lunes

De entre mis ejemplares suicidios

Me cuesta entrar en algunas cabezas últimamente, trocear el pensamiento que ha marchitado la flor de esta tarde. Quizá el error proviene, como no podía ser de otro modo, de mi modalidad inconsciente, que se regresa a abrir las puertas de mi esquizofrenia paranoide, que creía enterrada hace la friolera de doce años y que tantas escupidas obras ha dado a la humanidad de nombre España, tanto dibujísticamente como escritos, cartas a un Dios que, es sabido, sólo habla con la etnia bubi, el único idioma que conoce. La esquizofrenia la vivo en un 19 de marzo sentada a mi lado diciéndome al oído las palabras que no quiere que aparezcan en este texto. Simplemente puedo perder el control, pierdo el mando... y luego lo busco entre los monstruos. Leo el nuevo libro de mi amigo M. sentado en la cocina, cada dos páginas tiendo tres pipas (mojadas de haloperidol) a Charly, mi loro. Él, el pobre, también tiene, como yo, esquizofrenia paranoide. Hemos de tratárnosla el uno al otro. Mi amigo M. el escritor del libro que estoy leyendo al tiempo que Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, a quien no conocí, no tiene esquizofrenia paranoide, y se limita a mezclar flores con putas en sus escritos. Yo, mientras leo, asesino ambas modalidades de un mismo avatar en una red social cualquiera como facebook, que es donde doy lecciones magistrales de cómo perder la cabeza en la era de las redes sociales. Recuerdo la era del pan de molde, mi generación. La filosofía de Lévinas. Un muñeco diminuto, es Deleuze abriendo la boca, mis lágrimas la esquivan. Encuentro sorprendentes anotaciones mías en el libro que escribió junto con Guattari “Kafka. Por una literatura menor”. No tienen ningún sentido en este año. No las voy a reproducir. Si las reprodujera pasarían a tener sentido y, hoy, prefiero masticar irracionalidades. Algo irracional es un bidón de mostaza a la entrada de un circo, creo. Yo he visto uno, cuando me llevaban a circos. Ha sido mi cumpleaños y lo hemos pasado muy bien. He recibido visitas de amigos artistas que me han regalado libros que he ido colocando encima de los que adornan la estantería principal. He cumplido 35 años en el cuerpo de un niño de tres días y medio, en la hora de la siesta de un viejo con olor a caramelo de menta. Cada lunes visito los jardines y saco sugus de la gabardina para dárselos a los niños de los toboganes. Es una sencilla provocación. Después de eso me desabrocho la gabardina y enseño mi desnudez a las madres, que llaman a la policía, que me ha detenido ocho veces, aunque siempre sin cargos. Amo a mi pueblo. Veo crecer las rosas en el jardín de mi vecino. No he plantado marihuana este año, ni opio. La noche es una amiga que abriga mi cabeza con una bolsa que me produce asfixia para, a cambio, no se posen moscas sobre mi cara. Las moscas son también, como M. sabe, monstruos irracionales. M. es un escritor al que no le va nada mal en el mundo editorial español. A veces comemos juntos y una vez le dije que yo a su libro (me había dejado el manuscrito previamente) lo llamaría Moscas irracionales. A M. le gustan mis ideas aunque, debido a su insobornable sabiduría, las deshecha por vivir en otro tiempo, seguramente futuro. M. es de tomar café caliente con una gota de leche fría y sin azúcar, y así es como le gustan a M. todas las cosas de la vida, igual que el café caliente, con una gota de leche fría y sin azúcar. Yo no, yo el café lo tomo de muy distintas maneras desde que nací hasta hoy, que en realidad ha sido el transcurso de una pobre siesta. Un sueño, al igual que la vida persiguiendo un plato de arroz con tomate. Un sueño cargado de futuro, bondad y, sobre todo, paciencia. Allí juego con mis niños, que son yo en la edad en que las fronteras del tú y el yo aún permanecen indefinidas, nos lanzamos a la tierra y rebozamos en la hierba. Mamá es la capital del mundo, de su mano nos perdemos en otra capital, y esa capital es la única que nos pertenece, el yo fragmentado, augusto en su infinidad de posibilidades, convertido en bienes, males y comida para peces. La pecera, con el tiempo, hay que pagarla. Es una ocupación diaria, al igual que rezarle a las velas que rodean las fotos de los desaparecidos. Sobre el único barco posible, naufragado hace años en la marea de las imaginaciones, puedo descifrar el epitafio de Keats y hacerlo mío mientras me ahogo «Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua». Después no hago nada en particular, regreso a abrir el libro de M. luego de sentarme de nuevo. En esta cocina caben todos los relojes del universo, parados sobre la mampara. Charly, mi amigo, también náufrago, cuenta los segundos entre página y pipa.
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2 comentarios:

Ly Rubio dijo...

Charly es el amigo perfecto, observa y calla, a veces habla sin voltear a verte, es como el frasco de mostaza que viste en la entrada del circo, sus palabras tienen sabor pero tiene la tapa puesta y no dice nada, solo observa como la esquizofrenia te jala la gabardina para enseñar tus voces que a gritos dicen no soy yo es el destino,... Un abrazo Alberto, de tu amiga perdida en el desierto :)

Alberto M dijo...

Ya lo he tapado. A saber si duerme. A ello voy yo ahora. Un abrazo, Ly