viernes

Going home

A veces me siento enfrente de la ventana e imagino que pasan aviones que viajan hacia insospechados destinos, las caras de los pasajeros se me aglutinan en la traquea y no sé distinguir una de otra en la hora en que las azafatas reparten los utensilios para la comida. Será un viaje largo. Algunas veces estoy yo dentro del avión. Viajo hacia Morelia (México) con un libro en la mano (la biografía de Beckett escrita por Klaus Birkenhauer y traducida al español por Federico Latorre) que he comprado para regalar a cualquier ser inventado que vaya a esperarme. En el cartel que sujetará mi anfitrión fantasma, al lado de mi nombre, mal escrito, se leerá “Se aceptan propinas”. Anochece y la sábana preñada de azúcar sobre la vitrocerámica sustituye esa visión por la de unas crías de pájaro durmiendo. Han anidado en el jardín de mi casa y, las veces en que no imagino aviones en esa sucia ventana del tejado, les visito en lo que llega la madre que, en un principio, huye de mi manera de irme y así dejarles crecer en este aeropuerto de churruscados Ícaros comestibles. Soy bueno y hago los recados de la casa. En la panadería digo los buenos días y me atienden muy bien. En los días festivos de las grandes recepciones oigo el llanto de las langostas mientras se cuecen, pero hago como que no y, en lo que ese chirrío de llanto ultimísimo genera un tren descarrilado en mis imaginaciones, me abstraigo hablando con la novia de un primo venido de Grecia y que ha aprendido a decir Fresa tierna con perfecto acento segoviano. El cochinillo ya sangra sobre los platos de la mesa del salón y un invitado cuyo nombre no conozco y cuya cara ya se me ha olvidado bendice los alimentos. En un acto de ligera provocación echo mano del queso antes de terminado el pertinente rezo. Es de cabra. Poco después un tío lejano mío reparte el vino (cosecha del 96) en los anchos vasos. Vuelvo a la habitación, mi cuerpo está troceado en la maleta que usaré para mi viaje a Morelia, a saber aún cuando. Me gusta mirar esos trozos visitar comisarías, hacer preguntas sobre la consecución del pasaporte. Tras esas visiones toco los trozos para oír cómo crujen. Apenas noto dolor porque mi cabeza se encuentra viviendo en un tiempo pasado, remoto, rodeado de las tumbas de mis desaparecidos compañeros de camino. En Morelia (México) la vida es idílica y el clima maravilloso. La gente apenas se suicida allí (para eso ya está Austria, como se sabe, por ejemplo). Desde el avión veo el pequeño trozo que es España y disparo últimas balas sobre seres queridos que aún viven y crecen en la misma inocencia y viento que las crías de pájaro que habitan en el jardín de mi casa. Aprenden a cantar canciones que yo nunca conoceré. Abriré la biografía de Beckett que en realidad me he regalado a mí para mi viaje y leeré por encima en lo que llega el primer whisky en vaso de plástico a 5´50 eu. No olvidar: Chicles de nicotina. Atrás, agarrado en toda su forma por barro, queda un corazón aún latiendo, revoloteando de orgullo sobre la ponzoñosa charca, pues he tenido que inventarme un corazón nuevo. Compulsar el carné de identidad a mi llegada a la embajada tres días después. Comprar una pistola. Mi lista de cosas por hacer roza el ciento y pico mil. Ahora, por favor, dejar de pensar en eso. Concentrarse por ejemplo en alguna muchacha del avión o el libro o la película que saquen en las pantallas. Estaré mirándome, como hace un rato mis trozos dentro de una maleta, con harapientas ropas, aunque perfumado, sosteniendo un tercer whisky en vaso de plástico y chupando la boquilla de un plástico de mentol. El amor es muy agradecido. En el portátil llevo íntegra mi obra literaria (escribir, no escribir, escribir, no escribir. Esta margarita tiene cuarenta y pico mil pétalos). En ella residen a la manera de una composición de Juan Gris mis venas, que son un camino que desemboca en el océano que habrá abajo. En el trozo llamado España se queda mi borgiana biblioteca repleta de colecciones de música negra, son mi regreso, junto con Charly, mi loro, que no hablará y a saber si vive aún. Yo he prometido trabajar a mi llegada... en algo. Mientras, la novia de mi desconocido primo griego, vestida toda ella de felpa, me aborda en el pasillo de la mansión Masa y me pregunta en inglés cómo se dice felación en castellano. Imagino. Claro que... yo no estoy aquí. Y en una pared cerca de la casa leo "Mi domicilio exacto son los sueños".
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6 comentarios:

awixumayita dijo...

me ha enamorado usted con este texto. Incluso me había olvidado de que eras tú, Masa, quien estaba detrás de él. Hasta que he llegado al final, he visto ese 4 entre la e y la l y, cómo no, esa etiqueta magnífica "chicas a las que le pica mucho el chichi".

Pero el texto me ha encantado. Tanto como para haber sido capaz de leerlo entero pese al fondo rojo insufrible de tu blog.

:*

Alberto M dijo...

los hay más currados, mujer. Este es de diez minutos. Ya he corregido ese cuatro que tanto ha hecho que te haya venido a la mente.
Gracias por pasarte, ya sabes

Luna Roi dijo...

Habitar en el lugar donde la materia son sueños es agradable. Pero hay que hacer copia de seguridad: a veces, de repente, se borra todo sin más.

Lu.

Alberto M dijo...

encargaré una copia a Camps, Luni

Ly Rubio dijo...

Esa barda esta muy cerca de mi casa en el noreste de México, creo que ese domicilio nos hace vecinos, sueños reales envueltos en fantasía,... :)

Alberto M dijo...

nos conoceremos personalmente, querida