lunes

El trono

 Alguien dijo que hay extraños seres que penetran como oxígeno en el cerebro y se ponen a vivir ahí, se adhieren como sanguijuelas a la piel de ese contorno y se asemejan a las personas y se les supone capacidad para hablar y respirar, aunque pasen, debido a su aparente inocuidad, desapercibidos e incluso confundidos con iguales o los otros. Son, creo recordar, el vecino; pero la calle está vacía y el timbre de mi casa quedó gastado del uso.

 Era a la hora en que el vecino sacaba la basura, cada noche, en que veía al gato aparecer pidiendo de lo suyo. El cuenco de leche lo tenía entonces medio lleno y se lo daba como hubiera dado una mitad de mi sangre a una palmera.

 Las palmeras que hay en el barrio las trajeron de Hollywood un día que fueron a rodar los chicos. Son una pandilla de enormes y desgraciados que ejercitan su bondad eliminando cucarachas, porque cuando eres parte de una pandilla también hay que hacer algo con el tiempo; aunque ya no les veo, sé que están ahí, tras los cubos de basura mismo, escondidos de mi vecino, que es un hombre que saca la basura en esta hora cada día sin hacer apenas ruido y casi con intención de paseo. Un día le abordaré, le diré que buenos días, que el cielo está nublado pero que quién sabe si irá a llover. El gato se fue a su vuelta, es parte suya. Yo, en cambio, he de ver a mi mujer y callar a lo que se me diga. Los martes quedamos en ir al restaurante que nos gusta. Ella come pollo y yo cuscús. Cualquiera diría que es una mujer que desaparece cuando cierro los ojos. A veces la confundo con un timbre y oigo voces que me vienen de ella como si no supiera que provienen del cencerro que la puse para reconocer si está cerca. Cuando apaga, quedo ciego y la penumbra no la hace, sino que la deja resuelta en un tintineo de tolones que no van a ninguna parte y respetan que la ordeñe, sentado en el salón, algo de leche al cuenco para que la beba el gato. Le he puesto Prisa, al gato. Es marrón y gris a la luz, pero de lejos es el mismo gato que son todos los gatos. Y mi mujer que me apaga y se deja ordeñar es una pobre chiquita, pequeñita como los dorados que conozco, que son los que me dejaron ciego al cambiarse ella y ser la vaquita que hoy me deja y a la que canto rancheras en las tardes en que veo. El vecino es, en cambio, una persona, diría, con la que hablar, por ejemplo, algún rato, pero al que sólo noto de noche, cuando va a sacar la basura adonde los cubos y viene tranquilo Prisa, que no sé si es macho o hembra o si le fabrica al respirar mi mujer, que es una rareza de sitio entre muchas otras cosas y habla en los martes sin parar de un hijo que tenemos y que, dice, está con los chicos de la pandilla esa que un día se fueron a rodar una película muy famosa en Hollywood en la que él no debió salir porque siempre la están echando y no aparece. Aparecen, en cambio, riéndose todos los demás hijos dotados para coger cucarachas que apenas pueden caminar porque no tienen carne en las patas. Cuando mi mujer se apaga, me las meten, ya cadáveres, en la boca cuando duermo y las dejan que se sequen para aparecer convertidas de mañana en alguna flor siniestra que le regalaré a mi vecino cuando salga a abordarle a la calle y le diga que hace bueno, que es un día estupendo y que así brille todos los días, por mucho mosquito que se queje.

 No reconozco a nadie que lea una revista sentado en mi sofá y si no oigo el cencerro al mover el brazo para pasar las páginas, elijo en la penumbra que no es ella. Cuando me pongo a pintarla me sale un cuenco de leche que se tiene que llenar con algo.
 Pinto porque en la televisión siempre están echando una que ya he visto.

 Mañana será martes y pasado, probablemente, también, pero haré como que no estoy o es otro día. Saldré a la calle y abordaré a mi vecino, pero antes miraré que no están los chicos de la pandilla porque, como bien saben las cucarachas, son mis niños y pueden asustarse. Sortearé alguna palmera. Cada una es como una idea a la que le ha crecido el pelo. Revuelto, este se contonea en los días en que viene el aire. Yo he tenido una de esas por la que donaría la mitad de mi sangre a cualquier enorme y desgraciado chaval pobrecito de la calle.

 Mañana será martes y dejaré a mi vaca sin ordeñar, no evitaré el hambre de Prisa por la noche ni habré venido de comer del restaurante que nos gusta a mi mujer y a mí. Mi mujer es un timbre y sólo hay que apretarlo para que todo un establo se abra y dé rienda suelta a su humanidad. He decidido que es una buena idea ver qué ocurre si lo hago. Una idea por la que cogería una de las seis palmeras y llevase al lugar donde crecieron en un barco.

 Ahora que es martes, se escucha el ruido y lee revistas un hijo retrasado sentado en mi sillón, y la vaca le quiere más que a nadie. Yo salgo con el cuenco y espero que sea de noche, luego de burlar a Prisa me escondo tras una palmera y me veo, como cada día, tirando un gato muerto a la basura.
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4 comentarios:

Leire Brenan dijo...

Me encantó, Alberto!!
"Mañana será martes y pasado, probablemente, también, pero haré como que no estoy o es otro día" Una frase que bien pudiera ser mia cualquiera de esos martes que tanto odio...
Besos!

Alberto M dijo...

Besos, en este lío din fin, en esta antigualla sin fin, de la época de cuando era aplaudido por egregios y demás falsos, asquerosos aparte

Ly Rubio dijo...

Es real lo que dices cada mañana se repite el martes, la noche avanza y no llega al miercoles, serà que los gatos de mi portal buscan a Prisa aùn si premura ? Un abrazo a la distancia Alberto, no me cansare de decirlo eres genial,... :)

Alberto M dijo...

un abrazote para ti, Ly