martes

Bajo la mesa del pollo y con una edificante cara de subnormal

El día en que me descubrí a mí mismo debajo de la mesa sobre la que iba a comerme un pollo asado observando el aterrizaje de las tórtolas al lado de las migas que mi yo sentado dejaba caer al suelo de la terraza colindante me vi cara de 18 años, acaba de superar el acné juvenil y me drogaba a menudo y me acostaba con una chica que no recuerdo en absoluto en hostales de mierda que pagaba ella (con tarjeta) me saludé como si tal cosa acto seguido de atarme el mantel al cuello y observar si cada cubierto estaba colocado en su correspondiente sitio. Poco después de ese estar bajo una mesa yo perdería la cabeza y fácilmente hubiera sido una leyenda (de hecho lo fui) si mi muerte hubiese venido de verdad y no sólo como una invención de gente que solía regodearse ante otros de mi amistad. Que yo sepa nunca he tenido amigos. Poco después, equipados con neceseres del programa Los libros de la 2 de TVE, llenarían mi casa de cámaras ocultas. Juancho Armas-Marcelo, ese escritor de mierda, me lo diría en el Hotel Kafka de mierda y yo le diría que ya lo sabía. Al parecer a él lo que le llamó la atención de mí videado hacía más de diez años era la obsesiva manera que tenía de masturbarme. En el año 2011 perdí la libido debido a unas medicinas venidas de la granja de desintoxicación (alcohol) y pude librarme de ello. Desde entonces hasta ahora, que abandoné mi relación con droga y alcohol, pasé a desentenderme del pasado. Los niños venían y se agarraban de mi dedo para cruzar la calle. Decían: gracias señor. Yo caminaba solo por Madrid. El resto era mi pensión mensual y leer. Eso soy ahora. Pedí vinagre para el pollo y procedí a comerlo. Me gusta salir a comer de menú una vez cada dos semanas, a veces lo hago acompañado, pero en esta no era el caso. Enfrente mío había unos albañiles a la izquierda y una pareja cuarentona a la derecha. Demasiadas voces en ese restaurante. Como mis problemas con el alcohol ya habían acabado definitivamente le dije al barman que me trajera un whisky con hielo, que me daba igual la marca. Empecé a escribir compulsivamente a la edad de 16 años. Entre mis obras está la vida del psiquiatra que atiende a Holden Caulfield en El guardián entre el centeno. Me ofrecieron un par de premios literarios que rechacé para no tener que seguir comiendo pollas durante el resto de mi vida escribiendo, porque era algo que tampoco iba a dejar de hacer por las buenas. Hace poco un amigo, en su entusiasmo heavy metal, me digo "pero si tú ya eres Samuel Beckett ¿Para qué vas a escribir?". Joder, yo leo a Lope como todo el mundo, le dije. Yo leo a Lope, ese es el santo y seña de nosotros, los escritores de la nada. Me llamaban genio, al igual que en mi etapa de dibujante, cuando era estudiante de la nada en la facultad de bellas artes de la universidad complutense. Tomaba (y aún sigo) química bloqueadora de los neurorreceptores. Difícilmente podía dibujar lo que veía bien fuera dentro o afuera de mi propia cabeza absorta bajo la mesa del restaurante con terraza. He sido homenajeado varias veces como artista y existe una persona en Mountain View, California, que ha leído cada maldita entrada de este diario (que supera las 400) al igual que otro desconocido, demasiado torpe, que quiere existir en mi mente como bulto. Mis padres leen mis entradas, también en las que asesino mujeres (en alguna mientras la horca hace su efecto meto mis dedos, definidos como grasientos, en su cosita y cosas por el estilo mientras permanezco atento al momento en que la vida abandona sus pobres cuerpos). No son cosas que no haría en la vida real si dejase, como en tiempos, decidir a mi esquizofrenia. Saco la cabeza a menudo a la superficie para hacer alguna broma, como quien sale a fumar un cigarro en horario de oficina, la mezclo con el payaso y con el niño, con el genio y con los inexistentes amigos del genio, promotores todos de su figura de hombre amenazada por un niño armado mascando un chicle que también es ese hombre. Todo torpezas, viajes, confusión. Bajo la mesa hay un hormiguero que tapo con el culo del vaso (ya vacío). Pido otro whisky. Es para celebrar que estoy curado. Tampoco puedo quejarme de las sesiones de alcohólicos anónimos. Allí me invadía la paz de Dios. Dios es bueno con la gente que juega a redimirse, pero redimirse es injusto para con la propia persona, para con la idea. A nivel individual es lo que extraje de mi lectura del Manifiesto comunista. Hice un trabajo sobre ello a la edad en que aparezco bajo la mesa, pero aquellos profesores de sociología eran todos una panda de engreídos. También leí a Hitler (aburrido), El Leviatán de Hobbes y alguna cosa más. Creía que mi inteligencia asimilaría con el tiempo esas ideas de administración y gobierno sobre las que el mundo giraba, pero nada de eso sucedió. Me desbordó mi imaginación de nuevo. Para quien no lo sepa es un barco hecho de papel que naufraga una y otra vez contra el mismo islote. El islote es una negativa a la experiencia y finalmente te ves recluido, imposibilitado para leer La montaña mágica (por poner un ejemplo de la época) en un parque de atracciones donde te han recluido para mejora de tu salud mental. La cobaya en la que te conviertes empieza a tragar las migajas de las tórtolas de principio de este texto y no ves más allá de alguien que está enfrente procurando que memorices unas cuantas reglas. Quedaba agarrarse a algún nervio remoto y escribir. Nada de eso se aprende en el exterior. Una vez escrito lo que sea se lo tiendes al recién adolescente de debajo de la mesa e interpreta. Tú no. Tú estás sobre el escenario, decidiendo si recaer o no en la travesura que, a buen seguro, crece en su cabeza extendiéndose como una gangrena sobre las idas y venidas de esos amigos que, en alguna ocasión, te han llamado para decirte lo siento por la muerte de tu abuela, la mujer de tu vida.
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