martes

Bésame mucho

Me presenté en la editorial a la hora en punto. Antes estuve haciendo tiempo en una terraza. Recuerdo que pedí una sin alcohol y me pusieron como pincho una generosa ración de paella. Mientras separaba algunas cáscaras me fijé en tres jóvenes que había sentados enfrente mía hablando italiano en alto, dos chicos y una chica, los tres altos y chulos. Alternaba todo eso con echar vistazos al reloj. Era octubre y yo vivía en un antro de Madrid. Era feliz o eso me creía. Poco antes de ese día, un viernes noche, llegué demasiado borracho al búnker y tropecé con una pieza salida del parqué, cayendo como en un KO de cabeza en el pasillo y abriéndome una brecha en la frente. Entré en el baño y me lavé. Al día siguiente tenía motas de sangre seca en la frente, pero la herida ya parecía cerrada. Después de lavarme de nuevo y tras comprobar que este se trataba de un sábado normal con una resaca normal decidí coger la botella de Ken Lough que tenía a la mitad encima del armario y, tras darme una ducha y vestirme, bajé a la calle para destinarla en el sitio de los vidrios. Mientras iba en el ascensor recordé haber besado en los labios a la, seguramente, muchacha más fea de uno de los bares entre los que me encontré y, también seguramente, de todos en los que estuve. En cualquier caso fue un alivio que no hubiese aparecido en mi cama ese día. Un día estupendo, salvando los recuerdos borrosos de la noche anterior, entre los que, aparte del affaire no correspondido con una especie en extinción de un insecto de la familia de los orangutanes, también me había metido en alguna pelea y salido derrotado de un simple empujón que me llevó a tirar la mesa de uno de los bares, aunque no me dolió. Lo de la brecha en cambio fue un pinchazo directo al cerebro y antes de lo narrado anteriormente estuve un tiempo aferrado al frío suelo como si eso me curase del dolor no ya de la brecha solamente, sino del dolor en general. Cuando llamé a la puerta de la editorial (Lengua de trapo) me abrió Fernando, que estaba solo, y enseguida me regaló un libro que no llegué a terminar, pero que no pintaba mal. Luego bajamos a una cafetería a hablar de unos cuentos que le había pasado y me felicitó de entrada, exagerando, porque mi manuscrito era el primero o algo así que le habían pasado en el que no había que retocar ni una coma. Tras decir esto de inmediato intuí la negativa de publicarlo. Se trataba esta vez de unos cuentos, como ya he dicho. Mientras hablamos tomamos cafés a los que me invitó él (yo, por mi parte, recuerdo darle cigarros porque se le habían olvidado o algo así). Me estuvo contando teorías. Eran todas locas, como no podía ser de otra manera. En juego entraban la imagen literaria, Beckett y no recuerdo muy bien qué más. Le dije que me hubiera gustado trabajar con él. Él me dijo que identificaba demasiado los textos con mi historia personal y recuerdo preguntarle que de qué se podía hablar si no era desde ahí, aparte le invité a pensar si acaso podía evitar compartir que estaban llenos de fantasía y, por ejemplo, crimen, entre otras cosas similares que tenían que ver con los géneros (cosa que parecía apropiada en aquella época para pertenecer al catálogo de Lengua). Cuando lo dije sentí de inmediato la necesidad de disculparme, pero no lo hice. Quizá sea lo más sensato que me ha dicho nunca un editor sobre algo mío. Nos despedimos con la cosa de vernos en otra ocasión, pero la vida sola hace lo que quiere con cada uno y, la verdad, mis pasos no han vuelto a meterse por allí. Recuerdo darle las gracias por el café y la charla y desaparecer camino de otra editorial (Península) donde Desirée me regaló un libro de un amigo común, o al menos así era por aquel entonces. También lo tengo a medias. Cuando regresaba a mi destartalada cueva donde al menos había cama, armario (aunque desvencijado), computadora y libros pregunté cuánto a algunas putas del Este seleccionadas al azar. Me quedé con la segunda porque la primera me pareció una auténtica zampabollos y, antes de proceder donde tenían instalado el chullo, nos hicimos carantoñas. Pagué. La puta se llevó el dinero y volvió en seguida. Le dije que el mundo era una basura y no me refería precisamente a que no estuviese erecto. Al final conseguí una erección bastante pobre y moví esfínter. Intenté morderle una teta, pero no se dejó. A cambio me preguntó qué me pasaba seguramente porque había detectado alguna lágrima cayendo por mi cara. Me senté y le dije que mi polla era una mierda. No, dijo, tu polla es buena. Recuerdo que casi me entran ganas de reír. Me dijo que probáramos en la postura del perrito pero le dije que me iba a vestir ya, que había estado bien, mentí. Me dijo que no estuviera triste. No lo dijo exactamente con esas palabras. No puedo recordar exactamente lo que dijo, pero sí fue algo así. Le dije que la vida me sonreía, y era completamente cierto. Como no había gastado mi tiempo, la prisa se mantenía acostada boca arriba en la cama con el coño rapado al aire. Le di un besito ahí y le dije suerte y le llamé por su nombre. Cuando ella ya se estaba lavando la cosa para otro yo ya salía por la puerta que me llevaba a otra puerta y otra hasta poder respirar de nuevo el olor de la libertad. Y entonces sí lloré como una mamarracha y me duró hasta llegar a la cueva. Una vez allí me puse el bolero Noches de ronda interpretado por Nat Cole mientras aprovechaba a echar unos cigarros en la cama y me dedicaba a recordar a mis muertos, casi todos santos y entre las cosas que había perdido surgió la anécdota del joven Art Pepper (Junior) que, en una ocasión, se encontraba haciendo ruido mientras sorbía de un tazón de sopa. Su abuela estaba convencida de que un día sería famoso y le solía decir: En la vida vas a relacionarte con personas distinguidas, y por eso te conviene tener buenos modales. Cuentan que una de las veces en que se lo dijo, el joven Pepper contestó: ¡Voy a ser un músico tan famoso que dará igual si tengo modales o no!
Encendí otro cigarro antes de mirar un mamotreto que debía estudiar para una porquería de clase. Terminaría optando por la opción “trabajo” consistente como resultado inventarme una entrevista con Fedro inspirada (nótese el eufemismo de plagiada) en la que ya había realizado del propio Fedro Manganelli en su maravilloso libro A y B (que la maestra no iba a conocer ni de puta coña), aparte mis desordenadísimos conocimientos sobre Platón, El banquete, claro, aunque eché mano de La caverna, reconozco, por chulería. Recuerdo haberlo entregado pero ya había desaparecido de esa vida cuando les tocaba devolvérmelo y hoy en día estoy en el porche de casa de mis padres, sea la hora que sea, unas veces con un café, otras con una cerveza, brindando conmigo mismo por algunas cosas sin importancia, quizá por todas esas que no he hecho en mi vida. Idioteces en realidad como la pregunta ¿Me habré enamorado? Y la respuesta: seguramente jamás. Qué coño, y es cierto. Tampoco es que sienta un especial orgullo ni nada que se le parezca.
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2 comentarios:

Luna Roi dijo...

Cómo me gustan las putas!!!

Alberto M dijo...

a mí me gustan también, para hablar y verlas y eso. Para follar prefiero a un mono.
Un abrazo