viernes

Un borrador sobre el demonio

Cada día, en cuanto noto que el azul del mar se entrelaza con el negro de la noche y el viento empieza a silbar con más calma, me aseguro de que hay cerveza y cigarrillos y, tras proveerme, me dispongo a teclear a ver qué sale. Recuerdo las ancianas del último asilo mental que visité. En las tardes en que yo no dormía, tras la merienda, a la que solía asistir indiferentemente, me decían que me sentara con ellas y les hablara de lo que tenía que hablar. Siempre les advertí que mi tema era el demonio. Les conté que, en realidad, era el único tema de interés al que el ser humano podía aspirar. Recuerdo introducir al demonio como el hombre común que no sólo había probado el árbol de la ciencia, sino que bien habría escupido a gusto sobre el árbol de la vida, cosa que en verdad hizo, para a posteriori inventarme unos versículos y citar la palabra Génesis. Así él era nuestra saliva cuando la tragábamos, pues sólo la primera vez que la tragamos probamos nuestra verdadera saliva. Ellas siempre querían que empezase a contar mis aventuras, inventadas o no, sexuales, pero yo necesitaba que escuchasen con atención antes de dónde venía el mal y quería que considerasen mis depravaciones como uno menor, tan sólo la libertad de un alcohólico al que en alguna ocasión se le levantó a base de bien y que, precisamente, se encontraba en ese tugurio para reformarse de su afición a ciertos licores. Empezaba el demonio a usar nuestra lengua, la pasaba a continuación por unos dientes que, de seguida, pasaban a pertenecerle y luego, al fin, tomaba nuestra voz. Era el ventrílocuo favorito de todas las cadenas mundiales y a través de su voz hablaban también las edulcoradas voces de las señoritas de los noticieros. El mundo era el paraíso custodiado por dos ángeles de alas rojas que veían en nosotros al demonio que éramos ¿Y qué era el demonio? Era meramente un actor, el actor que había interpretado en cada uno de nosotros todo tipo de papeles hasta el punto de saciarse y encontrarse cansado de sí mismo en nosotros mismos. Bueno, lo reconozco, ya me he enculado a todas las enfermeras de este lugar y les ha gustado, pero lo del demonio es más importante ¿No creéis? Entonces reían y mi monólogo se iba por otro camino. Si hubiera sabido mi pene lo necesario para recobrar la líbido quizá aquellas ancianas que me escuchaban podrían haberse considerado víctimas de algo. A continuación mi show se marchaba y ellas echaban mano a las barajas, a las que les faltaban cartas, y jugaban igualmente, sin conceder importancia a que las jugadas, eligieran el juego que eligieran, fueran imposibles. Le pedía a un bedel que me encendiese un cigarro y, mientras degustaba varios, en mi habitación leía a Genet, que no dejaba de acabarse hasta que mi padre me traía otra de sus novelas. Mi atención era pobrísima, pero disfrutaba de esa lírica tan bien traducida por María Teresa Gallego Urrutia, y me sentía yo también un alguien o un algo de la raza de los acusados, como dijera Cocteau quién sabe si pensando en Genet al mismo tiempo que en sí mismo. Por supuesto, no me apetecía pedirle perdón a nadie, salvo al Dr. Ramos que, en sus consultas, me daba marihuana.

He escrito lo anterior a este punto de un tirón, sin darme cuenta que el azul del mar ha dado paso a un azul tímidamente bañado por el sol oculto tras un caserío que hay por estos pagos, he abierto la cerveza y me he dicho que no estaría de más hablar de... no, mejor no, mejor simplemente disfrutar de otro cigarro. Apenas tendré horas para dormir si mañana quiero llegar a Madrid en la hora en que quiero, pero la salubridad en estas noches pasa por el hombre que teclea que, no me engaño, viene a ser la versión con manos del diablo con el que introducía a las ancianas a mis aventuras sexuales, la mayoría ficticias, a diferencia de las que aparecen en mis diarios, que ojalá lo hubieran sido.

Puedo apreciar la chimenea de enfrente, cuya sombra contrasta con el tímido azul que acierta a pronosticar un día soleado. Hoy, de la mía, han salido tres pájaros. Dos machos y una hembra. Al parecer cayó la hembra y los pájaros, que quizá se encontraban peleándose por ella, la siguieron a ese infinito del que sin ayuda de mi padre no hubieran salido vivos. Otra lección que me enseña, a estas alturas de mi vida, la naturaleza. Y es que hay mujeres que quizá sean todas las mujeres.
Doy un nuevo sorbo a la cerveza. De la cadena sale el Miles in the sky y yo lo daría todo por convertir este escrito en el paraíso que no es, que no me permitirá dormirme pensando que he dado algo al mundo, que es un simple amanecer, como lo son cada día hasta nuestra muerte donde, bajo tierra, nos convertimos en polvo y nada más. Es la muerte que hemos elegido al haber elegido al demonio como padre de todos los oficios de la vida e incluso del no oficio. Una vez muerto, los ángeles custodios tachan una raya más de la pared que adorna las puertas del paraíso y el gran sueño de Prometeo se vulnera junto con nuestro don de abrirnos puertas hacia el éxito.
El éxito es esta música que sale de la cadena, sin olvidar a aquellas mujeronas que jugaban con barajas a las que les faltaba una carta, dos o tres, como si nada, haciendo como si la vida continuase y, a nuestros ojos fuese, lo más normal que pudiera sucedernos.
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5 comentarios:

Leire Brenan dijo...

Subrayaría tantas frases, Alberto... que no me atrevo a destacar ninguna en el comentario. Un placer esta lectura.
Un beso.

Alberto M dijo...

Luego cojo fama de ligón y se creen los egregios que soy un escritor poco serio. Un beso. Y, claro, más quisieran tenerte como lectora habitual.

Ester Zaragoza dijo...

gracias Albert,
Un beso

Ester Zaragoza dijo...

Me encanta,
un beso!
(me alegras la mañana en la oficina)

Alberto M dijo...

qué suerte, que tienes oficina