sábado

Sobre el ángel negro, una carta en agradecimiento por algunos de los solos de Paul Chambers

Estimado amigo, Dr. Gervasio Ramos,

Le escribo para agradecerle haya conseguido hacerme llegar, a través de mi padre, el disco que pedí. Se trataba de algo más que de un capricho. Es el Bass on top de Paul Chambers (en nuestro par de sesiones no hemos hablado de música y desconozco cuáles son sus preferencias). En el caso que me ocupa logro distinguir en el calor de estas tardes los ruidos que me son reproducidos de noche, cuando intento dormir, de mano de los solos de contrabajo de Paul Chambers. Es una estrategia para tratar de eludir la noche, pues no siempre la medicación brinda el efecto hipnótico deseado y, en esa soledad convulsa, oigo ruidos de hornos y puertas, los niños de mi infancia en Valseca están allí gritando, como una estridencia del bajo al que me he referido antes de dar lugar al solo maestro de You´d be so nice to come home to. Efectivamente mi pasión por el jazz me viene de la aberración por el ruido. En ocasiones me levanto de la cama e intento vislumbrar a través de la ventana algo que no sea mi propio reflejo. Sólo hay una farola que permanece encendida en el aparcamiento. Bajo ella imagino sombras, pero no sombras de gente, imagino, para serle claro, las sombras que emiten los fantasmas que soy aquí dentro, entiéndame el plural. Todo se pluraliza en estos momentos, no sólo los ruidos de los que tenía intención de hablarle. La armonía que me permite el disco que me han traído hace mejores mis tardes y me sacan de la noche que podrían llegar a ser, y la noche que podrían llegar a ser son esas a las que me he referido, donde los hipnóticos tardan en hacer efecto y, dentro del colchón, ardillas invisibles roen una nuez también invisible, pero que, cuando se abre, a veces soy capaz de desearla, quizá con la misma premura en que alguna vez deseé una mujer pasada la adolescencia. Yo, sin embargo, me veía en la penumbra como aquel que debía de traducir las palabras de un dios imaginario que, en cierto modo, no ha dejado aún de vivir dentro de mi mente. En Valseca, si bien podía respirar, la habitación que le era otorgada a mi entrega al jardín de los sueños era demasiado pequeña como para no agarrarse fuerte a una espiga y procurar que el empeño que uno pusiera en ese agarre fuera suficiente para no salir volando por la diminuta ventana por la que tantas veces miré en busca de un alma y, como mucho, en su traslado, algún camión cargado de marranos me decía adiós dejando también allí parte de lo que era el olor de un pueblo dedicado en su mayoría a la agricultura y la ganadería. Me gustaría compartir el disco con usted. Entienda que no imaginé la probabilidad de un amigo que se hiciera cargo de la intensidad con la que puedo sufrir el oneroso silencio del resto de animales que convivimos entre los ruidos de la noche. A veces no puedo más e incluso olvido la portada del disco y mi aparato para oírlo. Es cuando abro la puerta de mi celda y me dirijo a los celadores del turno de noche. Siempre se han atenido a las normas y jamás me han encendido un cigarro en el tiempo donde lo que manda es el cuidado que produce el sueño al paciente imbuido de pesadillas en el día a día que es también este hospital. Sin embargo me han dado psicofármacos que, en alguna ocasión, han producido que el negro piano de la noche se silencie, a cambio de dejarme a solas con mis sueños, que jamás recuerdo, salvo que en ellos mi aspecto no tiene cara, algo que procuro aprender cuando despierto y, mientras el bedel examina las heces del día anterior, me visto para encaminarme al desayuno. En ese comedor procuro que la comisura en el aspecto que la tristeza genera respire con la suficiente sanidad e intento, quizá en vano, diferenciarme de un alma muerta, pues tal es así como veo a mis compañeros. A veces, en lo que esperamos a que todo el mundo haya terminado, y le aseguro que a veces es un tiempo lo bastante exagerado como para echar una cabezada, una mujer se refiere a mí como a su niño muerto. Lo ha hecho en varias ocasiones, también en otros horarios. Con el tiempo la paciente me contó que su hijo, en un viaje de ácido, se tiró por una ventana convencido de que podía volar. Yo le dije que existía un colibrí en mi mente. Y no es mentira, doctor, sé cuando está alegre según cómo son los tonos de la canción que interpreta. Besé la mano de esta señora y le dije que le prestaría mi colibrí si pudiera sacarlo de donde se encontraba, y noté que, a partir de ahí, dejó de llamarme hijo aún sin retirarme del todo una palabra que por mí da igual que se ahorre o no. Mi intención era calmar su dolor a través de la imagen literaria de un loco. No lo logré. Desde entonces ella sabe que una mampara de cristal cubre mi cuerpo y quizá sea esa mampara que ella presupone la que me salve de no acabar con todo a la manera de su hijo, en un nubarrón de una mente sempiternamente ilusionada e ilusoria. Le hablo sólo de cara a la galería, pues soy un animal social, y usted que dice haber leído mis informes llegados de otros hospitales en los que también he residido, por lo menos los de aquellos que hayan visto con buenos ojos cederlos a sus ojos, bien sabrá. He sido una rata muerta entre un par de rocas que ha recobrado a la vida por vara de la mano de unas amistades. Solía juntarme con ellas en el bar del pueblo y siempre tenía la sensación de que ellos o yo hablábamos un idioma diferente, y terminaba conformándome en ese ellos, por vulgar que parezca, ayudado por la botella de licor que presidía la barra como un firme monumento a la dicha de un dios verdadero, único y reunido en la fraternidad dudosa que mis amigos de barra y yo representábamos. También había mujeres. También soñé con alguna chavala. Apenas se podía respirar en la pequeñez de mi cuarto y quizá sobreviví en la respiración de la ilusión de alguna de ellas. Entienda doctor que por esas cosas hemos pasado todos. Más tarde me preguntaría qué es el encantamiento y la pregunta desaparecería nada más formularse junto con todas aquellas mujeres que con el tiempo “estarían en lo cierto”, pues colmarían de hijos sus vidas. Yo no he hecho, como bien sabe, nada de eso. Y le aseguro que observé mi papel entrados los 17 años, así de pronto, entendiendo en un principio que el papel era de soltero, cuando en realidad sería a la postre el de alguien sin patria. Mi abuela por entonces, los días en que se acostaba después que yo, subía a mi pieza a darme un beso en la frente. Hoy, que yace muerta y su cadáver es polvo y sus huesos son roídos por insectos y, a pesar del movimiento de La Tierra y lo perecedero, continúan, más allá de la muerte, envejeciendo, veo la verdad de ese beso en el que yo solía hacerme el dormido y vuelvo sobre la capital de mi vida, que no es sino la espera de su vuelta. Le aseguro que en los nuevos sonidos me identifico con esa vuelta por mucho que apenas sea la mitad de una sombra. Han venido a verme amigos que se han sincerado conmigo y dicho que, de gordo, estoy irreconocible y también ha venido el dios Pan. Yo traduzco sus palabras en la carta que le envío y le deseo lo mejor debido a cómo me está tratando. Sin usted aquí este sitio en mí habría naufragado, por no mencionar las ganas que tengo de volver a probar esa yerba con la que me agasajó durante mi primera visita. Son estas todas las pistas que tengo acerca del ángel negro. Usted, con su interés, ha vuelto a llamarlo. Yo he dejado de ser el niño al que le examinan los excrementos en busca de oro por alguien que intenta escribir cartas aún con la cabeza perdida de nuevos neurolépticos y toda esta basura farmacéutica que me cura y también mata. El ángel negro, le diré, es un manojo de nervios cogido a una cuerda que no para de moverse de un lado a otro. Si tira uno de ella, y me remito a los tiempos en que fui monaguillo en Valseca, la campana de la iglesia suena y termina por congregar un pueblo. Ese pueblo también es el ángel negro tal y como yo lo veo. Es sólo un suponer.
Reciba un fuerte abrazo de su paciente,
A.

(Insisto en las gracias por haberme hecho llegar el disco de Paul Chambers; si no lo ha escuchado, le invito a hacerlo -puede hacerse una copia del mío- en vista de disfrutar de su serena melodía cruda, elegante pero sin el sobrante plumaje de otras obras en mi opnión menos sinceras y también menos representativas de los sonidos de la noche -esos malditos ruidos que acá, en el disco, son arte-).   
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4 comentarios:

Virtudes Montoro López dijo...

Alberto,me ha conmovido tu generosidad, al intentar calmar el dolor de esa madre, ofreciéndole la imagen literaria de un loco.
De hecho me ha conmovido profundamente tu carta. Un beso enorme!!!

Alberto M dijo...

te agradezco. Creía que nadie la había leído aparte de yo mismo al corregirla. Un beso

Luna Roi dijo...

El sonido de la cuerda de tripa más gruesa del bajo vibrando en su vientre. Me recuerda, quien sabe, al sonido del miembro hinchado como nunca golpeando en el vientre después de escapar resbalando del coño. Y no me da igual.

beso,

Lu.

Alberto M dijo...

Beso.

PD: Está puesto aposta para que no dé igual.