viernes

Anything goes

La conversación telefónica había empezado mal y cuando comenzaba a llegar a su cenit ella dijo que no podía amarme porque yo era tan bueno ¿? Menuda mierda de conversación. Dije que no era bueno, que era un cerdo y que la próxima vez se la iba a meter hasta que se desangrara por las orejas mientras le hacía repetir esas palabras. No contestó de inmediato. Al rato dijo: Antes, cuando decías esas cosas, te tenía miedo. Yo respondí que antes no me importaba una mierda. Qué coño estaba haciendo con otros tíos podría traerme sin cuidado, pero no era así. No lo mencioné. Me recordó el día en que un jefe mío de la literatura que me pagaba una mierda por mi trabajo intentó meterla mano a mis espaldas y terminó emborrachándose como una cuba y entonces yo, que había bebido lo que ella o más, le llevé prácticamente en brazos a su casa, que estaba a tomar por culo. Se rió y me dijo que me recordaba pelándola naranjas o mandarinas o lo que aquello fuera y exprimiéndolas en su boca. Le dije que al día siguiente el jefe que había intentado meterla la lengua en la boca me llamó a ver qué tal había ido todo. Yo ya no vivía o vivía sólo para recordar. Ella me dijo que siempre leería mis diarios. Me toca los cojones, dije. Luego dije: Te necesito. No, dijo ella, no me necesitas. Sí, coño, dije. La verdad es que la necesitaba porque no sabía qué carajo podía necesitar. A lo mejor ella tenía una pista de lo que necesitaba. Me imaginé en su cama metiéndola y sacándola, le dije que la tenía dura. Nunca llegó a decirme algo parecido a que no le atraía sexualmente, pero podía ser así. Respecto a ella yo no podía pensar en una mujer que no me atrajeran sexualmente en ese momento. Colgamos y un día después tenía una cita medio a ciegas con una de un programa de internet. En la foto parecía algo, pero era una flacucha con dientes y cara de caballo por la que ningún tarado pagaría dos euros por una mamada. Pensé que no tenía por qué tratarle mal y hablé de libros con ella o de lo que surgió y la invité a una caña y café. Cuando yo terminaba de decir algo recobraba su mirada del suelo y miraba con una sonrisa de putilla engreída que casi me devuelve a una realidad que implicaba que yo era capaz de follar con ratas, cosas parecidas recuerdo de las juventudes de Valseca y las de un colegio de pago donde nadie me quería si no era para intentar colocarme algo. Terminaron por apreciarme porque yo no era un chivato de ningún tipo. En aquella época lloraba con facilidad. Mis viajes al conocimiento de la basura estaban a punto de iniciarse y miré esos años mientras la tipa que estaba enfrente sorbía de su café y soltaba la perlita: Yo nunca invitaría a un hombre a tomar algo. Me daban tantas ganas de mandarla a tomar por culo. Y, al mismo tiempo, qué clase de persona hubiera sido... porque yo estaba muy dispuesto a pensar en qué tipo de persona podía ser y a lo mejor, en el peor de los casos, era solamente el buen chico a la que se refería la del teléfono, ese posible amor en el que hoy pienso, si es que pienso, quizá no amé jamás. Yo amaba a una chica que olía a colonia y estaba dispuesta a sonreírle coherentemente a un vaso vacío. María o algo así. Una desconocida, al fin y al cabo, que se rió de mí, pero que al menos sabía, por ejemplo, quién era Trotski. La estúpida del café me dijo que le gustaba un escritor que resultaba... era un escritor que conocía mi desconocida obra y la adoraba, supongo. Era un tío que me había escrito un correo diciendo eso, al menos, y al que no repondí por considerarle un plomizo y un trepa, aunque la realidad es que en nuestra relación quizá era yo el que podía trepar sobre él, pues él, al fin y al cabo, era algo conocido. Nunca he trepado, no soy de esos. Lo he dado todo, incluso por gente importante y hasta me he involucrado emocionalmente, pero no he sido un trepa, igual que no fui un chivato en la época del colegio donde se reían de mi llena de costras cara. Volví sobre la conversación del escritor que le gustaba a la chica huesuda como si no fuera conmigo ni toda esa vorágine de incongruencias hubiera cabalgado por mi mente en tan sólo dos segundos. Bueno... no conozco mucho de lo que hace, dije y no mentí. No dije que me leía, no dije nada. Ya era hora de que ese saco de huesos presuntuoso se fuera de mi vida. Le acompañé al metro sintiéndome, con justicia, un caballero y me fui a la tienda de discos, donde me tomé un par de cañas con Montse. Me preguntó qué me pasaba y le dije que estaba pensando en escribir una especie de cuento en el que el narrador veía en la luna llena un conjunto perfecto de esperma gobernando la noche. Montse nunca ha leído nada mío porque lo suyo es la música y, quizá, como yo, no lee a amigos más allá de los fantasmas de Miles, Billie o Art Pepper (ese jodido libro de culto llamado Una vida ejemplar, una de las mejores cosas que me he visto leyendo). ¿Qué hacer con el personaje que mira la luna? ¿Le convierto en un superhéroe, un tipo Charles Bronson o termino haciendo lo de siempre y contando mi vacío existencial a través de él? Compré un disco del trío de Brad Mehldau y, también, recuerdo, la biografía de Laurent de Wilde sobre Thelonius (que aún no he leído) y después de despedirme de mi amiga me fui andando camino de la nada que puede ser el metro de Tribunal. Mi gabardina me protegía del resto de paseantes, usuarios del transporte público. Al llegar a casa volví a llamarla (a la chica del principio, se entiende). Las dos primeras veces no lo cogió. A la tercera sí. Le dije que necesitaba echar un kiki. Me dijo que no estaba para hablar y matizó que menos aún conmigo. Le dije que yo era un cabrón. ¿No veía ella que yo, por fuera de mis diarios, no tenía vida alguna? ¿No veía que sólo era una coraza contra el dolor que procuraba guardarse a estas alturas hasta de la bebida? Lo peor era que sí lo veía, casi lo veía con la intención que yo, pero sin intensidad alguna. Decía quererme como medida para confiar en sí misma como una persona con principios, buena, sensata, con un pequeño toque de divina que en persona se realizaba mucho más, aunque a mi entender su carisma residía en el olor de su coño, la verdad. Pero tampoco, yo estaba también intentando a mi manera concederla un sentido. No era sexo, nunca lo había sido, lo que nos unía. Era otra cosa. Una comunión como de hermanos mongoloides que no decían no nunca al paripé que se ofreciese. Olvida lo del kiki, yo te quiero, ya me conoces. Me dijo que en verdad prefería escucharme a leerme, aunque seguiría en su vida para siempre. Tú a tu manera sigues también, dije, y luego ya no teníamos más que decirnos. Creo que no somos nada guapos y eso es lo que nos pasa. Si fuéramos guapos seríamos, no sé, guapos, podría haber dicho, pero me callé. Seguimos hablando, me contó algo sobre su trabajo y luego nos despedimos durante varios meses sin saber nada del tiempo que pasaría.
Miré a mi alrededor y no reconocía mi casa. Recordé otra perlita de la chica con la que había quedado: Un hombre nunca se podrá comparar con una mujer. Añadió: Sencillamente somos mejores. Lo hubiera entendido si eso hubiese salido de los labios de cualquier otra, lo reconozco. Borré su número del móvil y volví a mirar la habitación como sin saber qué era eso. Al rato me acerqué a la ventana y recordé la imagen de la luna llena compuesta de semen, pero, ay, desde mi ventana no se veía la luna.
Pensé en cerveza y en otras cosas. Eché mano del haloperidol, que nunca falla. Apenas había bebido dos chupitos de tequila y un par de cañas y notaba mi estómago girar como una centrifugadora. Vomité la tortilla que me cené mientras estaba al teléfono hablando con mi amor o lo que eso sea, destilando las últimas anotaciones de Burroughs en su diario: Amor, el mayor analgésico que existe... Los trozos de vómito quedaban estupendos bordeando la parte baja de mi barba mientras me contemplaba en el espejo con los dos ojos llorosos por el esfuerzo de la vomitona, a la que había ayudado de alguna bocanada a un pitillo. Yo no era un hombre. Quizá lo fui una vez o dos. Sólo por eso escribiría ese jodido cuento en que no había dios que pudiese mirar desde la perspectiva en que se encontrara una luna llena hecha del esperma de la humanidad rodeada de maravillosas estrellas supurando alegría, fé y sobras de maná que caían como confeti en las cabezas de los asistentes a un partido de fútbol en homenaje a algún pavo real o una paloma.
Me encantó el disco.
.

4 comentarios:

The Night Stalker dijo...

De verdad, me encanta como escribes.

Alberto M dijo...

hombre, hola por aquí. Pues es de agradecer.

Anónimo dijo...

Te dije alguna vez, llega o no llega. Llegó... y llagó. Escribirte acá se me hace frío.
Besos. Cris.

Ly Rubio dijo...

HOla, hoy quede sin comentarios, contemplando esa luna que lleva a la humanidad en sus rayos prestados de luz, excelente forma de atrapar la imaginaciòn de quien te lee y siente, un abrazo Alberto :)