sábado

Una caligrafía absolutamente brillante

 "Sé que hay algo horrible relacionado con la vanidad en el narrador de este texto" (El autor en Fb)


Recuerdo entrar en la casa en un avanzado estado de descomposición. Podía oír cómo la grasa de mi cuerpo se derretía desprendiendo olor a azufre mientras cerraba la puerta. Ella me invitaba a entrar desde el cuarto de baño. Yo pregunté si iba a tardar mucho. Me dijo que echase el cerrojo porque el pestillo no funcionaba. Me senté en el sillón rojo desvencijado por los gatos que me rodeaban como si en mí oliesen comida. Encima de la mesa del sofá, aparte de gatos, había revistas de salud y ciencia que me hicieron recordar la consulta de un dentista, un libro de Theodore Sturgeon publicado por Minotauro que me llamó la atención porque tenía la sensación de haberlo tenido entre mis manos antes y folios manchados de café en cuya cabecera se leía Notas sobre Hegel y Maneras de asumir una poética. No me decanté por ninguna lectura dado que consideraba suficiente el espectáculo de los gatos. Representaban todo lo que yo quería para mí en ese momento y, ya he dicho, también yo representaba para ellos algo parecido. Me contagiaron sus ronroneos, así como sus bostezos y no dudé en cerrar los ojos. Al rato oí unas llaves en la puerta de entrada y pasé de estar tumbado a sentarme en un movimiento del que apenas tuve información. Soy la compañera de Ángela, dijo, Sonia. Hola, dije, soy Alberto, estoy esperando a que salga del baño. ¿No tienes muy buen aspecto no, Alberto? Lo sé, en realidad mis padres son multimillonarios, pero hace tiempo que no aparezco por casa y llevo mucho sin cambiarme. ¿Tienes hambre? No, dije. Luego la tal Sonia se perdió por el pasillo, simplemente oí cómo una puerta se abría y se cerraba representando lo que la tal Sonia había significado en mi vida aquella mañana. No diría que no a un café, pensé en respuesta a la pregunta de si tenía hambre, ya perteneciente al pasado más remoto que yo, entre todos aquellos gatos, era capaz de imaginar. Cuando Ángela salió del baño yo dije: Sé que mi aspecto es horrible, pero mi mente no es mucho mejor ¿Sabes?

Tardó otro rato más en vestirse y luego salimos a la calle a dar un paseo. En mi imaginación los gatos que habíamos dejado en la casa en compañía de Sonia nos perseguían debido a mi olor, que Ángela no terminaba de rechazar. Al fin y al cabo era ella la que quería recabar información acerca de mí. Ya en un café le dije que efectivamente era yo un experimento humano y me referí a las miradas de la gente que pasaba al lado nuestro como prueba. Yo oía cómo la curvatura de mi espalda iba cediendo y la artritis de mis manos apenas acertaba a agarrarse a la mesa del café para permanecer en postura. A continuación me levanté la camisa y Ángela pudo ver un moratón a la altura del hígado supurando crema de champiñones. Me parece que si no me levanto a la barra no nos van a atender, dijo Ángela. A mí pídeme lo que sea, le dije. ¿Cocacola? No, dije, mejor un zumo de algo.

A su vuelta, ya con el refrigerio, me habló sobre las cartas recibidas a mi nombre y la tristeza que según ella le había inspirado leerlas. Le dije que si su hermano quería publicarlas no era asunto mío, que por mí podía hacerlo si es que es lo que quería. Entonces ella consideró un elogio decirme que todo aquello era como si un artista del hambre del cuento de Kafka hubiese notado que su jaula estaba abierta y hubiese salido a la plaza desapareciendo finalmente por una de sus salidas. Según ella las cartas que yo le había escrito constituían todo lo que habría de conformar la jaula vacía. Los curiosos transeúntes echarían mano de cada carta allí expuesta, dijo y se encontrarían que cada una iba dirigida a otra persona, entonces ni siquiera seguirían leyendo, la volverían a dejar en su lugar o incluso harían una bolita con ella y se la tragarían. Le dije que me encantaba que se fuese por las ramas cada vez que salía el tema y dimos un sorbo a nuestras respectivas bebidas. Esa herida que tienes necesita agua oxigenada, dijo al dejar su taza de té y a mí, aún no puedo saber por qué, me entró la risa tonta. Le conté lo que sucedió después de mi operación de estómago. Le dije que mientras dormía perdí el pulso y que no dejaban de entrar nuevas enfermeras en la habitación con tubos y cosas así supuestamente para reanimarme, le dije que sentían poco respeto hacia mi noción de paraíso. Luego le dije que había habido épocas, como efectivamente daban fe algunas de las cartas, en que yo había tenido interés por las mujeres e incluso momentos en mi vida en que mi idea de sexo no me dejaba tranquilo y terminaba recurriendo a la botica, pero que hoy todo ello constituía un recuerdo del pasado. No, no me interesa el sexo, concluí. Después del hospital una de las chicas con las que pasé un rato me dio a esnifar heroína y lo comprendí todo. Eso, junto a una almohada, era lo que yo quería para el resto de mi vida. Díselo a tu hermano si lo publica, dije, El resto de mi vida es un buen título para todo eso, El resto de mi vida o lo que él quiera. Ella no estaba de acuerdo, dijo. Prefería el nombre: Cartas (2007 / 2011). Vale, dije.
Poco después me preguntó ¿Por qué empezamos a escribirnos?
Porque nos aburríamos, respondí.

Insistió en acercarme en coche hasta la casa de mis padres y no me negué. Cuando mi madre nos abrió, Ángela dijo que era probable que yo necesitara ayuda médica (creo que evitó aposta decir divina). Mi madre nos hizo pasar y estuvo un rato sin decir nada, como diez minutos, observándonos. Luego me miró y dijo que no sabía dónde estaba mi padre, dio las gracias a Ángela por llevarme (añadió: No pude tener más hijos ¿sabes?) y nos preguntó si queríamos comer algo, que podía hacer un huevo frito y tenía pescado de hace dos días. En su tono de voz yo intuí que muy probablemente a todos nos quedaba muy poco tiempo de vida, salvo a Ángela, quizá. Lo dije mientras cenábamos y ellas me miraron como si no hubiera dicho nada. Realmente no sé por qué yo había veces en que decía cosas así, al igual que el fenómeno que se había dado entre Ángela y yo de recibir cartas, no tenía ni idea de por qué llegaban a pasar cosas así. Cuando levanté la cabeza noté que mi madre estaba ausente seguramente en sus rezos. Ángela tendría que irse y eso era una noticia horripilante. Dije que los médicos eran basura y no sé qué más. Por favor, cállate y come, dijo mamá, como si de repente hubiese despertado en algún lugar a veinte millas de la cocina en donde nos encontrábamos.
Recuerdo que Ángela, que poco después efectivamente se levantó para marcharse, dijo que yo había conseguido escribir un gran libro y que su hermano nos lo iba a publicar, que yo era un gran escritor y que el libro que iba a salir sería recordado durante bastante tiempo.
Un hombre no debería ser recordado, pensé, acordándome de Pascal y recuerdo sonreír a Ángela al decirle que acabase el plato, a lo que añadí: ya verás cómo mañana es un día maravilloso.
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4 comentarios:

Marisa dijo...

Muy bueno, sigue así niño!

Alberto M dijo...

para qué, amor? para qué seguir así?

Marisa dijo...

Para escribir, cada uno tiene su cometido y ese es el tuyo :-)

Alberto M dijo...

pero reconoce que es un cometido absurdo y a veces tristón