sábado

La a veces insensata tranquilidad del hogar


"No guardes en tu cabeza aquello que puedas guardar en tu bolsillo" Alberto Einstein


La pila estaba llena de cacharros durante la tarde. A veces había visto en ella una vía láctea o una antigua ruina rellena de esqueletos erguidos de dinosaurios, pero esta tarde sólo veía vasos, platos, cucharas, tenedores... Apenas me he molestado en gastar el jabón necesario. Al apretar el estropajo el sonido resultante parecía proceder de mis sesos. Me he tomado un gelocatil. Tenía muchas ganas de tomarme un par de copas, pero no había nada que se pareciera a eso en toda la casa, ni siquiera cervezas y yo no iba a quitarme el pijama. Es un pijama deportivo que esconde el cuerpo de un anciano de 35 años, ex esquizofrénico y con olor constante a tabaco. He adoptado la manía que ya tuve en la veintena de volver a olerme las manos. Son un desierto despoblado cuyos surcos separan capitales sin nombre. El olor no procede sólo del tabaco, también existe el olor de mi pija y de algunos lápices de madera. Muchas personas me han dicho que son las manos de un artista. Pero ya fui un artista, y me cansé en seguida, coincidiendo con el momento en que empezaba a irme bien. He recordado estar en un hotel de Roquetas de Mar con gripe, diciendo: sí, puede pasar a hacer la habitación. Recuerdo la cara de aquella lavandera, toda surcada de arrugas que, a la luz, parecían trincheras. Me habló, pero casi no podía responderla. Cuando se fue vomité y noté que, al mismo tiempo, al sonar el nubarrón de mocos, todos eran burbujas de sangre. Cuando mis padres venían de la playa me preguntaban si seguía igual. Yo estaba muy jodido. Lo decía y mi padre se cagaba en dios. Luego volvían a irse porque habían quedado para cenar. Me decían que si querían que me trajeran algo. Les dije que dejasen la puerta semiabierta para que entrase la luz del pasillo y, nada más oír que se metían en el ascensor, me masturbé a conciencia pendiente, al tiempo, de la posibilidad de la sombra de alguien a través de la puerta. Por aquel entonces sólo había pasado por un brote psicótico y, a pesar de la medicación, culminé bien los estudios de cara a la universidad, por lo que eso del brote pasó a ser una anécdota antes de llevarme otro por delante y a mis padres les daba igual que bebiese o no (tampoco me habían detectado todavía un virus C). Recuerdo tomar tres copas con mi padre una noche, ya repuesto, en una terraza. Yo estaba muy feliz (recuerdo que el libro que acababa de empezar era Las pesadillas del Marabú, de Irvine Welsh, que me encantó). Antes que salir con mi prima y otras chicas prefería gastarme el dinero en cañas en la piscina del hotel. Mientras tomaba una tras otra y fumaba mis buenos cigarros no paraba de escribir sobre lo que sucedía alrededor. Cosas como: Acabo de ver unas tetas impresionantes. Mis poemas siempre han sido algo así como esa frase. Si tuviera que separarla en versos, seguramente optaría por: Acabo de / ver unas tetas / impresionantes. ¿No te gusta esta poesía? Me decía a mí mismo. Bien, y hacía otra que no necesariamente mejoraba el primer resultado. Había una chica alemana con su familia que estaba buenísima. Nos cruzábamos de vez en vez y nos echábamos miraditas. Pensé en dirigirme a ella, pero no tuve valor. Uno de los días que estaba sentado escribiendo ella entraba y salía de la piscina. El resto era todo ruido. Dibujé muchas líneas moviéndose y titulé al dibujo: Chica alemana entrando y saliendo de la piscina. Yo aún no conocía el Desnudo bajando una escalera. Procuraba verle los pelillos del coño entre lo apretado del bañador, pero estaba demasiado lejos. Volví a mi cuaderno y escribí: “Acaba de tirarse de cabeza, ahora sale y se echa el pelo hacia atrás. Nos imagino con 50 años viviendo este mismo instante”. Pero yo tenía 20, había pasado junio estudiando y cortando hierro, el invierno metido en una camisa de fuerza y, a pesar de todo ello, mi cara hablaba de que mi edad apenas pasaba los quince. Si me servían cervezas es porque ya me habían visto tomarlas con mis padres y sus amigos, supongo. Esta tarde hubiera follado el pellejo de la señora que entró a limpiar aquella habitación en la que yo estaba tendido por una cerveza fresca. Tras lavar a medias la bacanal de instrumentos de comida, colocarla en su sitio y tomar un gelocatil me he puesto un café que, junto con la medicación psicótica y los cigarros, es lo que uso para mejorar mi ansiedad. Luego me ha venido una tristeza. Era un viento visible que trataba mis labios como si fueran ramas débiles, fabricando cortes con sólo rozarlos. Una simple corriente que luego he arreglado. Sólo había abierto las ventanas para que se fuera el humo, pero una vez cerradas noté que el humo seguía ahí. He tardado en darme cuenta que salía de mi cabeza y luego me he sentado cerca del teléfono, como si estuviese esperando una llamada que al final no me hizo nadie. Me he serenado. El haloperidol en pequeñas dosis es muy importante en mi vida y su serenidad me ha proporcionado lectura hasta entrada la madrugada mientras en la pletina se repetían esas constantes seis notas del 6/4 jam de Jaco Pastorius. Probablemente representan la velocidad a la que tecleo esto. Al final me he dado cuenta y he quitado el disco, y ha pasado un buen rato hasta que dejaran de repetir su eco en mi sesera. He conseguido reunirlas y lograr que se ralentizaran hasta que una a una iban mezclándose con la primera dejándolo todo primero en un acorde sonoro y luego en la nada que pueden ser los huesos del propio Pastorius, ese genio consentido y difícil, que manejaba el mástil de su bajo a la velocidad de sus vidas, que transcurrían todas en un mismo tiempo, y que pueden leerse como una sola en la maravillosa biografía de Bill Milkowski bajo el subtítulo de La extraordinaria y trágica vida del mejor bajista del mundo. A estas horas tengo la persiana bajada. Los ojos abiertos sólo simbolizan la visión de un azulejo roto que mi imaginación repara. Estoy feliz de estar en casa y no en un centro de rehabilitación o similar. Encenderé otro cigarro y me despediré a soñar con cigüeñas o bichos que se les parezcan, Steven Seagal, palomitas de maíz, un coche caro...
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2 comentarios:

Ly Rubio dijo...

" Luego me ha venido una tristeza. Era un viento visible que trataba mis labios como si fueran ramas débiles, fabricando cortes con sólo rozarlos..."
Por mis dioses aztecas que me llevas de la mano entre tus lineas,... Eres genial Alberto, un abrazo de tu amiga, (siento el uso de puntos suspensivos, se que no te gustan pero son parte de mi locura) alguna vez me gustaría soñar con palomitas de maiz :)

Alberto M dijo...

No se hable más, a soñar se ha dicho, Ly.
Un besito