domingo

El animal despierta solo como el invierno (entrada nº 400)

Me desperté poco antes de que Alicia viniese, recuerdo el olor de mi orín que parecía whisky escocés y que me vestí rápido con la ropa del día anterior, abrí la ventana y entró a la casa una melodía de coches roncando, al mirar el reloj vi que había entrado bien el mediodía y también noté que, afuera, el frío cortaba. Me preparé una ensalada facilona y la comí mirando la hora, luego fregué el cuenco y oí las campanadas del viejo reloj de madera de roble que, en su esquinita del salón, escrutaba los demás rincones de la casa con medido cálculo. Al entrar Alicia me dio dos besos y luego se quitó sombrero y guantes de lana dejándolos encima de una silla de la entrada. En realidad me acabo de levantar, confesé, no hay nada que hacer salvo esperar momentos como este, lo que por otro lado me colma. En verdad la noche anterior, antes de echarme, estuve viendo estúpidos anuncios de teletienda mientras abría cervezas sin alcohol. Le pregunté si quería café antes de que hiciésemos el amor. Era una broma, dije después, y puse café para dos. Nos sentamos en la cocina, cerca de Charly, mi loro, a quien ella veía muy exótico. Pero ya te he dicho que sólo habla conmigo, le advertí. Me preguntó si picaba y le dije que efectivamente, salvo a mí, y no sólo eso, enganchaba, rebanaba y, finalmente, comía, tranquilo, como si todo aquello resultase parte de su vida de animal encerrado de por vida, con la escasa libertad de hacer a veces equilibrios por encima de mis hombros recogiendo carantoñas que yo le hacía a falta de un bocado mejor con el que entretener mi cuerpo de mendigo. Así dije, palabra por palabra. Alicia me preguntó si no tenía sacarina para el café. Yo le dije que tendría que buscarla. Déjalo, dijo, también me gusta amargo. Yo me eché dos cucharadas de azúcar moreno. ¿Cómo van los recuerdos? Me preguntó. Vacilé por un momento, dije que algunas cosas me resultaban muy confusas todavía y que algunas palabras me costaban, pero que procuraba ensayar a menudo cuando me metía en la cama o en las horas muertas. Alicia y yo nos conocimos antes de que yo me abriese el cráneo al caer por las escaleras de un cuarto piso. Al abrirme el cráneo salieron algunas cosas y una de mis ocupaciones era hacerlas retornar para luego, después, en una tarea aún más difícil, colocar cada nuevo elemento en su correspondiente lugar. Esto exigía terapias de observación y ejercicios de memoria. Escribir me sigue ayudando, le dije. Ella y yo nos conocimos en un seminario sobre fotografía en un pueblito de Ciudad Real, luego resultó que vivíamos en la misma ciudad y, en fin, como cualquier cosa que pasa en la vida, nos hicimos colegas a pesar de que no fuera precisamente la fotografía en particular ni tampoco nada en general lo que nos uniese salvo el reconocimiento mutuo, algo que podría considerarse cariño por ambas partes. He vuelto a dejar la bebida, le dije. Me dijo que mejor ni la viese. A partir de ese momento intenté que no toda la conversación resultase en mí y, menos aún, en mi recuperación cerebral. Le pregunté dónde se había comprado la camisa y dijo que era un regalo de su hermano por navidad. Después todo era silencio y yo recordaba las veces en que conocía a alguna muchacha en la pubertad. Oye, si vamos a estar callados mejor hacemos el amor, dije. Ella fingió que mis palabras habían salido de mi boca con cierta socarronería. Aquí no hay nada, le dije refiriéndome al pueblo, cuatro vacas, dos caciques y dos moros que las ordeñan para ellos. Ah, y cinco gallinas, pero no sé dónde están, dije. Ella dijo que no sabía dónde estaba y que le había dejado el novio, que no recordaba si me lo había dicho. No lo sé, dije e intenté animarla imitando a un mono subiéndome encima de la silla y dando saltos ¿Qué haces? Me preguntó. Comprendí la seriedad de su pregunta. Yo le dije que sólo pretendía animarla y acto seguido le ofrecí un cigarrillo que no aceptó. Yo sigo fumando, dije. En los dibujos del humo podía descifrar escenas de mi pasado tras el accidente, me inventé. En realidad no sé muy bien de dónde procedía el cariño que depositaba en mí Alicia. Éramos dos personas de humores muy distintos, casi me atreví a comentárselo esa misma tarde. Bueno ¿Y puedo ser yo tu novio? Pregunté. Tú no me gustas, Alberto, dijo riéndose como si la broma fuese suficiente. Yo le pregunté si había que gustarse y le dije que en verdad veía aquello del amor como una casa, un par de cómplices sonrisas y algún que otro revolcón. Le aseguré que para mí la belleza de las cosas era un baúl cerrado con nada dentro en un descampado rodeado de césped olvidado. Al mirarla fijamente vi que las ventanillas de su nariz temblaban, toqué con los ojos sus labios pintados por una cereza y sus comisuras blanquísimas y me repetí mentalmente las palabras “cereza” y “comisuras”. Por supuesto que hay más café, dije sin que ella dijera nada. Mi vida aquí es esto, cariño, le dije, si te pasas por mi habitación verás que hay muchos libros, también veo la tele, mis padres llegan sobre las nueve, la informé y, bueno, tampoco tengo dinero como para permitirme mucho más y, lo que es trabajo, poco que sea agradecido, aunque sí, a veces tengo alguno. Ella entonces me habló de la oficina y de que siempre tenía que coger muchas llamadas. Le pregunté si no salía por ahí a tirar fotos en sus ratos libres aunque conocía la respuesta de que había dejado completamente la cámara de lado. Le dije que yo guardaba la mía, aunque a saber para qué. Y ella dijo algo que me sorprendió en ella, algo que era simplemente “esos cacharros terminan cogiendo polvo en cualquier sitio”. Sí, dije, como entendiendo más bien que esas palabras que, quizá sin ton ni son, me habían sido tan extrañas en ella hubieran salido de su boca. Bueno, cambió de tema, te veo como siempre. Claro, dije. Tú estás bien ¿No? Y volví a lo del novio ese, ¿Qué es que te dejen hoy en día? A mí también me han dejado, dije. Siempre como quien no quiere la cosa, añadí. Eso o simplemente he tenido que desaparecer yo, y nunca dejé nota, la verdad. En realidad yo creo -continué- que, respecto a todo ese tipo de cosas estamos rodeados de tonterías, otros males que han sucedido antes nuestro y que se repiten en nosotros ¿De veras se puede evolucionar acerca de un tema tan raro como el encantamiento? Sucumbir, dije, es para mí ser feliz aquí con el loro, regresando de mi accidente, contemplando tonterías como un atardecer de enero. Y seguí, cuando todo va mal es cuando oímos nuestro pulso, una pulsación tras otra, la sensación siempre es que no cabemos en nuestro cuerpo, y seguí monologando. Ella no sé en qué orilla de la mesa estaba exactamente mientras yo hablaba. Luego dijo que había muchos cambios repentinos en su vida y que, bueno, por otro lado tampoco dejaba de ser ella misma, según notaba. Me permití resultar cansino y le dije que si nos acostábamos. Yo, le dije, podría estar haciendo el amor todo el rato que me quede de vida, y le informé de que eso también lo entendía como una tontería más. No hay nada que hacer en el mundo, sentencié. Eso nos pasa. Luego dijo que se marchaba porque quería ir a la peluquería. Mientras se ponía los guantes, no sé a qué son, me llamó animalito. Le acompañé hasta la puerta y nos dimos un abrazo y dijimos que nos veríamos, como siempre terminábamos haciendo, por otra parte, aunque de año en año. Al cerrar la puerta un puño golpeó mi pecho desde dentro, pero no abrí. Regresé a la cocina y, antes de ponerme a fregar, me puse otro café, miré a Charly en su jaula no decir, como yo, nada en absoluto, y bebí con la intención de ahogar a las bestias que, desde mi interior, querían mostrarse, aunque fuera sólo para decir que no estaban de acuerdo con la vida que llevaba, o con la que podría llevar.
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1 comentario:

chafardero optimista dijo...

Lo siento. La vida duele, amigo. Por suerte...