. Insisto en que no estaba loco. Mientras, los dos hombretones de la ambulancia hablaban de fútbol. El mundo se escapaba por un agujero y, lo digo por tercera vez, yo no estaba loco. Él me dijo que tenía que irse. Yo le dije que esa era sólo la primera de mis historias y le pedí fuego de nuevo. No accedió a dármelo, pero sonreía e intentaba excusarse para escabullirse de ahí. Le dije que le dejaría marchar si me encendía mi cigarro, pero ni con esas. ¿De veras crees que para mí tendría sentido contar por ahí que el bedel X me encendió ayer un cigarro pasadas las doce de la noche? Luego le dije que el humo que salía de mi boca era la única manera en que yo podía calcular el espacio de mi habitación, contaminado apenas a la cuarta bocanada de cigarro. Asumía la habitación y ello me tranquilizaba de cara a coger el sueño. Me dijo que si necesitaba alguna droga me la daría en recepción y finalmente marchó. Mi cigarro apagado continuaba estúpidamente en mis dedos y, antes de guardarlo, le di una calada por ver si se había obrado una especie de milagro en ausencia del joven bedel que, por lo visto, había oído, y de momento asimilado, que las normas debían de cumplirse. Intenté escribir en mi cuaderno, pero sólo salían palabras vacías. Intenté después dibujar, pero de seguida observé que, al igual que las palabras, mis líneas estaban abarrotadas de silencio y falta de talento. Maldije los nuevos neurolépticos que me daban en aquella estancia. A continuación escribí, recuerdo, que la jerarquía primordial de la vida era psiquiátrica, para a continuación tacharlo. Salí de mi habitación y me encaminé hacia recepción, donde estaba el joven bedel que no me daba fuego. Le dije que sentía el peso de mi corazón, algo que iba más allá de la angustia. Le dije que, cada vez que bombeaba, caía un poco empujando hacia abajo los órganos que se encontraban en el piso inferior. Que quizá un cigarro me curase. Esta vez sonrió. Me preguntó mi nombre. Creía habérselo dicho antes. A continuación hizo una llamada delante mía y preguntó si podía darle medicación extra al paciente Alberto Masa. Dijo de acuerdo y, tras colgar, se metió en una sala botica para aparecer con un dormodor y un vaso de agua. Me lo tomé, pero le dije que eso no me hacía nada, que necesitaría dos. Me dijo: Esto es lo que hay, Alberto. Me fui a mi habitación y no le volví a ver en mi vida. Mientras permanecía sentado en la cama con todas las luces encendidas intentaba oír los latidos de mi corazón, ver si podía intuir en ellos una flor marchita. Recordé a mujeres, chicas y no tan chicas, que habían rondado mi vida. Recordé el día de mi niñez en que vi el coño de mi cuidadora, que no llevaba bragas. Yo estaba a sus pies mientras ella pasaba un plumero por encima de un mueblecito y, al ver aquello, metí mi mano hasta que noté que dos de mis dedos eran engullidos hacia adentro. La cuidadora tardó más de dos segundos en quitarme la mano. Fue el primer contacto que tuve con un coño, ese sexo de la mujer que era capaz de tragarse a un niño que colocase dos dedos sobre él. Me tranquilizó saberme completo, aunque mi yo lo concibiese fragmentado y, en cierta manera, como que habitaba un tiempo distinto que el de las manecillas que tenía en el reloj de la muñeca. A veces el tiempo se frenaba y permanecía congelado como en aquella noche donde recordé a mi cuidadora y la realidad, sin embargo, hablaba de que en la calle caían cuatro gotas, incluso había gente que a esas horas en el centro de la ciudad, seguramente, sacase sus paraguas. Leí a Genet. Por un momento me alegré de que los nuevos atípicos permitiesen cierta comprensión de la lectura. De vez en cuando sacaba un cigarro apagado y lo aspiraba, lo que me hacía pensar en hacer otra visita al bedel, que finalmente no hice. Miré en mi reloj las cuatro y me dije si podría permanecer despierto hasta las siete, hora en que volverían a darme fuego aquellos secuaces, interminables caras nuevas de bedeles, enfermeros y enfermeras, pero finalmente cerré los ojos, los abrí de nuevo y fue para cerrar el libro y apagar las luces. El día siguiente era soleado como pocos. Oí cantar a unos gorriones, luego comprendí que el canto me venía de la ansiedad y supe que había llegado al final del camino. Me duché y salí a que me encendieran un maldito cigarro, que fumé en mi habitación mientras decían que el desayuno estaba listo al tiempo que golpeaban cada puerta. Así fue. Luego desayuné y vi a Dios ahogándose en mi vaso de leche mientras los enfermos que había en mi mesa nos mirábamos los unos a los otros, con caras agrias, vacías, indefensas. No le di importancia a mi visión y, cuando vino la chica, le pedí un bizcocho. Había que procurar mucho cuidado porque, si te dejabas llevar por los consejos de los médicos y enfermeros/as, los días podían pertenecer al diablo tanto como las noches. El desayuno huyó rápido, Dios no se quejó de su ahogamiento. Poco quedaba que esperar, pero aquel día, recuerdo, eché de menos mi libertad, libertad para soñar a deshoras sobre todo aquello que, a salvo, no me inquietaría ni en la mayor de mis pesadillas. Lo recuerdo porque procuraría escribirlo durante la noche venidera y no podría. Todo ese odio sin voz y sin talento está registrado en mis diarios de verano del año 2011 y allí permanece, sobre la página, como un pollo descabezado al que creo: lo mejor sería darle muerte. Lo haría si no estuviese convencido de que la incapacidad para escribir bien (siempre mi derrota, por otra parte, también la editorial) también soy yo.
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2 comentarios:

Virtudes Montoro López dijo...

Y también eres tú, quien dibuja con las palabras (precisas y armónicas, por otro lado), un mundo en el que cabe un dios ahogándose en un vaso de leche. Y ésto, querido Alberto, sólo lo saben hacer los grandes, éso que también eres tú.

Alberto M dijo...

qué comentarista tan linda que tengo (luego cogen envidia los arrastrados de la estética)