martes

Bajo la atenta mirada de un semidormido hombre gris que no existe

Apenas siendo la flor salvaje que habita en el cerebro de un niño ocurrió que yo seguía a gatas los grandes lazos bordados en la alfombra de salón de la casa del barrio donde convivía con mis abuelos. Aquellos lazos dorados se extendían hasta el final del marco de la alfombra pudiendo intuir mi mente cómo continuaban bajo el suelo de parqué y llegaban hasta todos los rincones de la casa. El resultado de esos lazos eran cuerpos de serpientes que golpeaban fuerte con sus insospechadas cabezas, pero insinuadas en mi imaginería de niño, al suelo de arriba (en ellas techo) procurando salir a la superficie. En ocasiones prefería dormir entre mis abuelos con tal de protegerme de la ilusión de una serpiente liberada que avanzase hacia mi cuello para darme, con su veneno, la muerte que a mí se me antojara, pues era para ello para lo que eran construidas las imaginaciones y, a raíz de ellas, los cuentos que, en las noches, me contaba mi padre acerca, en parte de su niñez entre ovejas y cabras y en parte de la fantasía que compartía con mi mente, pues entre las dos, en aquellos momentos de comunicación el ente hablador personificado en él era la magia. Y yo, ya lo he contado, guardaba un secreto por el que temía y, a veces, iba a dormir con mis abuelos, que tanto me quisieron desde el principio de la mía hasta el final de sus vidas.

Sospeché que iniciaría esta entrada en mi diario bajo la perspectiva de una carta a una chica recién inundada de mi vida, donde mi idea de mí mismo comienza a escabuirse entre todos los hombres con sombrero de hongo que se acumulan en los intermediarios de El proceso de Kafka, otro soltero que es, quizá, El soltero. Me quité mi boina y crucé las cuatro calles que hay hasta la panadería, compré el pan de cada día y, al salir, vi que caían pequeñas gotas. Supongo que es en ese preciso momento donde concedí cierta precisión a mi idea de diario, alejándolo de sentencias que, a ratos, padezco sobre mí mismo y que sólo pueden ser concebidas por un ser que no está, es decir, mismamente yo que, si acaso, aguardo apelotonado entre estas líneas que voy dejando en unos diarios que empezaron hace ya bastante tiempo y han sido el sol y la tiniebla que me han acompañado en salidas como la que he nombrado a comprar el pan, aparte trabajos remunerados o no, que he ido teniendo.

Hace un año, una amiga me invitó a cenar. Yo me dije: Bien, parece que vas a triunfar esta noche, y procuré evitar el ascetismo en todo momento. Tras cenar y bebernos un par de botellas de vino me contó que había prestado dinero a un amigo negro para ayudar a su bebé y que, a cambio, sin ella darse cuenta, deslizó unas dosis de crack en la mesita de la entrada. Convenimos en que era mejor tirarlas, pero terminamos echando mano a ellas y las fumamos. El sexo resultaba terrorífico y el calor de esta época del año parecía diluirse en nuestra mente para terminar execrando la esencia de esa mierda que nos habíamos fumado. Me pidió que la pegara durante una de las penetraciones y recuerdo hacerlo mientras miraba el reloj y descubría en él las 3:11 de la madrugada. Luego se levantó expulsando violentamente mi polla de su vagina. Mientras yo pensaba en el sonido que esto había provocado ella había ido en busca de un cuchillo y empezaba a apuntarme con él moviéndolo frenéticamente. Yo estaba nervioso por la situación de excitación interior, pero me serené y, durante dos segundos de lucha, conseguí extraerle el arma. Entonces ella lloró y me dijo que iría a por otro, lo que al final no hizo. Convenimos en que esa sustancia era pésima. Le pregunté si estaba segura de que era crack y me dijo que suponía que sí. Recuerdo contar la anécdota el sábado mientras otra chica y yo, en nuestra relación probablemente inundada, nos bebíamos un refresco en la plaza de mi pueblo. Acto seguido, durante esta noche, he apagado el televisor. Ellas seguirán dando un beso a la llegada de sus novios al andén. Yo contemplo la escena como el cucaracho ese de Kafka (de nuevo), dejándome caer desde varias posiciones, procurando controlar la marea de patas y diciendo adiós (que se oirá en la realidad como una especie de pitido breve) durante la agonía, en el momento en que ellos se disponen a hacer planes de futuro. Afirmaré en un aparente silencio que en esta sinuosidad de pijama donde llueve barro a través del ventanal y la imaginación sale del preparado de una pipa, desbordante y camino de lo ajeno, no saberse leído es estar enterrado, pero, al mismo tiempo, también me sabré no leído. Irán lo leído y lo extraviado caminando como si yo hubiera conseguido en ese aparato ilegible mi matrimonio perfecto y la Ley (de nuevo Kafka) no será cosa de los hombres, sino de un Dios nunca nombrado que a muchos lectores les ha hecho pensar en el vacío. Como bien sabía el mismo Josef K. todos ellos podrían ser sustituidos por un verdugo. Es una noche atónita en mí, llena de energía y, al tiempo, en mis recuerdos se me hace viva la idea de cuando yo buscaba a gatas la serpiente atrapada, puedo sentir la dulce picadura y la inmensa alegría de no tener a un médico cerca. Me curo de mi esquizofrenia en mi botica, llena del consuelo que cualquier loco podría desear. Sin embargo, me mantengo cuerdo. Mi día a día es detectar moscas en los cristales para pegar cerca de ellas una mancha de miel y ver cómo se acercan a comerla. Hablo mis palabras hacia mí mismo con Charly, mi loro, la única deidad del mundo que se acercaría a mi juicio en mi juzgado que son esas palabras, unas veces más amables que otras, tanto hacia él como hacia mí. En cualquier caso dejo que sus gestos hagan de juez y gracias a sus movimientos sé de mi condena. Aplasto la mosca que se encuentra comiendo mi miel, limpio lo pegajoso del cristal y me digo a mí mismo que no volveré. Pero sé que terminaré volviendo. Charly, mientras, no puede evitar reprimir una risa violenta. Es la imitación que hace de la risa de mi padre, juez también y Dios a su manera en la literatura de Kafka (Véase América), incansable amigo mío a quien amo más (a mi padre, no a Kafka, que también), desde luego y junto con mi madre, que a mí mismo.
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9 comentarios:

Virtudes Montoro López dijo...

Alberto, ¿cuántas personas andaran, como nosotros, con Kafka resonado en sus cabezas?
Imagino que muchas, y me alegro de saber que por lo menos con una, tú, puedo interactuar.
Esa imagen tuya, como "el cucaracho", escuchando los planes de futuro de los otros, me ha llevado de inmediato a la puerta que tenían a bien dejar la familia de Gregorio (cuando ya no era Gregorio) abierta durante un rato, para que pudiera escuchar los ronquidos del padre y los suspiros de la madre y la hermana...
Esas puertas que tantas veces dejamos entreabiertas (como tu blog, como el mío, como tantos..)por donde discurren las vidas de los demás y la nuestra, y dónde nos comparamos unos con otros,comprobando de esta forma, que sí, que todavia somos ¿humanos?

Besos Alberto...

Alberto M dijo...

Qué agradable comentario, Virtu. Me quedo con el momento en que su hermana toca para los tres extranjeros y ese cucaracho quiere hacer suya la música del violín, pero su hermana ya no quiere reconocer que ha formado parte de su vida, de su música ¿Cómo podrían entender ese violín los tres extranjeros?
Un besito

Dante Alighieri dijo...

Me consuela ver que, al final, hay amor.


Muchas veces me vienen a la cabeza
la oscura cualidad que me da el Amor
y me tengo lástima y así me digo:

¡Ay de mí!, ¿les pasa esto a otros?;
porque tan hábilmente me asalta el amor
que la vida casi me abandona:
sólo un hilo de espíritu deja medio vivo,
uno que sólo por ti vive y razona.

Luego me esfuerzo, yo deseo salvarme,
y casi muerto, sin ningún valor,
vengo a verte, creyendo así curarme:

y cuando alzo los ojos para observarte
en mi corazón se inicia un terremoto
que suspende en mi alma todos los latidos.

bélula dijo...

En la mente no existen los límites.
Cuando habita un bichejo, éste tiene la posibilidad de metamorfosearse de nuevo.
Y es gratis!

Alberto M dijo...

La mente, apestosa, carroñera, sólo podría ser útil como transformación de todo lo demás en parte de sí, pero no hacia sí misma sino hacia el albor del latido, donde efectivamente mora un bicho que cambia de prisa al contacto con la piel de otro ser humano. Supongo que algún poeta se atrevería a decir también algo así.
Un abrazo, chicos

Luna Roi dijo...

A gatas siempre queda el flanco débil al descubierto, oh, oh...

Alberto M dijo...

el flanco débil de los detectives

Luna Roi dijo...

Ya... Alberto: flemáticos, ninguna llamarada. Ya les pondrán el culo abierto. Y de rojos, rien de tout. ¿Te va bien?

Alberto M dijo...

sí, cariño. Un besote para mi linda