jueves

Las mariposas del whisky muerto

Una noche cerrada tomando whisky mientras arde la ciudad. Es divertido. En verdad arde todo al mismo tiempo. Es la sensación de una espada hecha de rayo que te atraviesa. De tu cuerpo comienzan a escaparse almas que, alertadas, se lanzan en paracaídas. Logras coger una y efectivamente te dice que el chivatazo llegó a tiempo. Luego aprietas la mano y los chorretones de sangre caen al parqué para el día en el que pases el trapo.
Las mariposas se acercan a picotear. La reina de las mariposas eres tú al servirte. Te quedas mirando cómo el resto actúa. Unas llaman a urgencias y tú te ríes. El descalabro está en medio, desangrándose. Un accidente en la autopista. No se sabe quienes eran salvo que la matrícula era de Burgos. Es el momento de acercarte a la chica y decirle que te viene bien a las dos. Una hamburguesa con extra de ketchup y una cerveza sin alcohol.
Te estás tomando otro whisky. Los bomberos no saben adónde acudir mientras tú brindas con la pantalla del ordenador que es la autoridad de tu madre muerta. La chica intenta entablar una conversación. Cuando te cansas de ese juego la dices que eres subnormal y te aseguras de que no volverá a partirte una noche de martes o miércoles en un triste McDonalds donde todas las caras que ves se parecen a la hamburguesa que acabas de comerte. El eructo final señala la hora de salir. Ella hace su buena acción del día acompañando a un subnormal hacia su casa y tú, nada más despedirla, te bebes tu whisky y eliges una música del siglo XVIII. La ciudad se cae mientras arde. Qué será ya del sitio donde cenaste. Todo está prácticamente desaparecido, con muertos a la entrada de cada sitio.
Quiero que me traigas cogido de la mano, yo te regalaré un cocido de rosas y luego te cortaré un pulmón. Quiero que por tu traquea circule el bien. Apago la luz de la cocina sin que nadie se dé cuenta. Luego oigo a dios. Está desesperado por encontrar el cajón de las galletas. No hago caso. Le dejo ronronear a oscuras junto con los otros duendes.
Algún día, cuando no lo lleve en la mano, me romperás el corazón y de ahí saldrán larvas que bailarán sin fin hasta agarrarse a cualquier nervio. Empiezo a no ver. La medicina del principio comienza a hacer efectos en otra casa. Si aceptase mi ebriedad dejaría de escribir.

Pero ¿Qué es ebriedad? Mañana volverá el mismo día de hoy sin apenas toser cuatro lapos y, quizá, vete a saber, la gente no esté tan despierta. Quizá, vete a saber, sea gente que se ahoga en silencio en esos lapos. He conocido muertos que vienen del ahogo, algunos en sus propias lágrimas. Me lavo bien y escupo, seguro de mí mismo veo el escupitajo rodar hacia el desagüe, que termina cayendo de un trozo.
Qué culpa puede tener el último suave whisky. Los pasajeros están en el cerebro de siempre. El tren sale hacia el día de mañana. Las flores que pisan las ruedas vuelven a erguirse. Por cada llegada hay alguien que espera sonriente. Todos queremos esa felicidad que brota de sus ojos cayéndose, de sus abrazos perdidos entre las maletas del anterior tren, de su mirada caliente entre la nube de ayer y el sol ciego de hoy, donde llueve a borbotones. Es el lugar donde mirar de noche sumergirse la ciudad acompañado de un whisky con hielo. Todo arde. La miseria también. Eres feliz en una procesión de antiguos muertos que te dirigen la palabra. No, tampoco es que quiera revelaros cosas acerca de mis antepasados.
La tinta se coagula como sangre en un papel y la historia ya está contada. He necesitado merendar muchos niños. Es lo que la gente no comprende. Yo haría nuevos talleres, desenrollaría mi sangre del suero de esta biblioteca. Porque esto en lo que se ha quedado es en una biblioteca. Fedro, Musil, Nabokov... Todos despiertan a las diez y media de la mañana, hacen ejercicios de respiración y desayunan conmigo bizcochos y queso. Los vendo a cualquier tirano que exista. Sé de muchos, proveedores de letra, que sabrían sacar provecho. Yo sólo veo el último incendio. Toda la ciudad se muere y yo relleno otro vaso, enciendo otro cigarro, sé que este es mi final perfecto en resumidas cuentas. 
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