jueves

Flores en la tumba de un mono más gracioso que el mundo

Recuerdo con especial intensidad los días en que superaba la adolescencia y daba en mí la bienvenida a la locura, -aún hoy escribo cargado de haloperidol, sustancias elegidas por mí como el rohipnol y, en contadas ocasiones, whisky. Recuerdo seguir señales de barcos que naufragaban al lado de los autobuses de Madrid donde yo viajaba camino de los estudios, que eran una mera excusa para consumir LSD y colgaduras por el estilo que, en momentos donde quiero, como cuando tenía cinco años, volver a morirme, me parecen dignos de, al menos, una mínima seriedad.
Los barcos perdidos estaban, en su mayoría, destrozados y yo descifraba en mi recorrido hacia mi vida de falso estudiante los verdaderos pasos que me acercarían a la consecución de un tesoro antiguo. Vi dorados bailar ante mis ojos mientras yo abría los libros que leía por aquel entonces, compuestos de Burroughs, Bukowski, Raymond Carver o Henry Miller y apenas recuerdo avanzar en mis lecturas porque los fantasmas que me acompañaban en esos autobuses no admitían despiste alguno y habría de levantar la mirada tantas veces que, en ocasiones, al volver al texto este era ya otro. Entonces mi mente era abiertamente alucinada hasta el punto en que, poco después de detectar una ideología en la que no cabía el sueño dentro de mi cuerpo, fui atado con una camisa de fuerza y llevado por dos hombretones contra los que, en mi catatonía, no opuse resistencia, al manicomio de mi barrio, que yo desconocía y cuyas aventuras están narradas en estos diarios, en ese entonces destinados a una columna de la revista Culturamas. Hoy en día es todo más ñoño. Fascista, hoy día, es simplemente una persona meridiana entre la libertad de su expresión y el ramalazo del prejuicio, y el Facebook del megalomaníaco Zuckerberg continúa hablando lo seriamente que sabe de nosotros. Pero los recuerdos, hoy en día, padecen sólo la intensidad de la inmediatez, una especie de querer correrse antes de tiempo. Aquel entonces era diferente y es donde yo me hice escritor. Sólo los más grandes conocen mi despreciada obra (no me refiero a la pictórica, que escribe una leyenda por sí sola que, sin embargo, yo consideré menor), loada de boquilla en la mayoría de los casos. El ingrediente principal es la honestidad. Sólo por recurrir a ella como subrayado recurso literario yo debería ser un santo literario en este país, y no recluso en oficinas de comisarías ni integrante de centros de desintoxicación y, ya he dicho, psiquiátricos. Y luego está la familia y su inminente final. Yo era muy salao de pequeño. Mis tías se peleaban por ser la que me cuidara. A veces sus duelos eran a sartén, otras a cuchillo. Cuenta la leyenda que llegaron a comprar machetes y afilarlos cada día. Solían salir heridas y yo a veces las reconocía solamente por el brillo granate de sus rasguños. A cambio me dormía escuchando la canción de una de ellas, entre los brazos, en ocasiones con cortes profundos, de la otra. Reconozco una leve aproximación al humor en esa descripción, pero todo lo que sale de aquellas lejanías trasluce dolor en mi memoria. Hoy no sería capaz, como entonces, de reconocerlas. Mi enfermedad, supongo, les ahuyentó por completo, si no lo había hecho antes mi palabra, en los momentos en que estaba preñada de rabia, al igual que mi cara, apenas reconocible entre tanto grano que, sin embargo, al contrario de lo que yo pensaba, fue desapareciendo hasta no ser nada, dejando una cara que, la verdad, nunca he sabido qué ha sido. Del vómito de ayer recuerdo trozos de tortilla pegados a la barba en el momento en que dejaba de ladrarle al inodoro y me veía, con un jabón en la mano derecha, en el espejo del baño. Logré descansar bien y he pensado en los barcos naufragados por las calles de Madrid en la mañana, mientras pelaba cables. Ni un solo atisbo de los tripulantes. El resultado de sus piernas avanzando a la velocidad del rayo de la proa a la popa, en la inmensidad del cuerpo del delito, sólo era yo y mi adolescencia vencida, sobre la que había raíces de flores que nunca llegaron a ver tierra. Un psiquiatra se leía mis memorias y cuando me preguntaba por qué esto o lo otro yo le decía que amaba a una chica y que la había maltratado, supongo que lo decía por decir algo. Nunca he tenido un amor. Las putas me han llevado de un sitio para otro y sus chulos también, entra en este discurso la palabrería de los movimientos literarios madrileños y sus templos de moda, que cambian cada dos por tres. Pasada la hora que indica la llegada de la madrugada leo en Lédo Ivo (“Plenilunio”) “En la pila bautismal / un hombre es tan real / como una palada de cal / ... / Como una lágrima vertida / durante un funeral / o un plátano” y, antes, “Soy tan sólo dos labios / que se abren en la noche / herida por el viento”.
Mi escasa inteligencia no me da para más y, cerca de mi mente, oigo romperse un vaso. No sé aún si encontraré el sueño. Pero es, definitivamente, el lugar donde residen esos tesoros milenarios, cargados por barcos que no iban a ninguna parte más allá de su certero naufragio.
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2 comentarios:

Anónimo dijo...

Puede resultar como técnica de conquista, eso que haces, no sé, dan ganas de apachurrarte los cachetes, de follar contigo y de protegerte, todo al mismo tiempo.
Cristina

Alberto M dijo...

Yo aquí te espero, querida mía. Resignado a una muerte dulce