martes

Casi un machote

Cansado de soportar las meadas en mi cama de los gatos de mamá, que en verdad eran los de todo el vecindario, metí dos camisetas, mudas y un pantalón en una mochila y fui hasta la casa de mi padre. Me abrió una negra con apenas la lencería puesta bajo una bata semiabierta. Yo dije: Hola, soy Alberto, esta es la casa de mi padre. Me miró de arriba abajo y después rió. Olía a porro. Pasa, dijo. Y luego gritó: Papaíto ¿Estás visible? Mira quién viene a verte. Papá salió del cuarto de baño colocándose un albornoz: Por un momento creía que era ese puto poli, dijo. Hola papá. Quiero vivir contigo, dije. No pasa nada, hijo, lo único los maricones, tienes que tener cuidado con los maricones en este barrio. Después me miró fijamente y dijo: Ya sé lo que vamos a hacer, vamos a servirnos un coñac y, mientras lo tomamos mi niño y yo, tú, Lupita o como coño te llames, nos haces unas mamadas. Va en serio, coño. Gritó papá. Mi hijo tiene que saber de qué va la vida, y la vida va exactamente de esto. Anda -continuó- pásame unas caladas de ese porro. Este coñac es especial, hijito, me dijo, y luego: quítate los pantalones, que esta niña la chupa de vicio. Mejor no, dije. ¿Es que quieres que te los baje yo? Ven, negra, pon cachondo a mi hijo y, de paso, me la tocas a mí otro poco. O espera, se me ocurre algo mejor... Cogió el teléfono y desapareció por el pasillo. Yo miraba a esa mujer de reojo. Me dijo que su papá era bueno con ella, aunque le gustaba dárselas de escandaloso. Yo le dije que tenía sueño. Me preguntó si estudiaba, y yo dije que sí. Muy bien -dijo- eso es lo que no debes dejar de hacer. Después me acarició la cara. ¿Cuántos años tienes? Dijo. 15, dije. Su mano iba bajando por mi torso de pelele. Aguanté la respiración. No sabía cómo saldría de aquella y, por otro lado, tampoco quería salir, aunque, para ello, hubiera preferido que mi padre no estuviese. Fue cuando mi padre volvió del pasillo con su copa de coñac en la mano -la mía reposaba intacta encima de la mesa- y dijo que estaba todo arreglado, pero que siguiéramos en lo nuestro. Mató el coñac de un sorbo y dijo: en veinte minutos está aquí toda la tropa.

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¿Dónde metemos al escarabajo? Dijo un grupo de tres negros nada más entrar por la puerta. El escarabajo era un cuerpo envuelto en muchas bolsas de basura. Aquí atrás, mañana os lo entierro, dijo papá. Joder, nena, estás buenísima. Dijo el último en entrar refiriéndose a la chica. Poco después vinieron más chicas. Había mucho humo en todo el salón. Finalmente, intuí que nadie me prestaba atención y cogí el vaso de coñac que mi padre me sirvió al llegar y me lo bebí de un trago, como había hecho él. Entonces vino una de las putas y me dijo que si yo no era demasiado joven. Voy a hacer 16, dije. Y le dije que estaba muy buena. Se rió. Esta casa es de mi padre, le dije. ¿Por qué eres puta? Niño -me dijo- ¿Y a ti qué coño te importa? Un tipo del este se sentó al lado mío y me dijo que pasara de las mujeres. Luego sacó una bolsa y dijo que era caballito loco. Entonces un manotazo casi le quita la cara de su lugar. Mi padre le dijo que no me enseñara esa cosas, le sentó mal, dijo que lo bueno era... quedó pensativo. Luego me mostró la otra mano, que estaba llena de esperma, y dijo: de esta pasta es de lo que estás hecho tú, chaval. Mi chaval ¿Te acuerdas cuando eras un niño y yo te llevaba al fútbol a ver al atleti? Pero ya no eres un niño. Tómate un coñac con tu padre, voy por las copas. Ah, y me lavaré la mano, dijo riéndose. Desde que lo dejó con mamá mi padre se había convertido en una persona entrañable.

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Dos horas después estábamos solos mi padre y yo y él insistía en abrir otra botella de coñac. Minutos antes les había largado a todos con una pistola en la mano y gritando que se había acabado la puta fiesta. Me dijo que le perdonase si se le iba la olla, pero que era por el crack, una sustancia horripilante que te crea nubarrones chocándose entre sí dentro del cerebro. Yo ya había oído hablar del crack. Los porros en cambio son buenos, dijo, vamos a fumarnos uno. Mi banga es la mejor del barrio, dijo mientras se echaba mano al bolsillo del albornoz. Ah mierda, dijo, se la pasé toda al idiota de Benjamín. Acuérdate de esto, es bueno compartir, pero nunca des más de un 30% de lo que tienes. A mí, ya te digo, entre las putas y el crack, hoy se me ha ido la olla. ¿Eso que han traído los negros era un cadáver, papá? ¿Alguien muerto? Claro, dijo, pero un hijoputa que está bien así como está. ¿Tienes hambre? Ellos los traen. Yo si son hombres los entierro o... bueno, si tengo apetito, los meto al horno y, pasados diez minutos, me los como. Son mejor que los pasteles que hacía tu madre si los sabes condimentar. Enumeró: sesos, hígado, algún que otro trocito de pulmón churruscado con extra de puré de manzana encima ¿Qué me dices? ¿Voy por la sierra? Le miré a los ojos. Me miró a los ojos. Había tanto amor en aquel saloncito. ¿Eh, estás pedo? Me dijo. Un poco, dije. Qué carajo, voy a prepararte una buena cena, dijo. Y desapareció escaleras abajo. A mí se me cerraban los ojines.

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4 comentarios:

Ly Rubio dijo...

Que puedo decir Alberto, es tan Tu, de realidad perdida en esa frontera de la fantasía... Saludos:)

Alberto M dijo...

tan Tu... procuraré adivinarlo, reina del mar

Luna Roi dijo...

Las etiquetas. Son las etiquetas lo que es pura pornografía. Pero como pornografía infantil de reirse de la palabra paja, manola. Hoy se puede decir -pero no hacer- casi cualquier cosa. Aunque a todos nos ensanchen un poco el culo cada día.
Lu

Alberto M dijo...

las etiquetas son una coña, Bella