viernes

Guateques de la memoria

Terminado el libro-film Las últimas palabras de Dutch Schultz, de William Burroughs, aún sobre la mesa, al lado del cenicero mientras suena el Chet Baker in Milan. No tengo sueño, una mosca ha venido y la he permitido que me diga los motivos de su visita, la cuál no esperaba hasta más entrada la primavera. (Probablemente ahora me dé por coger de una vez Los detectives salvajes. Lo tengo a dos pasos, pero supongo que dos pasos en este momento es una idea que he de considerar). En la correspondiente hilera de libros hay muchos anagramas (Michon, Bukowski, Banville, Modiano, Capote, Carver, Bernhard, Hunter S. Thomson, Harold Brodkey...). Bebo cerveza sin alcohol mientras escucho los ronquidos de mi padre. Mi tranquilidad es absoluta mientras mis planes de volar hacia México se esfuman a la velocidad que un pínfano de cigarro cae al suelo. Mujeres, chicas traviesas, que te recuerdan una vieja canción de una cuna mecida por la mano del viento de marzo, que es donde de veras terminas metiendo todo tu cuerpo, apretada la cabeza sobre una almohada llena de humedad que contiene un par de sueños ya obtenidos en un pasado reciente. Enciendo otro cigarro y hago una pausa en el escrito para sacar con la cam una foto de mi polla, a la cuál observo resplandeciente en esta noche de marzo cualquiera, un simple jueves de fútbol europeo y alguna que otra llamada desesperada (mujeres de mierda, putas). A veces he dicho que soy el asesino y he colgado. Finalmente reparé en que no debo alargar los números de la factura y fue entonces cuando me decidí a leer, tras verme un par de partidos (aproximadamente unos 14 cigarros). Hace relativamente un mes tenía a una puta top model filipina sentada encima mía dejándose hacer, pagaba sus mojitos en lo que metía un par de dedos en su braguita y reparaba en sus manos, que parecían las de Nosferatu cuando agarraba el vaso para acercarse a la boca la pajita. Me dejaba tocar muy a regañadientes por esas manos. Su mini la llevaba a ras de coño, que estaba adornado por una pelambrera al rape. Cuando se acordaba de que ella era alguien se levantaba y yo tenía que dejar de hacer, entonces chapurreábamos unas cuantas frases en inglés que yo no entendía, aunque igualmente no hubiera entendido a esa furcia si hubiese sabido español. O algo más que: Amorrrr, cómprame zapatos, amorrrr. No la compré zapatos. Mojitos y punto. Un día la invité a pizza. Y un día me dio plantón. No respondí a su disculpa por e-mail. Y eso fue todo. Yo en adelante querría huir a México, casarme quizá... bueno, aún estoy a tiempo de hacerlo. Una seria duda sería qué libros llevarme. He de reconocer que Chet Baker en el concierto de Milán (ni puta del año ahora) está bastante inspirado. Yo no, tecleo a la velocidad de un saltimbanqui y mi cara guarda el mismo falsete que la suya. Es una cara que no quiere dormirse. Me pasa mucho. Posiblemente soy un alma descarriada (Amélie, sálvame). Es sólo una intuición, el efecto de ahora, regulado con una moderada dosis de haloperidol, es como si tu vida hubiera pasado demasiado deprisa y sólo unos pocos momentos prevalecieran en el presente mostrándose a cámara lenta. Veo a la puta de la filipina en el día en que me dejó plantado no estando en su lugar. Y también veo otras cosas. A la llegada a casa del hospital donde mi abuela falleció de un infarto hace cinco años, fui incapaz de subir las escaleras que conducen hacia mi cuarto, eché mano de un Rexer, que siempre me ha surtido mucho efecto de cara a coger un sueño largo, y me tumbé en el sillón del comedor. La droga hizo su efecto y me dormí rápido. Durante el sueño pude ver cómo las manos de mi abuela cogían mi cabeza poniéndola en vilo, para a continuación traspasarla líquidamente a través de mi cráneo y empezar a notar yo cómo se calmaban todos mis centros nerviosos, respondiendo con una elevada carga eléctrica. Me levanté el primero para encaminarme hacia el tanatorio, me duché, vestí y la gente comentó de mi entereza, de la que, en principio, dudaban, ya que era la mujer con la que había compartido toda mi vida. Incluso en el entierro no recuerdo dar importancia a las voces de dos chavales que dijeron respecto a mí exactamente: ¿Te imaginas vivir como ese, sin sentimientos? Ni siquiera les miré. Me la inflaba. Recuerdo estar con ella sentados uno en cada sillón compartiendo telenovela. En aquella época yo había cedido a la ausencia de la palabra y apenas hablaba, me limitaba a llorar frente a los acontecimientos de la telenovela de turno, frente a esos dramas de ciegos que encuentran el amor y viejas brujas que echan veneno en su café. Eran finales de los años 90 y mi vida había finalizado, en mi nicho apenas había flores, todas ellas secas, pero, en fin, la vida siguió. Asistí en pijama y sin lavar a la facultad de bellas artes de Madrid, tampoco me afeitaba, como ahora, casi nunca. Bebía mucha cerveza. Tampoco tardó tanto tiempo en llegar la alegría. A veces me pillaba estando y otras, otras yo no estaba. Como la puta filipina a mediados de febrero. Aunque yo no pedí disculpas. Por mucho que me esté refiriendo a la alegría, motor de la vida y única ocupación noble a la que puede uno aspirar en el día a día, como han recordado, por ejemplo, Stevenson, Kafka o Keats. Tengo suerte, recibo respuestas, a pesar de no haber mandado ningún e-mail. Son todas primaverales. Y dentro de una semana hago 35 años (habrá guateque). Finalmente, vivo. Incluso libre. ¿Quién lo diría? Ni en la peor de mis pesadillas lo hubiera imaginado.
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2 comentarios:

Luna Roi dijo...

en mÉXICO SERÍAS FELIZ. Aquí son ellos quienes TIenen el reloj, ALlí tú tienes el tiempo; fue mi paraiso Un tiempo no más feliz pero sí Mas iNTenso.

Lu

Alberto M dijo...

Eso me dicen. Es muy posible que vaya, e incluso que apenas vuelva.
Un beso