domingo

Un yonqui

 Nos han sacado del sanatorio esta mañana y hemos comprendido, mirando un escaparate, los cuatro a un tiempo, que éramos de mentira. Mamá, papá, mi hijo y yo, miramos un mismo traje en el que meternos un día, cuando ya no necesitemos taparnos con nada. Mi hijo ha dicho a abuelo: Tengo frío. Mi padre no tiene lengua y ha señalado el escaparate. Mi madre le ha dicho que el traje es bonito. Y luego ha dicho que es porque es rojo y con botones amarillos. Nos hemos cogido y apretado las manos los cuatro, y mi padre ha decidido con la lengua que no tiene que somos los cuatro un mismo órgano vital con forma de huevo del que puede salir un buitre o una paloma en cualquier momento y echarse a volar sobre el cielo del sanatorio. No es “no han hecho nada por nosotros”, es “hicimos por ellos hasta que la digestión se produjo” Es “el cuerpo hace su función”. Nos dieron el alta, acuerda mi niño. Le digo que puede llamarse como quiera, como le dé la gana, porque él, a diferencia de nosotros tres, es fuerte. No es “la abuela lo considera un hijo suyo” es “mi madre acepta mi inexistente culpa como una doblez de la existente suya”. No obstante, ambos aceptamos que la culpa, existente y actuante, es de los hombres que nos han sacado del sanatorio. Han sido amables. El cinismo cultivado con paciencia produce este tipo de histeria, dice la lengua de papá desde el sanatorio, y añade: La histeria la produce una máquina que no se estropea nunca. Sólo las cosas buenas las producen trastos que perecen. Miramos el escaparate. Es por la mañana y hay más luz afuera que dentro de la tienda en la que hay el traje rojo con los botones amarillos. Regaño a mi hijo, le digo que ese traje no es un juguete, aunque sabe que estoy equivocado tanto en regañarle como en que no sea un juguete. Comienza a llover sensiblemente, pero de nuevo con las manos nos apretamos los cuatro y ya no nos mojamos. Le digo a papá que le voy a regalar una lengua nueva cuando tenga dinero, pero él me dice que lo primero es que no dejemos de apretarnos las manos. Mamá, debido a su inocencia, dice preferir que nos caigan gotas y mojemos en los charcos e incluso con barro y ganar dinero en las antiguas farmacias para invertir en la voz de papá. Mi hijo conoce bien la diferencia entre voz y lengua y acuerda que lo que duele no es la voz sino la lengua. Mi padre, como compensación por su insobornable sabiduría, le da un sugus. De nuevo, nos apretamos las manos y, llegado un momento, las nubes desaparecen y sale el sol; no un sol espléndido, pero sí probablemente el mejor al que podíamos aspirar, visiblemente dañados por la ausencia de luz solar durante tanto tiempo. Madre se enfada con el aspecto que dice tener, aún produciéndola su enfado un aspecto menos saludable. Mi hijo sonríe para abajo, y separando las manos, primero la señala a ella, después a su abuelo, después a mí y después nos da las gracias por mostrarnos humildes como una pequeña tragedia no escrita, pero que él escribirá cuando sea mayor y nos recuerde. Somos un órgano seriamente dañado que se extingue mientras separa la otra mano y, dejándonos mirando aquel escaparate, se disgrega finalmente de nosotros, cruza la esquina y procede a entrar en la tienda. Paga el traje con mi tarjeta de crédito y asume mi identidad enseñando el carné de su abuelo. Mamá, papá y yo nos quedamos mirando desde la calle cómo se lleva el traje rojo con botones amarillos. Lo vemos salir con él puesto, pero sabemos que está perdido y que seguramente convenga en refugiarse en la casa donde convivíamos el órgano completo bien con un principio o con un deseo que, acordamos la lengua de padre y yo, son una misma cosa. Madre prefiere llamarlo vida. Padre, debido a su coqueteo con la producción, quisiera reunir, en este momento, todos esos conceptos en el de proceso, pero no tiene fuerzas dice, para decirlo, y añade: Está empezando a llover de nuevo. Sí, digo yo. Es verdad, - dice mamá - y, además, hace mucho frío. Tampoco tenemos manos ya. Sabemos que están todas metidas en el bolsillo del traje rojo, junto con las de mi pequeño que, llegará a casa y, quizá, coma algo antes de acostarse bien tapadito y soñar con nosotros.
.

2 comentarios:

Ly Rubio dijo...

Genial,... por un instante mis manos estaban en el bolsillo del traje rojo tapandome los ojos mientras leia,... Que te sea como desees :)

Alberto M dijo...

sutil procedimiento taparse los ojos mientras se lee, pequeña Ly. Un besote