martes

El gordo (la primera semana en la taberna)

Hace menos de dos años estuve trabajando durante casi veinte días en una taberna. Entré por cosa de un tío mío y me hubiera quedado trabajando allí más tiempo si no me hubiese resentido de un virus C que conozco en mí desde que el mundo es mundo y yo puedo observar lo que en él acontece, incluidas asquerosas pruebas médicas y cosas por el estilo. El trabajo en la taberna era bueno para mí. Entraba a las tres de la tarde y salía entre la una y las dos de la madrugada y libraba los fines de semana. Era un trabajo fácil. En el segundo día ya conocía a la casi totalidad de asiduos y entre ellos había muchos chicos y chicas guapas, así como una pareja de viejos que apenas mantenía pellejo entre la multitud de sus caras pasadas por agua. En verdad no sé cómo hacía esa pareja para lograr un afeitado completo. Ella tenía muchos pelos debajo de las uñas y él apenas conservaba alguna de las caras que formaban entre ambos. Aún así debo de decir que ambos eran muy educados y, cuando les llegaba la voz para hacerlo, impartíamos conversaciones acerca de los animales de compañía. La señora prefería, recuerdo, los gatitos. Él decía que tenían muchos en casa y que les daban atún. A él, parecía, le gustaban menos los gatos que a ella, pero no le importaban. A veces vienen a dormir, decía, y se meten entre los dos. Cuando me pagaba con monedas podía contar entre ellas algún trozo de carne que al buen anciano se le había desprendido de alguno de los dedos. Y luego estaba el gordo. El gordo solía hacer aparición en la taberna a eso de las nueve. Iba siempre impecablemente vestido y vestía un anillo enorme que brillaba tanto como su calva. Fue lo primero que me llamó la atención de él. Luego supe que bebía gintonic. Lo pedía muy educadamente. De Beefeater, por favor. Y, cuando ya estaba puesto, pedía una hamburguesa de la casa, consistente en carne, lechuga, tomate, cebolla, queso, beicon y huevo frito. Le encantaba la mostaza, observé, al gordo. ¿Quiere más mostaza? Y el gordo decía: sí, por favor, si es tan amable. Le chorreaba por las manos hasta el suelo la mostaza, sí, al gordo. Luego bebía, sin haberse limpiado los morros, del gintonic, y una marca de mostaza enorme quedaba en el vaso. También le gustaba el ketchup, pero menos. Soy Sergio, me dijo el gordo el tercer día, miércoles. Sergio el gordo siempre tomaba lo mismo. En la televisión estaban echando un partido. Me preguntó si era de la copa de Europa. Dije que sí porque lo ponía en una pizarra que había leído a la entrada. El Real Madrid, dije. Le dije si quería un gintonic y una hamburguesa de la casa. Sí, dijo, por favor. Cuando le serví la hamburguesa le tendí muchos plásticos con mostaza. Me encanta la mostaza, dijo Sergio el gordo, muchas gracias. Era un día de jaleo en la taberna debido al partido, pero mientras limpiaba vasos y mesas no quité ojo a cómo se comía el gordo su hamburguesa, su anillo me brillaba en la cara cuando lo giraba de acuerdo con alguna de las luces de la barra. Por momentos incluso deseaba a toda costa que no se manchase su traje ni los pantalones y, efectivamente, era en el suelo donde aterrizaba toda esa mostaza que le escurría por la mano, no llegando a los puños de la camisa. Cuando le puse su segundo Beefeater me dijo que ya se estaba yendo el invierno. Yo dije que todavía se notaba algo de frío, pero que sí. Él dijo que la primavera le daba alergias y dio un primer sorbo a su segundo gintonic. Entonces, al unísono, un tipo vino a preguntarme dónde estaba el baño y marcó el Real Madrid. Dije que al fondo y fui al otro lado de la barra a atender a un joven que pidió cuatro cervezas más con el dinero en la mano. Al día siguiente el ambiente en la taberna era más relajado que la noche anterior. Observé que eran las nueve y media y que Sergio el gordo no había llegado, pero estaban los viejitos cuya carne era una incógnita. Eran muy amables cuando podían hablar. Él me dijo que lo primero que había hecho ese día había sido bajar a por churros. Él bebía mosto y ella clara de cerveza. En esos cuatro días no habían pedido nada de comer. Ni siquiera probaban los pinchos que yo les ponía, consistentes en una rodaja de chorizo o queso con pan, aceitunas o frutos secos. Al día siguiente, viernes, hablé de nuevo con Sergio el gordo, que volvió a pedir gintonic y hamburguesa de la casa. Me planteé si preguntarle o no, finalmente solté casi sin querer: ayer no vino. Me dijo que había librado, pero que había tenido un día malo, que su hija se había caído de una canasta y tuvo que estar en el médico del colegio. Pero no había sido nada finalmente. Ah, dije, esas cosas, como si a mí me hubiera pasado algo por el estilo alguna vez. Al parecer Sergio el gordo era un padre separado o algo así. Poco después Sara, la chica de la cocina, me dijo que Carlos (el jefe) y ella iban a tomar algo después de cerrar, que si quería ir con ellos. Le dije que una mientras miraba a Sergio el gordo comerse como un cerdo la hamburguesa especial. Yo no tenía nada en contra de comer como un cerdo y siempre que he estado solo lo he hecho, creo, no sólo miraba ese comer como un cerdo, podía ver cómo se juntaba esa manera de comer con lo orondo de Sergio y cómo se terminaba no manchando y cómo relucía su anillo y sus maneras al dirigirse a mí con su voz de niño y la expresión de niño en los ojos pequeños que tenía y su carne, tan blanca y, ahora, su hija en el colegio y su puta mierda de vida que no me interesaba realmente lo más mínimo. Ese día Sergio se tomó cuatro gintonics, miró su reloj y se fue como cualquier día. Yo me arrepentí un poco de haberle dicho a Sara que saldría con ella y con Carlos, que no me gustaba demasiado al igual que Sara, que tomaría una con ellos al cerrar, pero no había marcha atrás y tampoco manera de haber dicho que no, creo, cuando tuve oportunidad. Quiero decir que, debido a las versiones de mi tío, Carlos podía saber ya que yo no tenía excesiva vida social como para haberme inventado algo o, en todo caso, yo qué sé. Recuerdo que eran las dos y media cuando cerramos y el caso es que, efectivamente, fuimos a tomar algo. En el camino hacia el pub que les gustaba noté que había entre Sara y Carlos mucha complicidad, cosa que no mostraban en absoluto en el trabajo o, al menos, las horas en que yo estaba, si bien es cierto que a esas horas Carlos me había contratado precisamente para poder ausentarse él. ¿Qué tal lo hace Alberto? Preguntó a Sara en el camino. Ella dijo que me defendía. Yo les dije que tenía mucho sueño y que me tomaría sólo una. Mírale, dijo Sergio, y eso que mañana tiene el día libre. No como otros, dijo Sara. Ya en el pub pedí un whisky con hielo y fui notando poco a poco cómo iba desapareciendo mi presencia de la de mis acompañantes, que hacían chistes entre ellos y se tocaban las manos sin problema, como dos antiguos novios o lo que fuera. Acabé mi vaso antes que ellos y decidí quedarme absorto en mis pensamientos. Pedí otro y luego otro hasta que Carlos dijo que se iba y Sara se quedó conmigo. No lo entendí porque me parecía que no nos caíamos muy bien. Estoy pedo, le dije a Sara y Sara dijo que ella también. Y se rió muy histriónicamente. Vomité y ella dijo: Mierda, qué asco. Lo siento, dije. Te vas a tener que ir a casa, dijo. Sí, dije. ¿Quieres que te pida un café? Me dijo. Yo la dije que le estaba muy agradecido, pero que no se preocupase porque yo siempre llegaba a casa. Me dio un pañuelo. Le dije que gracias, que se lo devolvería limpio el lunes. Me dijo que se había quedado conmigo porque no quería irse con Carlos, que era un cabrón. ¿Sí? Le pregunté. A mí me explota, me explicó. Pedí un café y me serené un poco mientras uno de los camareros limpiaba la vomitona con una fregona. Lo siento, dije. No pasa nada, me dijeron. Y allí estuve con Sara, la cocinera, que me contó su vida desde que había venido de Rumanía y que Carlos era un cabrón. Se me pasó por la cabeza preguntarle si se habían acostado, pero logré contenerme. Sara me abrazó y yo iba a abrazarla cuando, al notarlo, se separó. Tú eres un típico chico normal, me dijo. Sí, dije. Un buen chico, añadió. No sé, sí, puede ser, dije. Luego pedí otro whisky y Sara un martini con limón. La noche era tan joven, a pesar del dolor, a pesar de Sara explotada, a pesar de las vomitonas y todo eso que tuve un pequeño momento de alegría y le dije a Sara: Tú eres una tía libre, colega, igual que el tío ese gordo que se come las hamburguesas cada noche. Rió. Qué gordo es, me dijo. Sí, dije.
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6 comentarios:

Marisa dijo...

Que magnífico narrador eres , he vivido al gordo a Carlos a Sara y al típico chico normal.

Hoy no comeré hamburguesas !

Alberto M dijo...

daría uña y media por una. Pero hay churros y el que no se consuela, en estas cosas, siempre es porque no quiere

Anónimo dijo...

Así que siempre dije Muchas veces en lugar de gracias y así me ha ido la vida. Creo que tengo que escribir una novela que se llame Muchas veces.
Mira, como el atleti :)
Un abrazo,

26 de octubre de 2009 10:57

Alberto M dijo...

abrazos gordos!

Yaolli Toltecayotl dijo...

muy buen cuento, me ha gustado mucho¡¡ saludos¡¡

Alberto M dijo...

thanks!